Mis padres me echaron de casa por estar embarazada a los 18… y diez años después volvieron a llamarme llorando
—No vas a traer esa vergüenza a esta casa, Lucía. Coge tus cosas y vete.
Mi padre lo dijo sin levantar la voz. Eso fue lo que más miedo me dio. Ni un grito, ni un insulto. Estaba de pie junto a la mesa de la cocina, con las manos apoyadas en el hule de cuadros que mi madre limpiaba cada noche. Mi madre lloraba en silencio delante del fregadero, de espaldas a mí.
Yo tenía dieciocho años, un test de embarazo arrugado en el bolsillo del vaquero y una mochila medio vacía a mis pies.
—Papá, solo tengo dos meses… No os estoy pidiendo que lo criéis vosotros.
—Pues no lo tengas —soltó él.
Recuerdo que se me helaron las manos. En mi casa nunca se hablaba de ciertas cosas. Se rezaba antes de comer en Navidad, se criticaba a los vecinos bajito y se repetía que la familia estaba para todo. Hasta que la familia fui yo.
Mi madre se giró por fin. Tenía los ojos rojos.
—Tu padre está muy disgustado. Dale tiempo, hija.
—¿Tiempo para qué? ¿Para que deje de existir esto?
Me llevé una mano a la barriga. Aún no se notaba nada, claro. Pero para mí ya estaba todo cambiado.
Mi padre abrió la puerta del pasillo.
—No me hagas repetirlo.
Esa noche llamé a Sergio, el padre de mi hija, desde una cabina cerca de la estación de autobuses. Mi móvil se había quedado sin batería y yo temblaba tanto que apenas acertaba a meter las monedas.
Cuando vino, pensé que al menos no estaría sola. Qué ingenua era.
Se quedó mirando mi mochila y luego miró a otro lado.
—Lucía, yo no puedo con esto. Estoy haciendo un módulo, no tengo trabajo fijo… Mi madre me mata si se entera.
—¿Y a mí qué me ha hecho la vida, Sergio? Porque no parece que le importe mucho.
—No es justo que me pongas contra la pared.
Me reí. Una risa fea, de esas que salen cuando una ya no sabe si llorar o romper algo.
—Me han echado de casa hace media hora.
Él se pasó las manos por la cara, nervioso.
—Pues vete a casa de alguna amiga unos días. Ya veremos.
“Ya veremos”. Durante años odié esas dos palabras.
Dormí tres noches en el sofá de mi amiga Nuria, en un piso pequeño de Vallecas que compartía con otras dos chicas. Después encontré una habitación interior en casa de una señora mayor, doña Remedios. Cabía una cama, una silla y poco más. La ventana daba a un patio de luces donde siempre olía a comida recalentada y humedad.
Trabajé embarazada en una cafetería, de pie diez horas algunos días. Preparaba tostadas, fregaba vasos y sonreía a clientes que me llamaban “guapa” mientras mis tobillos se hinchaban dentro de unos zapatos baratos. Dejé los estudios. Me daba vergüenza decirlo, pero no podía pagar apuntes, alquiler, comida y transporte. Había días en que cenaba un yogur y un trozo de pan para guardar algo de dinero.
Sergio desapareció poco a poco. Primero dejó de contestar. Luego me bloqueó. Cuando nació Alba, ni siquiera fue al hospital.
La primera vez que la puse sobre mi pecho sentí terror. No amor de película, no al principio. Terror. Era tan pequeña, tan calentita… y dependía de mí para absolutamente todo.
—Perdóname, hija —le susurré—. No sé hacerlo, pero voy a aprender.
Y aprendí a base de golpes. A dormir sentada con ella encima porque tenía cólicos. A hacer cuentas con una calculadora del bazar. A decir que no a un café, a un abrigo, a cualquier cosa que no fuera necesaria. A volver a estudiar por las noches, cuando Alba por fin se dormía y yo tenía los ojos ardiendo.
Doña Remedios fue la primera persona que me ayudó sin pedirme nada a cambio. Se quedaba con Alba una hora si yo llegaba tarde del trabajo. Le hacía croquetas y le cantaba coplas antiguas desafinando muchísimo.
—Tú no eres una mala madre, Lucía —me decía cuando me veía llorar—. Estás cansada. Que no es lo mismo.
