“No me abraces, mamá”: el día en que mi hija me hizo ver que mi cara perfecta nos había separado
—No me abraces, mamá. Por favor.
Lucía levantó las manos delante de su cara, como si yo fuera a contagiarle algo. Acababa de salir del baño, con los ojos rojos y el flequillo pegado a la frente por el llanto. Yo tenía puesta una mascarilla tensora que me había costado ciento ochenta euros y llevaba dos pequeñas tiritas color carne junto a las sienes, donde me habían pinchado esa mañana.
—¿Qué te pasa ahora? —le pregunté, cansada, aunque en el fondo ya intuía que no era “ahora”.
—Que no pareces mi madre —soltó—. Pareces una señora que juega a ser otra persona todo el rato.
Se me quedó el cepillo del pelo suspendido en el aire.
Mi hija tenía dieciséis años. Y yo, cuarenta y ocho. O eso decía mi carné. Porque llevaba años intentando borrar cualquier prueba de ello.
Empecé poco a poco. Una crema cara recomendada por una compañera de la gestoría donde trabajaba. Luego un tratamiento de ácido hialurónico “solo para hidratar”. Después el bótox en la frente, porque una clienta me dijo que mi cara parecía muy cansada y yo me pasé dos noches mirándome en el espejo, buscando ese cansancio como quien busca una enfermedad.
Mi marido, Javier, al principio se reía.
—Pilar, estás guapísima. No necesitas esas cosas.
Pero después dejó de decirlo. No porque estuviera de acuerdo, sino porque cada conversación terminaba mal.
—Claro, tú lo dices porque no tienes que mirarte —le contestaba yo—. A los hombres se les llama interesantes. A nosotras, dejadas.
Y no era una idea que me hubiera inventado del todo. En las comidas familiares, mi hermana Teresa aparecía con el pelo recién teñido y mi madre decía: “Así da gusto, una mujer tiene que cuidarse”. Cuando yo iba sin maquillar, alguna vecina soltaba el típico “qué mala cara tienes hoy, hija”. En el trabajo, las mujeres de mi edad hablaban de dietas, de clínicas, de quién se había hecho qué. Parecía que envejecer no era algo normal. Era una falta de disciplina.
Yo me lo creí entero.
Cada mes apartaba dinero para la clínica antes incluso de pagarme ropa. Ocultaba facturas en el fondo de un cajón, entre manuales del instituto de Lucía y recibos viejos. Hubo meses en los que dije que no podíamos ir unos días a la playa porque íbamos justos. Pero luego aparecía con los pómulos más marcados o con unas ojeras nuevas que, según la doctora Beatriz, “ya no proyectaban tristeza”.
Qué ironía. Yo estaba cada vez más triste.
Lucía empezó a alejarse de mí sin hacer ruido. Dejó de contarme cosas. Cerraba la puerta de su habitación y decía que tenía deberes, aunque yo sabía que se quedaba mirando vídeos con los auriculares puestos. Si le preguntaba por el instituto, respondía con monosílabos.
—Bien.
—Normal.
—No sé.
Una tarde la encontré frente al espejo del pasillo, estirándose la piel de las mejillas con los dedos. Tenía trece años.
—¿Qué haces? —le pregunté.
Ella me miró, avergonzada.
—Nada. Es que tengo la cara rara.
Le dije que no dijera tonterías, pero después, sin pensar, añadí:
—Cuando seas mayor, si quieres, hay tratamientos muy suaves.
Todavía me pesa recordar su expresión. No lloró. Eso habría sido más fácil. Solo bajó las manos lentamente y se encerró en su cuarto.
A partir de ahí, todo se volvió más frío. Yo seguía preocupada por si mi cuello se descolgaba, por si las fotos de Navidad mostraban demasiado mis líneas de expresión. Ella aprendió a esconderse detrás de sudaderas enormes y a evitar cualquier foto en la que saliéramos juntas.
