La tarde en que mi madre me pidió que vendiera el piso de mi padre y entendí que ya no quedaba ningún sitio seguro
—No puedes seguir dejando el piso cerrado como si tu padre fuera a volver mañana.
Eso me lo soltó mi madre en la cocina, con el café sin tocar, y yo me quedé mirándola como si me hubiera dado una bofetada.
—¿Perdona?
—Que hay que venderlo, Dani. No llego.
—¿No llegas a qué? Si la pensión de viudedad la tienes, y yo estoy pagando la comunidad desde enero.
—¿Y el IBI? ¿Y la derrama del ascensor? ¿Y lo de la residencia de tu tía Marisa, que al final lo estoy adelantando yo? ¿Tú qué te crees?
Mi padre murió hace ocho meses. Infarto. De repente. Se fue a por el pan en Vallecas y no volvió. Y desde entonces yo me he agarrado a su piso como un tonto, sí, pero era lo único que no se movía. El mismo sofá, el mismo mueble del salón, su bata detrás de la puerta. Yo iba los domingos, abría, ventilaba un poco y me sentaba allí. A veces ni limpiaba. Solo estaba.
—No lo vas a vender —le dije—. Ese piso era de papá.
—Era de los dos.
—Ya, bueno, pero…
—Pero nada. También era la casa de tu hermana y tuya cuando erais pequeños, sí. Y ahora es un gasto.
Mi hermana Laura no decía nada. Estaba en la puerta, con los brazos cruzados, como hace siempre cuando sabe que va a caer bronca.
—Di algo tú —le solté.
—Pues que mamá tiene razón en una cosa: no podemos seguir así.
—Ah, claro. Tú también quieres vender y repartir.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Me fui dando un portazo. Muy maduro todo. Bajé al coche y me tiré allí una hora. Luego Laura me llamó.
—No vayas de víctima, Dani.
—Mira, déjame.
—No, escúchame tú. Mamá no te ha contado todo.
Ahí ya me mosqueé de verdad.
Resulta que mi madre llevaba meses con unas pruebas. Yo sabía lo del cansancio, lo de que estaba más delgada, pero ella decía que era la tensión, la edad, mil cosas. Pues no. Cáncer de ovario. Lo sabían desde abril. Yo me enteré en noviembre, en una llamada en un parking del Alcampo, como un idiota.
—¿Y no me lo habíais dicho por qué?
—Porque papá acababa de morir, porque tú estabas fatal, porque no levantabas cabeza y porque bastante tenías con lo tuyo.
—¿Con lo mío? ¿Qué coño es lo mío?
Y ahí vino la segunda hostia.
Yo llevo en paro desde febrero. Oficialmente, claro. A mi madre yo le había dicho que seguía en la gestoría, que estaba con menos clientes, que por eso iba justo. En realidad me echaron. Y desde entonces he ido tirando con chapuzas, un Bizum de aquí, otro de allá, algo de repartir con la moto de un amigo. Me daba vergüenza. Mucha. Tengo 39 años, una hija de ocho con mi ex, una pensión que pasar, y volví a pedirle dinero a mi padre dos semanas antes de que muriera. Seiscientos euros. Él me los dio sin decir nada.
Laura lo sabía. Mi madre también. Lo había visto en la cuenta.
—Mamá pensaba que si te decía lo suyo, te hundías del todo —me dijo Laura—. Y sí, también pensaba vender para tener un colchón por si necesita ayuda en casa o una residencia más adelante.
—¿Y por qué no me lo dijo a la cara?
—Porque contigo no se puede hablar de nada sin que saltes.
Eso me dolió porque… bueno, porque un poco razón tenía.
Pero no era solo eso. Dos días después acompañé a mi madre al Hospital 12 de Octubre para una consulta y, saliendo, me dijo en el bar de enfrente:
—Tu padre quería vender el piso antes de morir.
—¿Qué?
—Quería ayudarte con una entrada.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es.
—Pues no lo hizo.
—Porque yo me negué.
Se me quedó la cucharilla temblando en la mano. Mi padre sabía que mi casero me iba a subir el alquiler en Carabanchel y que yo estaba ahogado. Habíamos mirado pisos pequeños por Usera, nada del otro mundo. Yo pensaba que se había quedado en palabras, en “ya veremos”. Pero no. Había discusión real en casa por eso.
—¿Y le dijiste que no?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque era nuestra seguridad, Daniel. Por si uno enfermaba. Por si venían mal dadas. Porque ya había sacado dinero una vez para ayudar a tu tío y luego nadie devolvió nada. Porque yo tenía miedo.
Me salió decirle “pues mira qué bien te ha salido”, y menos mal que me mordí la lengua.
Mi madre siguió:
—Tu padre decía que una casa no sirve de nada si ves a tu hijo hundirse. Yo decía que si nos quedábamos sin esa casa y luego pasaba algo, nos íbamos a arrepentir. Y pasó.
Ahí me quedé callado.
De pronto ya no era la mala de la película queriendo vender por codicia. Era una viuda asustada que había tomado una decisión egoísta o prudente, según se mire, y ahora encima estaba enferma. Y mi padre tampoco era un santo de anuncio. Porque, según Laura, él había sacado un pequeño préstamo a escondidas para ayudarme un poco más si hacía falta. Mi madre se enteró después de morir, revisando papeles. Se puso hecha una furia con él, aunque ya no estuviera.
O sea, que todos habíamos ocultado algo. Mi madre su cáncer. Yo mi paro y mis deudas. Mi padre sus planes y un préstamo. Y mientras, peleándonos por un piso como si el piso fuera el problema de verdad.
Al final se vendió. Bueno, se está vendiendo. A una pareja joven de Getafe les ha cuadrado la zona y han dado señal. Yo firmé fatal, con una rabia… no sé. Como si estuviera entregando a mi padre por segunda vez. Pero parte del dinero va a quedarse para el tratamiento, para adaptar el baño de mi madre si hace falta y para que no dependa de nadie por pura necesidad. Y otra parte, pequeña, me la van a dejar para cancelar deudas y buscar un alquiler decente cerca de mi hija. “Dejar”, sí, porque yo mismo dije que no quería que pareciera un premio.
Mi madre y yo ahora estamos raros. Hay días buenos y días en que me habla como si no hubiera pasado nada y otros en que me suelta: “Tu padre te habría defendido”, y me deja hecho polvo. Yo también he sido injusto con ella. Pero también pienso que me quitó la posibilidad de decidir con mi padre cuando aún estaba. Y eso no se arregla.
Lo peor es que yo sigo soñando con las llaves de ese piso. Con abrir y que todo siga igual. Y ya no va a seguir igual, claro.
Supongo que a veces querer mucho a alguien es agarrarte, y otras veces es soltar aunque te dé pánico. Yo todavía no sé si mi madre hizo lo correcto entonces ni si lo estamos haciendo ahora. Vosotros, en mi lugar, ¿habríais aguantado con el piso por lo que significa o lo habríais vendido para poder seguir adelante?