Con el tiempo conseguí un puesto de auxiliar administrativa en una gestoría. No ganaba una fortuna, pero tenía contrato, horario y una nómina que me permitía respirar un poco. A los veintiocho alquilé un piso pequeño, con dos habitaciones, en un barrio tranquilo de Fuenlabrada. La primera noche, Alba corrió por el pasillo gritando que por fin tenía una habitación solo para ella.
Yo me encerré en el baño y lloré sin hacer ruido.
No porque fuera triste. Porque por primera vez no tenía miedo de que alguien nos echara al día siguiente.
Mis padres no llamaron ni una vez en diez años. Ni por mi cumpleaños. Ni cuando Alba empezó el colegio. Ni siquiera cuando mi madre se enteró, por una prima, de que la niña había tenido una operación de amígdalas.
Nada.
Hasta que un martes de noviembre vi a mi madre esperando frente a la gestoría.
La reconocí enseguida, aunque estaba más encorvada y tenía el pelo completamente blanco. Llevaba el mismo bolso marrón de siempre, apretado contra el pecho. Por un segundo pensé en cruzar la calle y seguir caminando.
Pero ella me vio.
—Lucía.
Su voz me atravesó como si tuviera otra vez dieciocho años.
—¿Qué haces aquí?
Mi madre empezó a llorar antes de poder responder. La gente pasaba a nuestro lado con prisa, mirando de reojo.
—Tu padre está muy mal. Tiene insuficiencia renal. Está en diálisis y… los médicos dicen que necesita un trasplante.
Me quedé quieta.
—Lo siento.
—Necesitamos hablar contigo.
—No, mamá. Tú necesitas algo de mí. No es lo mismo.
Ella bajó la cabeza. Me dolió verla así, y me enfadó que me doliera. Había imaginado ese momento tantas veces. En mis fantasías le decía todo: las noches sin calefacción, las facturas, el miedo de Alba cuando preguntaba por sus abuelos. Pero cuando la tuve delante, solo sentí un cansancio antiguo.
Fuimos a una cafetería. Mi madre no probó el café.
Me contó que mi padre había perdido el negocio de carpintería años atrás. Que habían vendido el piso y vivían de alquiler en un pueblo cercano. Que él preguntaba por mí, aunque no se atrevía a llamarme. Luego me miró con unos ojos que ya no parecían los de la mujer que se quedó callada aquella noche.
—Sabemos que te fallamos.
—No me fallasteis. Me echasteis.
—Tu padre era muy cerrado. Yo tenía miedo de llevarle la contraria.
—Y yo tenía miedo de dormir en la calle con una barriga de ocho meses. Pero nadie me defendió.
Mi madre se tapó la boca. Yo también lloré, aunque me daba rabia hacerlo.
Entonces llegó la frase que lo cambió todo.
—Los médicos han dicho que, por compatibilidad, quizá tú podrías ser donante.
La miré fijamente. Sentí que el ruido de la cafetería se apagaba.
No habían venido solo a pedirme perdón.
Habían venido a pedir un riñón.
Esa tarde recogí a Alba del colegio. Tenía diez años y un dibujo doblado dentro de la mochila.
—Mamá, hoy he hecho nuestra familia.
En el papel estábamos ella y yo, agarradas de la mano, con un sol enorme encima. También había una señora con pelo blanco y un señor con gafas, separados un poco de nosotras.
—¿Quiénes son? —pregunté, aunque lo sabía.
—Mis abuelos. La abuela me escribió una carta hace meses. No te la enseñé porque pensé que te ibas a enfadar.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y qué te decía?
—Que se arrepiente. Que quiere conocerme. ¿Está mal que yo quiera conocerlos?
No supe qué decirle. Porque Alba no tenía la herida que yo tenía. Ella solo veía a dos abuelos que no conocía. Yo veía la puerta de mi casa cerrándose detrás de mí.
Aún no he decidido si me haré las pruebas. Mi padre está enfermo, y no le deseo la muerte. Pero mi cuerpo también es mío, igual que aquella vida que defendí cuando todos me dijeron que era un error.
¿Perdonar significa volver a abrir la puerta, o basta con dejar de vivir con odio? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?