La desconocida en mi casa, el huerto de mi marido y el secreto de mi hija
—Mamá, no grites, por favor.
Eso me dijo mi hija, la Laura, por teléfono, mientras yo estaba en el pasillo de mi piso en Carabanchel, con el bolso todavía puesto, mirando a una mujer sentada en MI cocina como si fuera lo más normal del mundo.
La mujer levantó la mano, tímida.
—Hola… soy la Nadia. Bueno, Encarnación me dijo que…
—¿Encarnación? —yo ya iba acelerada—. ¿Quién es Encarnación ahora? ¿Y por qué estás tú en mi casa?
Dos niños, uno de unos ocho y otro más pequeño, estaban en el suelo con una tablet y una bolsa de gusanitos. Encima de la mesa, mi taza esa que me regaló mi marido antes de morir, con café.
Me temblaron las manos, pero no quería que se notara.
—Laura, ¿me lo explicas ya? —dije al móvil, apretando los dientes.
—Mamá, es una amiga de una amiga. Está… está en una situación mala. Solo unas semanas. Te lo juro.
—¿Unas semanas? ¿Y tú qué haces metiendo a gente en mi casa sin decírmelo? ¡Que yo no soy una pensión!
La Nadia se levantó rápido, como si yo fuera a echarla a gritos.
—Señora, perdone, yo no quería… Encarnación me dijo que usted era buena persona.
Ahí fue cuando me dio rabia de verdad. Lo de “buena persona” como si fuera una obligación.
—Mira, no me vengas con eso. ¿Dónde está Laura?
—Estoy trabajando, mamá. Estoy en el súper, en caja. No puedo salir así.
Claro. La Laura trabajando y yo haciendo de asistenta social.
No voy a engañar: al principio pensé “las echo y ya está”. Pero miré a los críos. El pequeño tenía la nariz roja, como de resfriado. Y me acordé de cuando la Laura era así de chica y yo iba con ella a urgencias del Gregorio Marañón por cualquier cosa.
Suspiré.
—Vale. Una noche. Y mañana hablamos en serio.
La Nadia soltó un “gracias” tan rápido que me puso más nerviosa.
Los días siguientes fueron una mezcla rara. Por un lado, la casa estaba viva, que desde que murió el Javi… pues imagínate. Silencio. Tele puesta para no oírme pensar. Por otro, era mi casa y me sentía invadida.
—Los zapatos no en medio, por favor.
—El baño se deja como se encuentra.
—La leche de la nevera es de todos, pero no os bebáis la última y dejéis el cartón ahí, ¿eh?
La Nadia asentía a todo, demasiado. Eso también me daba mala espina, como si me estuviera dando la razón para colarse más.
El primer choque fuerte fue con la compra.
—Señora, yo puedo aportar —me dijo una tarde sacando billetes arrugados del bolso.
—¿Cuánto?
—Treinta ahora… y cuando cobre, más.
Me salió una risa fea.
—¿Treinta? Con treinta no pagas ni la mitad de la compra de la semana. Y aquí hay dos niños, Nadia.
Se le puso la cara dura, de golpe, como si yo la hubiera insultado.
—¿Y qué quiere que haga? ¿Que los deje en la calle? Yo no he venido a aprovecharme. Yo trabajaba limpiando casas, pero… ya no.
—¿Por qué ya no?
Se quedó callada, mirando al suelo.
La Laura vino esa noche. Se metió en la cocina conmigo y cerró la puerta.
—Mamá, no seas borde.
—¿Yo borde? ¿Tú te oyes? ¿Qué me has metido en casa?
—Es temporal.
—Eso me lo repites como un mantra. ¿Y quién paga esto? ¿Yo con mi pensión de viudedad? ¿Tú con tu sueldo de mierda del súper?
La Laura apretó la mandíbula.
—No empieces con lo del “sueldo de mierda”. Es lo que hay.
