Heredé el piso de mi abuela, pero cuidarla me está destrozando y ahora toda mi familia me señala

—Pues si no puedes, renuncia al piso y ya está —me soltó mi tía Marisa en la cocina, con los brazos cruzados, mientras mi abuela Remedios abría y cerraba cajones como si estuviera buscando algo de hace veinte años.

Yo llevaba dos noches sin dormir bien. Mi abuela había intentado salir de casa a las cuatro de la mañana en bata, diciendo que llegaba tarde a la mercería. La mercería cerró en 1998. Así que cuando mi tía dijo eso, le contesté fatal.

—Claro, como tú no vienes más que los domingos media hora, lo ves facilísimo.

—No me hables así, Owen. Yo tengo mi vida.

—¿Y yo qué tengo, Marisa? ¿Qué tengo?

Mi abuela se giró y dijo: “Antonio, no riñas delante del niño”. Antonio era mi abuelo, muerto hace once años. Ahí ya me quedé helado un momento. Luego mi tía se fue dando un portazo y yo me quedé recogiendo los platos del desayuno, que ni siquiera eran del desayuno, porque mi abuela llevaba desde las seis pidiéndome café con leche cada veinte minutos.

Todo esto viene porque hace ocho meses murió mi abuelo político no, perdón, qué lío, murió mi abuela no, tampoco… es que ya estoy espeso. Murió mi abuelo hace años, y ahora la que empeoró de golpe fue mi abuela. Antes tenía despistes, lo típico: repetir historias, perder las llaves, llamar a mi madre por el nombre de una vecina. Pero de repente ya no era eso. Empezó a dejar el gas abierto, a acusarme de robarle el monedero, a no reconocer su portal en Carabanchel de toda la vida.

Un mes antes, el notario nos leyó el testamento que habían dejado mis abuelos. El piso era para mí, pero con una condición muy clara: mientras mi abuela viviera, yo me hacía cargo de ella y no podía vender ni alquilar la vivienda. Lo puso así mi abuelo porque, según él, yo era “el único que estaba”. Y es verdad que yo estaba más. Vivo en Madrid, trabajo en una gestoría por Argüelles y desde hace años era el que la llevaba al ambulatorio, el que le hacía la compra en el Mercadona y el que le configuró el móvil, aunque luego llamara al mando de la tele para preguntar por mí.

Al principio pensé que podría con ello. Teletrabajaba dos días, pedí reducción de jornada, contraté unas horas a una chica, Soraya, para las mañanas. Mi madre vive en Toledo y no conduce. Mi tía Marisa vive en Móstoles, pero siempre tiene algo: la espalda, su hijo, el trabajo en la academia, lo que sea. Mi primo Dani directamente ni coge el teléfono.

Y yo, pues nada, tirando. Hasta que dejó de ser tirar.

Empecé a llegar tarde al trabajo porque una mañana mi abuela escondía las llaves “para que no entraran los de Hacienda”. Un cliente se me fue porque me equivoqué con unos papeles. Mi jefe me llamó al despacho.

—Owen, te lo digo con cariño, pero así no puedes seguir.

—Ya.

—Píllate una baja, lo que necesites. Pero no me digas que estás bien porque no lo estás.

No me pillé la baja porque si me la pillaba cobraba menos y yo ya estaba pagando pañales, una barandilla para la cama, taxis cuando se negaba a subir al autobús, y una cuidadora algún fin de semana. La ayuda de dependencia la solicitamos, sí, pero eso va como va. Lentísimo.

La cosa explotó hace tres semanas. Bajé a por pan y cuando volví no estaba. No estaba. Se me fue la sangre de golpe. La buscamos dos horas mi vecino, la policía y yo. La encontraron sentada en un banco cerca de Oporto, llorando porque decía que su madre no la iba a dejar entrar en casa. Su madre murió en 1973.

Esa noche llamé a mi madre y le dije que no podía más.

