El día que vi a mi exmujer embarazada en la cuneta
Frené tan fuerte que a Laura se le fue el móvil al suelo.
—¿Pero qué haces? ¡Javi, estás loco!—me gritó.
No contesté. Ahí, en el arcén de la M-40, con una chaqueta vaquera abierta que no le cerraba ni de broma, estaba Marta. Marta. Mi exmujer. Con una barriga que no era ni medio normal. Siete meses fácil. Y con una rueda del coche hecha polvo y la señal de emergencia medio puesta, como sin fuerzas.
—Es ella…—dije, y ya se me notó la voz rara.
—¿Tu ex? ¿La que…?—Laura se quedó mirando como si se hubiera tragado una piedra.
Me bajé sin pedir permiso. El aire olía a gasolina y a prisa. Los coches pasaban pegados, pitando.
—Marta—dije, acercándome—. ¿Estás bien?
Ella me miró y lo primero que soltó fue:
—No me toques.
Tenía la cara más delgada que antes, ojeras, y aun así… no sé, seguía siendo ella. La de siempre.
—Vale. Vale. No te toco. ¿Qué ha pasado?
—Reventón. Y no tengo cobertura. Y el gato del coche está… no sé dónde. En casa de mi madre, supongo, como todo lo mío últimamente.
Miré el neumático y el maletero. Claro, vacío. Todo mal.
—¿Has llamado a la grúa?—pregunté.
—Te he dicho que no tengo cobertura—me escupió, y luego bajó el tono—. No quiero deberte nada.
Me salió decir lo primero que pensé, lo peor.
—¿De cuánto estás?
Se le endureció la mandíbula.
—¿Qué más te da?
—Marta…
—Siete meses. ¿Contento?
En ese momento vi a Laura bajarse del coche. Venía despacio, con esa cara suya de cuando intenta no montar un show pero le hierve la sangre.
—Hola—dijo, seca.
Marta la miró de arriba abajo.
—Ah. Tú eres la nueva vida.
—Soy Laura—contestó ella—. ¿Necesitas que llamemos a la grúa? Tengo cobertura.
Marta soltó una risa corta, de esas que no hacen gracia.
—Qué bonito. La prometida llamando a la grúa de la ex.
—No soy…—Laura me miró—. ¿Prometida?
Se me encogió el estómago. Se lo había dicho a mi madre, a mis amigos, en redes… y a Laura aún no se lo había dicho así, como “prometida”, en serio. Lo había dejado caer, ya sabes, «cuando nos casemos» y esas cosas. Pero la palabra, ahí, en el arcén, con Marta embarazada delante… fue como una hostia.
—Laura…—empecé.
—No, no. Sigue—dijo ella—. Esto está interesante.
Marta se apoyó en la puerta del coche y, de repente, se le humedecieron los ojos, pero no lloró.
—No os preocupéis. Ya me apaño.
—No te vas a quedar aquí—dije—. Te llevo a donde sea. Al centro de salud, a tu casa, a casa de tu madre.
—A casa de mi madre no—dijo rápido—. No.
Eso me chocó. Marta y su madre eran uña y carne. O eso pensaba.
Laura, con el móvil en la mano, preguntó:
—¿A dónde quieres ir entonces?
Marta tragó saliva.
—A ningún sitio. Solo… solo necesito que alguien me deje llamar.
Laura marcó al seguro sin decir nada más. Yo me quedé mirando la barriga. No podía evitarlo. Me sentía un imbécil.
—¿Es mío?—se me escapó.
Fue como si alguien apagara el ruido de la autopista.
Marta me clavó los ojos.
—¿En serio me lo preguntas aquí?
—Respóndeme.
Laura dio un paso hacia mí.
—Javi, ¿qué dices?
—No lo sé—dije, y lo decía de verdad. Porque yo… yo recordaba perfectamente la última vez que estuve con Marta. Fue justo antes de firmar el divorcio en el juzgado de Plaza de Castilla. Una de esas noches de “vamos a cerrar esto bien”, dos cervezas, una discusión, luego otra cosa… y al día siguiente, silencio y odio.
Marta miró hacia los coches que pasaban y dijo bajito:
—No.
—¿No es mío?
—He dicho no, Javi. No a esta conversación. No a ti. No a todo.
La grúa dijo que tardaba cuarenta minutos. Marta se sentó en el quitamiedos como si le pesara el cuerpo entero. Laura se quedó de pie, con los brazos cruzados. Yo me senté en cuclillas, sin saber dónde poner las manos.
