Creyó que por fin había encontrado un hogar emocional, hasta que una pequeña contradicción empezó a desmontarlo todo

No fue una infidelidad descubierta con fotos ni con alguien llamándome a las tres de la mañana. Ojalá hubiera sido algo así de claro, porque al menos habría sabido dónde colocar la rabia.

Lo que perdí con Dani fue una cosa más tonta y más difícil de explicar: la sensación de que podía estar tranquila.

Nos conocimos hace un año y pico por una amiga común, en la terraza de un bar de Lavapiés. Yo tengo 38 años, trabajo como técnica de nóminas en una asesoría y llevaba bastante tiempo sin meterme en nada serio. No porque fuera una mujer misteriosa ni porque estuviera encantada sola. Simplemente venía de una relación larga, de esas que se apagan despacio, y me había acostumbrado a no contar demasiado con nadie.

Dani tenía 41, trabajaba por su cuenta llevando redes y campañas para pequeños negocios. Era gracioso sin ser pesado, sabía escuchar y tenía una forma de acordarse de detalles que me desarmaba. Que si mi hermana tenía una entrevista, que si a mí me daban miedo las pruebas médicas, que si no soportaba el pimiento verde aunque me gustara la paella. Cosas pequeñas.

Al principio pensé que quizá estaba siendo demasiado intensa yo sola. Cuando una ha pasado años haciendo encaje de bolillos para no molestar a nadie, que te propongan un plan con antelación parece casi una declaración de amor.

Con él empecé a hacer cosas normales que me daban mucha paz. Cocinar un martes. Ir a comprar al Mercadona medio dormidos. Quedarnos en su piso de Carabanchel viendo cualquier serie mala. Me decía: “Aquí no tienes que demostrar nada”. Y yo, que soy bastante desconfiada aunque no lo parezca, fui bajando la guardia.

Mis amigas me decían que disfrutara, que no buscara pegas. Y es verdad que yo tengo tendencia a darle vueltas. Si alguien tarda en responder, me invento veinte motivos, diecinueve malos y uno razonable. Lo sé. He ido a terapia, no voy por la vida pensando que mi intuición sea una bola de cristal.

Pero hubo cosas.

La primera fue una llamada que cortó delante de mí. Estábamos cenando en casa, él haciendo una tortilla demasiado líquida porque siempre la hace así, y sonó su móvil. Miró la pantalla y lo puso boca abajo sin cogerlo.

—¿No lo vas a coger? —le pregunté, sin más.

—Es curro. Mañana lo veo.

No tenía nada raro. A mí también me llama gente a horas absurdas. Pero a los cinco minutos fue al baño con el teléfono. Luego salió como si nada y empezó a hablar de un cliente que no le pagaba una factura.

Otra vez, en una comida con sus amigos, una chica llamada Lara dijo algo sobre “el verano pasado en Cádiz”. Se hizo un silencio raro. Dani le lanzó una mirada y Lara cambió de tema tan deprisa que se notó todavía más.

Yo había entendido que el verano anterior él estaba soltero. No porque hubiéramos hecho un interrogatorio, sino porque me había contado que llevaba dos años sin una relación seria. Cuando se lo pregunté, unos días después, dijo que había tenido una historia “sin importancia” con una chica, que no sabía ni por qué Lara seguía sacándolo.

Me dio vergüenza haber preguntado. Él no se enfadó exactamente, pero se quedó serio.

—A veces parece que estás esperando a que haga algo malo, Alba.

Y eso me dejó completamente descolocada. Porque era verdad que yo estaba esperando algo. No sabía qué. Pero también era verdad que no quería convertirme en esa persona que revisa gestos, tonos y horarios hasta estropear una relación que funciona.

Así que me callé.

El día que todo cambió fue un viernes de noviembre. Yo había ido a su casa antes que él porque tenía una copia de las llaves desde hacía unos meses. Íbamos a cenar con su madre al día siguiente y me pidió que le ayudara a elegir unas fotos antiguas que quería imprimir para su cumpleaños.

