El nuevo vecino del pueblo resultó ser un embaucador. ¿Cómo lo desenmascaramos?

—¡Mamá, mamá! ¡Ven rápido, el perro de ese hombre está otra vez en nuestro huerto!— gritó mi hija Lucía, con la voz temblorosa y la cara roja de rabia. Corrí hacia la ventana y vi a nuestro pequeño huerto de tomates y pimientos, el orgullo de mi marido, arrasado por un perro negro enorme que no era de nadie del pueblo. Desde que aquel hombre, Ramón, compró la casa de al lado, la tranquilidad de nuestro refugio en el campo se había convertido en una pesadilla.

Recuerdo perfectamente el primer día que lo vimos. Era una tarde de abril, el aire olía a tierra mojada y a flores silvestres. Mi marido, Antonio, estaba arreglando la verja cuando un coche viejo y polvoriento se detuvo frente a la casa abandonada. De él bajó un hombre alto, de barba descuidada y mirada huidiza. Saludó con un gesto seco y desapareció tras la puerta desvencijada. Nadie en el pueblo sabía nada de él, ni de dónde venía ni por qué había comprado aquella finca que llevaba años vacía. Algunos decían que era madrileño, otros que venía de algún sitio perdido de Castilla, pero nadie tenía pruebas.

Al principio, intentamos ser amables. Le llevé una cesta de huevos frescos y un poco de pan casero, como manda la costumbre aquí en La Mancha. Ramón abrió la puerta apenas unos centímetros, me miró de arriba abajo y, sin apenas dar las gracias, cerró de golpe. Me quedé helada. Desde entonces, cada encuentro era más incómodo. Los niños le tenían miedo, y los mayores empezaron a murmurar.

Las cosas se pusieron feas cuando empezaron a desaparecer cosas. Primero fue la manguera del jardín, luego una carretilla, y después, una mañana, la bicicleta de mi hijo Pablo. Fuimos a hablar con Ramón, pero él lo negó todo con una sonrisa torcida. —Aquí no ha entrado nadie, señora. Quizá sus hijos no recuerdan dónde dejan las cosas—. Su tono era tan frío que sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Antonio estaba furioso. —No podemos dejar que este tipo nos tome el pelo—, me decía cada noche, mientras repasaba mentalmente todo lo que faltaba. Pero no había pruebas, y en el pueblo nadie quería meterse en líos. —No es asunto mío—, decía Manolo, el panadero. —Mejor no buscar problemas—, murmuraba Carmen, la del bar.

Una tarde, mientras recogía la ropa tendida, vi a Ramón hablando con un hombre desconocido junto a su coche. Parecían discutir, y el desconocido le entregó un sobre. Me escondí tras el seto, el corazón latiéndome a mil. ¿Qué estaría tramando? Aquella noche, no pude dormir. Sentía que algo oscuro se cernía sobre nosotros.

Los rumores crecieron. Que si Ramón tenía antecedentes, que si había estafado a gente en otro pueblo, que si la Guardia Civil le seguía la pista. Nadie sabía nada a ciencia cierta, pero todos sospechaban. Una mañana, encontré a mi vecina Pilar llorando en la puerta de su casa. —Me han robado las gallinas, Ana. ¡Las seis!—. No hacía falta decir más. Todos sabíamos quién era el principal sospechoso, pero nadie se atrevía a enfrentarse a él.

Antonio y yo decidimos actuar. Instalamos una cámara vieja que teníamos en el garaje, apuntando al huerto y a la entrada de la finca. Cada noche revisábamos las grabaciones, buscando alguna pista. Una madrugada, oímos ruidos en el jardín. Antonio salió corriendo, linterna en mano, y yo detrás. Vimos una sombra moverse entre los árboles. —¡Eh, tú! ¿Quién anda ahí?— gritó Antonio. La figura salió corriendo hacia la casa de Ramón. Al día siguiente, la cámara había desaparecido.

El miedo empezó a apoderarse de nosotros. Los niños ya no querían salir a jugar, y yo me sobresaltaba con cada ruido. Antonio se volvió irascible, y nuestras discusiones aumentaron. —No podemos dejar que este hombre nos arruine la vida—, repetía. Pero, ¿qué podíamos hacer? La Guardia Civil vino, tomó nota, pero sin pruebas no podían hacer nada. Ramón seguía paseándose por el pueblo con su perro, como si nada.

Un día, Pablo llegó a casa con la cara desencajada. —Mamá, he visto mi bici en el cobertizo de Ramón. Está pintada de otro color, pero es la mía, lo sé—. Decidimos ir juntos. Llamamos a la puerta, y Ramón salió, más desafiante que nunca. —¿Qué queréis ahora?—. Antonio, temblando de rabia, le exigió que nos dejara ver el cobertizo. Ramón se negó. —No tenéis derecho a entrar en mi propiedad. Si seguís molestando, llamaré a la Guardia Civil—. Nos fuimos, impotentes.

Esa noche, reunimos a los vecinos. —No podemos seguir así—, dije, con la voz quebrada. —Hoy ha sido la bici, mañana puede ser algo peor. Si no nos unimos, este hombre hará lo que quiera—. Algunos dudaban, pero otros, como Pilar y Manolo, estaban hartos. Decidimos vigilar entre todos, turnándonos para patrullar las noches.

Pasaron semanas. Una madrugada, Manolo vio a Ramón salir de su casa con un saco grande y dirigirse al gallinero de Pilar. Llamó a Antonio, y juntos lo siguieron. Cuando Ramón se dio cuenta, intentó huir, pero tropezó y cayó. Dentro del saco estaban las gallinas robadas. Llamamos a la Guardia Civil, que esta vez sí actuó. Encontraron en su casa varias de las cosas desaparecidas: la bici de Pablo, herramientas, incluso la manguera.

Ramón fue detenido. El pueblo respiró aliviado, pero la tranquilidad tardó en volver. Los niños volvieron a jugar en la calle, y nosotros recuperamos la confianza, aunque la desconfianza quedó en el aire. A veces, me pregunto si podríamos haber hecho algo antes, si el miedo no nos hubiera paralizado tanto tiempo. ¿Por qué nos cuesta tanto unirnos frente a la injusticia? ¿Y si mañana llega otro como Ramón?

A veces, cuando cae la noche y todo está en silencio, me quedo mirando la casa vacía del vecino y me pregunto: ¿cuántas veces dejamos que el miedo decida por nosotros? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?