—¿Quién es el padre?—insistí, ya con rabia, porque soy así, porque cuando me asusto me pongo tonto.
Marta me miró con una mezcla rara de vergüenza y enfado.
—¿Te acuerdas de Iván?
Iván. Un compañero suyo del hospital, celador o auxiliar, no me acuerdo. El típico al que yo le tenía manía sin motivo.
—Sí.
—Pues es de Iván.
Laura soltó aire, como si por fin pudiera respirar.
—Vale—dijo ella—. Pues ya está.
Y yo tendría que haberlo dejado ahí, pero me salió:
—¿Y entonces por qué me enteré por mi prima de que te habían visto en la puerta del Registro Civil hace meses, llorando?
Marta abrió la boca, sorprendida.
—¿Tu prima te cuenta eso?
—Me lo contó porque le dio pena—dije—. Porque tú estabas sola.
Marta se rió otra vez, sin gracia.
—Sola… Si supieras.
Laura se acercó un poco.
—Marta, mira, no quiero meterme, pero… ¿estás bien? Porque no pareces…
—¿Bien?—Marta alzó la voz y luego bajó, como acordándose de que estaba en una autopista—. No estoy bien. Iván desapareció.
Me quedé helado.
—¿Cómo que desapareció?
—Que un día dejó de contestar. Me bloqueó. Se fue a Málaga o a saber. Y su madre, cuando fui a su casa, me dijo que no quería problemas. “No vuelvas a venir”, me dijo.
Laura pestañeó.
—¿Y no has denunciado?
—¿Qué denuncio? ¿Que un tío es un cobarde?—Marta se secó la cara con la manga—. Fui a una abogada de oficio. Me dijo que con tan poco… que esperara a que naciera, que pidiera pruebas, que blablablá. Y mientras, yo sin poder pagar el alquiler.
Y ahí es cuando entendí lo de su madre.
—¿Vives con tu madre?—pregunté.
Marta apretó los labios.
—No.
—¿Entonces dónde?
Tardó en contestar, como si le diera asco decirlo.
—En una habitación en Vallecas. En un piso con otra chica y un señor mayor que no para de… de preguntar cosas. Da igual.
Laura me miró, y por primera vez no la vi enfadada, la vi preocupada. Y eso me descolocó.
—Marta, eso… eso es una mierda—dijo.
—Ya—contestó Marta—. Pero al menos no tengo a mi madre diciéndome que “qué he hecho con mi vida”.
Me rasqué la nuca.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—¿Para qué?—me cortó—. ¿Para que vinieras en plan héroe? Tú no querías hijos, Javi. Tú querías viajes, moto, tu startup de mierda…
—Era un taller de informática—protesté.
—Me da igual lo que fuera. Tú te largaste en cuanto tu padre te dejó el piso.
Ahí me ardió el pecho.
—No me lo dejó “porque sí”. Murió.
—Ya lo sé—dijo ella, más suave—. Y lo siento. Pero es verdad que en cuanto tuviste el piso en Carabanchel, de repente todo era “mi casa”, “mis normas”, “no metas a tu madre aquí”, “no gastes en tonterías”…
Laura se metió:
—Perdona, pero eso no es justo. Yo vivo con él, y Javi no es un monstruo.
Marta la miró.
—No he dicho que sea un monstruo. He dicho que… que cuando te falta el dinero, el amor se te queda pequeño. Y yo estaba cansada.
Yo tragué saliva.
—Marta, yo también estaba cansado. Me quedé cuidando a mi madre cuando le dio el ictus, ¿te acuerdas? Tú te ibas a turnos dobles y luego me decías que yo no hacía nada.
Marta bajó la mirada.
—Sí… y me porté fatal. Pero yo también estaba con lo mío. Con la ansiedad, con…
—Con Iván—solté.
Ella levantó la cabeza, dolida.
—No empieces.
Laura me tocó el brazo.
—Javi, para.
Y ahí vino el giro que me dejó sin palabras, porque Marta sacó del bolso una carpeta de esas de gomas, hecha polvo, y me la puso delante sin dármela.
—Mira. Ya que estamos.
Dentro vi papeles: justificantes del SEPE, una notificación del juzgado por un monitorio (deuda), y… una solicitud de pruebas de paternidad. Con mi nombre.