Encendí su portátil porque las tenía guardadas allí. No tuve que buscar nada. Al abrir el navegador apareció una sesión de correo que no era la suya habitual. En la parte de arriba había un mensaje sin leer, con un asunto que decía: “No voy a seguir fingiendo por ti”.

Sé que no debería haberlo abierto. Lo sé de verdad. Podría haber cerrado el ordenador y esperado a preguntarle. Pero lo abrí.

Era de una mujer llamada Nuria. No decía que fueran pareja en ese momento. Decía algo peor, o al menos a mí me lo pareció. Hablaba de las veces que él volvía a buscarla cuando se encontraba solo, de que le había prometido cortar el contacto varias veces, de una comida familiar a la que él había ido en agosto. También decía: “No me vuelvas a decir que con Alba es diferente si sigues dejándome la puerta entreabierta”.

Me quedé mirando la pantalla. Recuerdo hasta el ruido de la lavadora del vecino centrifugando al otro lado de la pared. Me senté en el suelo del salón. No lloré. Me entró como frío.

No había fechas claras en todos los correos. Algunos eran de antes de conocerme. Otros no. Había conversaciones borradas y respuestas de Dani que parecían deliberadamente vagas. “No quiero hacerte daño”. “Ahora no puedo hablar”. “Por favor, no montes esto”.

Cuando llegó, yo seguía sentada en la mesa con el portátil cerrado delante.

Le pregunté quién era Nuria.

Primero dijo que una ex. Después, que no había sido exactamente una ex. Luego que habían tenido una relación complicada y que ella no aceptaba que se hubiera terminado. Yo le pregunté si había estado con ella mientras estaba conmigo.

No contestó enseguida. Se quitó la chaqueta, fue a la cocina, abrió la nevera y bebió agua. Ese gesto me puso más nerviosa que cualquier grito.

—No como tú estás pensando —dijo al final.

Le pedí que me lo explicara sin frases de esas.

Entonces reconoció que había quedado con ella dos veces al principio de lo nuestro. Según él, porque no tenía claro si nosotros íbamos en serio. También admitió que habían seguido escribiéndose alguna vez, sobre todo cuando discutían ellos o cuando discutíamos nosotros. Dijo que Nuria era una persona muy dependiente, que tenía problemas de ansiedad, que él se sentía responsable de que no estuviera mal.

Y yo entiendo eso. De verdad que lo entiendo. Hay vínculos que no se cortan de un día para otro. Pero lo que no podía quitarme de la cabeza era que él me hubiera hecho sentir segura precisamente mientras mantenía otra historia en una especie de cuarto oscuro, sin cerrar del todo la puerta.

No fuimos a ver a su madre. Le mandó una excusa sobre que yo estaba indispuesta. Me fui a casa en un Cabify porque no podía coger el metro sin echarme a llorar en algún andén.

Durante semanas me escribió mensajes larguísimos. Que no me había engañado de la manera que yo creía. Que había hecho las cosas fatal por evitar conflictos. Que me quería. Que había bloqueado a Nuria. Que si quería podíamos ir a terapia de pareja, aunque lleváramos relativamente poco.

Yo no le bloqueé. Esa es la parte que más me cuesta admitir. Le contestaba a ratos. Quedamos dos veces para hablar. En una de ellas me enseñó el móvil sin que se lo pidiera, como si aquello pudiera devolverme algo.

No volvimos oficialmente, pero tampoco lo cerré de golpe. Ahora han pasado tres meses. A veces me sorprendo queriendo mandarle una foto de cualquier tontería, porque era la persona con la que compartía esas cosas. Luego recuerdo que no sé cuántas versiones de su vida conocí de verdad.

Mi hermana dice que menos mal que lo vi a tiempo. Puede que tenga razón. Dani dice que cometió errores, pero que yo convertí unas conversaciones en una traición enorme. Puede que en parte también tenga razón.

Lo que sé es que desde entonces no me tranquiliza que alguien diga “confía en mí”. Me tranquiliza más que sus actos no me obliguen a preguntarlo.

Aún tengo su taza azul en mi armario. No porque quiera volver. Creo. Es que cada vez que voy a tirarla, la dejo otra vez en el estante y cierro la puerta.