El día de la discusión, Javier estaba en el salón. Escuchó a Lucía decir que yo no parecía su madre y vino hasta el pasillo.
—Lucía, no le hables así —dijo él, serio.
Ella lo miró con una rabia que me asustó.
—¿Y ella cómo me habla a mí? Todo el tiempo me dice que me peine, que me quite los granos, que no frunza el ceño porque salen arrugas. Cuando me mira, parece que está revisando algo que está mal.
—Yo solo quiero que te cuides —murmuré.
—No. Tú quieres que yo tenga miedo. Como tú.
No supe responder.
Lucía se metió en su habitación y cerró la puerta. No dio un portazo. La cerró despacio. Ese gesto me destrozó más que si hubiera gritado.
Esa noche encontré una hoja doblada sobre su escritorio. No debería haberla leído, lo sé. Pero la vi y no pude evitarlo. Era un texto para clase. Arriba ponía: “La persona que más quiero y menos conozco”.
Hablaba de mí.
Escribía que su madre olía a crema cara y a laca. Que siempre estaba ocupada corrigiendo algo: una foto, una ceja, una postura. Decía que echaba de menos a la madre que se reía con la boca abierta cuando ella era pequeña, antes de que empezara a taparse las arrugas con la mano.
La última frase decía: “Creo que mi madre piensa que si envejece, la dejarán de querer. Y por eso nunca se da cuenta de que la estamos perdiendo nosotros”.
Me senté en su cama y lloré sin hacer ruido. Para no estropearme la cara, pensé al principio. Y entonces me dio vergüenza hasta de pensar eso.
A la mañana siguiente cancelé la cita que tenía para retocarme los labios. Me temblaban las manos al llamar. La recepcionista intentó convencerme de que perdería la señal.
—Pues la pierdo —le dije—. Ya he perdido bastante.
No fue como en las películas. Lucía no me perdonó al momento. Cuando le pedí hablar, me dijo que estaba cansada. Cuando le propuse ir a merendar, respondió que había quedado con una amiga. Y tenía derecho.
Empecé por cosas pequeñas. Dejé de comentar su aspecto. Tiré varias revistas que tenía marcadas por tratamientos. Le enseñé las facturas a Javier, todas. La cifra final nos dejó en silencio: casi nueve mil euros en dos años.
—Nos habría dado para arreglar la cocina —dijo él.
—O para irnos los tres de vacaciones —respondí.
Javier apretó los labios. No me insultó ni me echó nada en cara. Solo dijo:
—Yo también dejé de insistir porque era más cómodo. Y no debía.
Un domingo, Lucía me encontró quitándome el maquillaje frente al espejo. Sin base, mis manchas se veían. Las líneas alrededor de la boca también. Me dieron ganas de taparme, de girarme rápido. Pero no lo hice.
—¿Ya no vas a ir a la clínica? —preguntó desde la puerta.
—No lo sé —le contesté con sinceridad—. Estoy aprendiendo a no decidir desde el miedo.
Se quedó callada.
—Mamá… no tienes que parecer joven para estar bien.
Me giré hacia ella. Tenía la voz baja, como si le costara decirlo.
—Y tú no tienes que parecer perfecta para que te quiera —le dije.
No nos abrazamos enseguida. Ojalá pudiera decir que sí. Pero Lucía se acercó, me tocó una mejilla con la punta de los dedos y sonrió apenas.
Fue un comienzo. Pequeño, frágil, pero real.
Ahora todavía hay días en que veo una arruga nueva y siento el impulso de llamar a la clínica. No voy a fingir que se cura todo de golpe. Pero miro a mi hija y recuerdo que mi cara no era el problema. El problema era todo lo que dejé de mirar por estar pendiente del espejo.
¿En qué momento nos convencieron de que envejecer era perder valor? Y, sobre todo, ¿cuántas veces tenemos que herir a quienes queremos antes de atrevernos a mirarnos de verdad?