—¿Qué es esto?—dije.
Marta se mordió el labio.
—Que yo… yo no estaba segura. Las fechas eran… raras. Y cuando Iván desapareció, me entró el pánico. Fui a pedir ayuda. Y sí, pensé en ti.
—¿Me ibas a reclamar un hijo que no sabes si es mío?—me salió, asqueroso.
—¿Y tú qué ibas a hacer? ¿Casarte tranquilito?—me devolvió ella—. Yo no quería joderte la vida. Quería… quería que el niño tuviera algo. Y yo también.
Laura se quedó mirando la carpeta.
—¿Entonces sí puede ser tuyo?—me preguntó, muy bajito.
No supe qué decir. Porque en mi cabeza se mezcló todo: el piso de mi padre, la hipoteca que aún pago, la boda que estábamos mirando por lo civil en el ayuntamiento, mi madre en rehabilitación, y Marta con una barriga enorme en una cuneta.
La grúa llegó por fin. El gruista miró la situación como si oliera el drama.
—¿Todo bien por aquí?
—Sí—dijo Laura, rápida—. Es su coche.
Marta se levantó despacio. De repente hizo una mueca rara, como de dolor.
—¿Te pasa algo?—pregunté.
—Nada. Contracciones falsas. Supongo.
—¿Has ido a urgencias hoy?—insistí.
—No.
Laura suspiró.
—Mira, yo os dejo una cosa clara—dijo, y me miró a mí—. Si esto se convierte en un circo, yo no pienso estar en medio. Pero tampoco voy a dejar a una embarazada tirada. Así que… la llevamos al centro de salud, ¿vale?
Marta la miró con una rabia rara, como si le molestara que fuera decente.
—No necesito tu caridad.
—No es caridad—dijo Laura—. Es sentido común.
Al final, fuimos los tres al Ramón y Cajal, porque era lo que pillaba más cerca y porque yo, sinceramente, me acojoné. En la sala de espera, Laura se sentó aparte, con el bolso en el regazo, mirando la pared. Marta me miraba de vez en cuando y luego apartaba la vista.
—¿Por qué me pediste la prueba con mi nombre?—le dije.
—Porque tu dirección del DNI la tenía. Y porque… porque sabía que si te llegaba una carta del juzgado igual me llamabas. Y ahora míranos.
—Eso es manipular—le solté.
—¿Y tú qué haces? ¿Salvarme porque te ha dado el ataque de culpa?—me contestó.
No pude ni negarlo.
Cuando salió la matrona, dijo que el bebé estaba bien, que Marta estaba deshidratada y que tenía que descansar. Nada grave. “Pero cuídate”, le dijo, como si fuera fácil.
En el parking, Laura me paró.
—Javi. Dime la verdad. ¿Tú crees que puede ser tuyo?
Abrí la boca y la cerré.
—No lo sé.
—Pues vas a tener que saberlo—dijo—. Porque yo… yo no puedo planear una boda con esta sombra.
Marta, que estaba cerca, lo oyó.
—No hace falta boda—dijo ella, seca—. No hace falta nada. Solo… si sale que es tuyo, no seas como Iván.
Eso me dolió más que cualquier insulto.
Nos fuimos en silencio. Dejamos a Marta en su piso de Vallecas. Ni me invitó a subir ni yo lo pedí. Antes de cerrar la puerta del portal, se giró.
—Javi—dijo—. Si me ayudas, Laura te va a odiar. Y si no me ayudas, te vas a odiar tú. Elige.
Y ya.
Ahora estoy en casa, Laura está en el sofá sin hablarme, con los ojos rojos de aguantar, y mi madre me ha llamado tres veces sin que se lo coja porque no sé ni qué decirle. Tengo la carpeta de Marta encima de la mesa, y no paro de pensar que igual llevo meses viviendo una vida que no era tan limpia como yo me contaba.
No sé si lo correcto es pedir ya la prueba y enfrentarme a lo que salga, o mantenerme al margen hasta que nazca y que lo lleve ella por su lado, o ayudarla sin que signifique… no sé, destruir lo que tengo con Laura. Me da miedo estar haciendo de “bueno” solo para sentirme menos culpable, y también me da miedo mirar para otro lado.
Si estuvierais en mi sitio, ¿qué haríais: os implicaríais desde ya con Marta aunque reviente vuestra relación, o esperaríais a la prueba y mientras tanto os apartaríais?