—Pues entonces no traigas a gente.
Ahí la Laura bajó la voz.
—Mamá… es que… no podía decirte que no.
—¿A quién?
—A Encarnación.
—¿Pero quién narices es Encarnación?
Se mordió el labio. Y yo ya noté que ahí había algo.
—Es… la madre del padre del niño pequeño.
Me quedé helada.
—¿Cómo que “el padre del niño pequeño”?
—Mamá, no grites.
—¿Es tuyo?
La Laura me miró y no dijo que sí, pero tampoco dijo que no. Y con eso me bastó.
Sentí un golpe en el pecho, como una mezcla de enfado y susto.
—¿Y tú me has traído a la madre de… de… a mi casa? ¿Y los niños? ¿Y tú dónde estabas cuando ella…?
—No es así —me cortó—. Yo no soy la madre. Pero… yo lo sabía. Y me dio miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que te enteraras.
Me apoyé en la encimera porque me fallaron las piernas. Yo me había pasado meses pensando que mi hija estaba “bien”, que por lo menos tenía trabajo, que no se metía en líos. Y resulta que había una historia entera detrás.
Luego lo entendí a medias, y a trompicones, por frases sueltas. La Nadia había sido pareja de un tío que la dejó tirada. Ese tío era el mismo con el que la Laura había estado liada un tiempo, una cosa rara, sin ponerle nombre. La Laura decía que no había hecho nada “malo”, pero que se había callado para no perderme.
—Yo solo quería ayudarte —me soltó—. Desde que se murió papá, estás… estás sola.
—¿Ayudarme metiendo problemas en casa?
La Nadia apareció en la puerta, con el pequeño en brazos.
—Perdón… yo no quería causar lío. Yo vine porque Encarnación me dijo que aquí… que aquí no nos iban a echar.
—¿Y por qué te protege Encarnación? —pregunté, seca.
La Nadia tragó saliva.
—Porque si no… si no, yo contaría cosas.
Ahí se me fue la cabeza. ¿Chantaje? ¿Qué cosas? ¿De mi hija? ¿Del padre? ¿De quién?
Esa noche casi no dormí. Y al día siguiente, para no explotar, bajé al patio comunitario. En el fondo está el trozo de tierra que el Javi usaba de huerto cuando aún podía agacharse. Llevaba meses abandonado, con malas hierbas.
Me puse unos guantes, cogí una azadilla vieja, y me puse a arrancar cosas como una loca. Me relajaba, no sé. Me manchaba, sudaba, me dolía la espalda… pero por lo menos era algo que dependía de mí.
El vecino del bajo, el Julián, me vio desde su ventana.
—María, eso está hecho un asco. Si quieres te dejo compost.
—Déjalo —le solté, sin ganas.
—Oye, que yo lo digo bien. Tu Javi se lo curraba.
Se me hizo un nudo, pero seguí.
Lo inesperado es que la Nadia bajó por la tarde con los niños.
—¿Puedo ayudar? —preguntó.
—No es un parque.
—Lo sé. Pero… yo sé de plantas. Mi abuelo tenía huerto en Aranjuez.
No sé por qué, la dejé. Igual porque verla callada en casa me ponía peor.
Se arrodilló sin quejarse, y empezó a separar los brotes de las malas hierbas.
—Esto es hierbabuena —dijo—. Todavía vive.
Me dio una rabia tonta, porque era verdad. Algo de lo del Javi seguía ahí.
A partir de ahí, el huerto se convirtió en el sitio donde no discutíamos tanto. Los críos se entretenían con una regadera, yo vigilando que no tiraran tierra al vecino. La Nadia hablaba poco, pero cuando hablaba decía cosas normales: que el mayor tenía problemas con la lectura, que en el cole le habían dicho que pidiera beca de comedor, que ella estaba esperando una cita en Servicios Sociales.