—Llévala a una residencia —me dijo en voz baja.

—Si la llevo, puedo perder el piso.

Hubo un silencio raro.

—¿Eso quién te lo ha dicho?

—Pues lo que entendí del testamento.

Mi madre tardó unos segundos y luego me soltó una cosa que me dejó clavado.

—Tu abuelo añadió esa cláusula porque Marisa quería vender el piso en cuanto él faltara. No era para obligarte a encerrarte con tu abuela hasta reventar. Era para asegurarse de que no la dejaban tirada.

Yo eso no lo sabía. A mí me lo habían contado como “si aceptas, te ocupas tú”. Punto.

Al día siguiente pedí copia al notario. Y sí, la redacción no decía literalmente que tuviera que cuidarla yo con mis manos ni que una residencia incumpliera nada. Decía que debía garantizar su atención y sus necesidades mientras viviera. O sea, que igual una residencia buena entraba dentro. O igual no, depende de cómo se pusiera alguien a pelearlo. Y ahí entendí por qué mi tía llevaba meses diciendo que yo “ya sabía a lo que ibas”.

La llamé y vino hecha una furia.

—¿Ahora resulta que la quieres meter en una residencia y quedarte tan tranquilo con el piso?

—No tan tranquilo, Marisa, no estoy tranquilo ni un solo día.

—Tu abuelo quería que estuviera en su casa.

—Mi abuelo quería que estuviera atendida.

—Qué casualidad, justo cuando ves que es duro.

Le dije algo feísimo, que si tanto la quería en casa se la llevara ella. Me dijo que no podía, y por primera vez no sonó a excusa. Su marido está con una incapacidad, su hijo volvió a casa por una separación y ella debía dinero. Luego soltó otra bomba.

—Yo no quería vender el piso para quedármelo yo. Quería repartir y pagar la residencia si hacía falta. Tu madre nunca te lo contó porque prefería que tú fueras el nieto ejemplar.

No sé si es verdad del todo o si lo dijo para defenderse, pero me descolocó. Porque mi madre, cuando la apreté, no negó que hubo bronca por eso. Dijo:

—Tu tía siempre ha sido muy de números. Yo sabía que si el piso se repartía, tu abuela acababa en cualquier sitio.

Cualquier sitio. Como si todas las residencias fueran un horror. Como si seguir así fuera mejor.

Fui a ver dos residencias, una en Usera y otra por Aluche. La de Usera estaba bien, limpia, gente maja, nada de película de terror. La directora me dijo:

—Aquí no vienes a abandonar a nadie. Vienes a pedir ayuda.

Y yo casi me pongo a llorar allí mismo, de rabia más que nada.

Luego llegué a casa y mi abuela me miró raro. Me agarró del brazo y me dijo bajito:

—No me dejes con desconocidos, Owen.

Y claro. ¿Qué haces con eso? Porque al minuto siguiente me preguntó dónde estaba su padre y si yo era el cobrador de la luz. Pero esa frase me la dijo mirándome a mí, sabiendo quién era yo. O eso quiero pensar.

Ahora estoy igual. Tengo los papeles preparados para pedir plaza privada mientras sale lo de dependencia, y también tengo a mi familia encima. Mi madre dice que haga lo que haga me apoyará, pero luego añade “tu abuelo no quería esto”. Mi tía dice que si la ingreso y sigo con el piso, me aprovecho. Y yo solo sé que si sigue en casa conmigo, un día va a pasar algo grave o me voy a hundir yo del todo.

Siento hasta vergüenza escribiendo esto, porque parece que todo gira en torno al piso, y no es solo eso. Pero también es eso, claro. Sería hipócrita decir que no importa. Es la casa donde crecí, y además en Madrid perder algo así es perder muchísimo. Pero tampoco quiero convertirme en el carcelero agotado de mi abuela por una herencia.

De verdad, no sé qué sería lo correcto. ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?