Yo la escuchaba y por dentro me decía “esta mujer no es mala”, pero a la vez pensaba “me está arrastrando a un lío”. Y las dos cosas eran verdad.
La revelación gorda vino un domingo por la mañana. Encarnación apareció en mi portal, con gafas grandes y una bolsa del Ahorramás.
—Soy Encarnación —dijo, como si nos conociéramos de toda la vida—. Vengo a ver a mis nietos.
—Aquí no vive usted —contesté, plantándome.
La Laura se puso blanca cuando la vio.
—Señora, por favor… no suba —le dijo.
Encarnación sonrió, pero era una sonrisa de esas de “yo mando”.
—Laura, hija, no te pongas así. Si al final todos queremos lo mejor para el niño.
—¿Qué niño? —solté yo—. Aquí hay dos.
Encarnación me miró como si yo fuera tonta.
—El pequeño. El de la sangre.
La Nadia salió al rellano y se le notó el temblor en la barbilla.
—No tienes derecho —le dijo.
Encarnación levantó la bolsa.
—Traigo leche, fruta… que están necesitados.
Yo me giré hacia la Nadia.
—¿Esto es lo que hay? ¿Que esta mujer viene aquí a controlar y a amenazar? ¿Y tú tragas?
La Nadia se calentó.
—Yo trago porque no tengo dónde ir. Porque si me denuncian, me quitan a los niños. Porque el padre…
La Laura la cortó, casi llorando.
—¡No lo digas!
Y ahí, en el rellano, con el olor a lejía del portal y la vecina del 2º espiando por la mirilla, me enteré de lo que nadie me había dicho: que el padre del pequeño no solo “se fue”, sino que había tenido una orden de alejamiento por un episodio de violencia, que Encarnación estaba moviendo papeles para quedarse con el niño “para que no lo críe una cualquiera”, y que la Laura había estado ayudando a la Nadia en secreto porque le remordía… porque ella también había confiado en ese tío y había tardado en creer a la Nadia.
No era que mi hija fuese una santa. Pero tampoco era la mala de la película.
Encarnación me miró a mí, ya sin sonrisa.
—María, tú eres una mujer decente. No vas a permitir esto en tu casa. Tú no quieres problemas.
Y me vi ahí, con todo el mundo esperando que yo eligiera bando. Si la echaba, igual “me quitaba problemas”, sí. Pero ¿y los críos? ¿y la Laura? ¿y el huerto, que era lo único que me estaba sacando de la cama?
—Encarnación —dije—, aquí no subes. Si quieres ver a los niños, se habla con un abogado y con lo que toque. Pero en mi portal no montes numerito.
—Ah, claro —soltó ella—. Pues luego no llores.
Se fue, pero dejó esa amenaza flotando.
Esa noche la Laura y yo nos gritamos otra vez, porque yo quería que fuera a comisaría a contar todo y ella decía que no, que tenía miedo de que le salpicara. La Nadia lloró en silencio en la cocina, haciendo un caldo con lo poco que había. Y yo me fui al patio con la chaqueta puesta, a mirar el huerto en la oscuridad, como si las plantas me fueran a contestar.
Al final, al día siguiente, acompañé a la Nadia a Servicios Sociales en la Junta Municipal. La Laura no vino, dijo que no podía pedir más horas libres. No sé si era verdad o si le faltó valor.
Ahora estamos así: siguen en casa, pero con fecha, y con papeles en marcha. La Laura viene más, pero está rara conmigo. Y yo estoy cansada, y a veces pienso que me he metido en algo que me supera. Luego veo la hierbabuena que volvió a salir, el niño pequeño regando con cuidado, y me entra una cosa… no sé.
No tengo claro si estoy ayudando o si estoy dejándome manipular por mi hija, por la Nadia, por mi culpa, por mi soledad, por todo a la vez. ¿Vosotros qué haríais: les daríais un plazo y ya, o aguantaríais un poco más aunque os explotara la vida en casa?