Su padre volvió a llamar después de años, pero no para pedir perdón: necesitaba un sitio donde dormir

La primera noche que mi padre durmió en mi sofá no pegué ojo. No porque roncara, que roncaba bastante, sino porque me resultaba rarísimo oírle respirar al otro lado del pasillo.

Tengo treinta y ocho años, vivo solo en un piso de alquiler en Carabanchel y trabajo en mantenimiento de una residencia de mayores. No es que me sobre el dinero. Entre el alquiler, la letra de la moto, la luz y lo normal, voy bastante justo. Pero llevaba casi cuatro años en el mismo piso y eso, para mí, ya era una especie de victoria.

Mi padre, Julián, llevaba más de diez años sin pasar una noche bajo el mismo techo que yo.

Ni siquiera puedo decir que nos peleáramos y dejamos de hablar. Para pelearse hacen falta dos personas presentes. Él era más bien de desaparecer. A veces mandaba un mensaje por Navidad. O llamaba a mi hermana, Lucía, cuando necesitaba que alguien le ingresara veinte o treinta euros. A mí me llamaba menos porque yo, según él, «siempre había tenido mucho carácter».

Lo que tenía era memoria.

Mis padres se separaron cuando yo tenía doce años. Mi madre se quedó con nosotros en Móstoles, trabajando mañanas y tardes en una tienda de ropa. Mi padre se fue a vivir a casa de un compañero, luego con una mujer de Fuenlabrada, luego no sé dónde. Al principio venía algunos domingos. Nos llevaba a comer al Foster’s Hollywood o al cine, como si eso arreglara algo. Después empezó a cancelar.

«Se le ha complicado el trabajo», decía mi madre, intentando que no se notara que le daba vergüenza por él.

Un domingo me quedé vestido con la camiseta que me había comprado para salir. Estuve hasta las seis sentado en el borde de la cama, mirando por la ventana cada coche que entraba en la calle. Mi madre me llamó tres veces para merendar. Al final subió con un vaso de leche y unas galletas María. No lloré delante de ella. Esperé a que se fuera.

No digo esto para dar pena. Supongo que por eso me costó tanto reaccionar cuando Lucía me llamó hace dos meses.

—Papá está en el hospital —me dijo.

Pensé que era algo grave. Se me quedó el cuerpo frío de golpe, aunque llevaba años sin verle. Pero no. Había tenido una crisis de ansiedad fuerte y una subida de tensión. Lo habían atendido en urgencias del Hospital de Getafe y le dieron el alta esa misma tarde. El problema era que ya no tenía dónde volver.

Por lo visto, llevaba alquilando una habitación en casa de una señora. Debía tres meses. La mujer había cambiado la cerradura mientras él estaba en el hospital y le dejó una bolsa con ropa en el rellano. Sé que no se puede hacer así, que habrá normas y todo eso, pero tampoco me vi con fuerzas para preguntar demasiado. Mi padre decía que había sido de un día para otro. Lucía decía que seguramente no.

Ella no podía acogerlo. Vive en Parla con su marido, una niña de cuatro años y un bebé que todavía se despierta dos veces cada noche. Además, no tiene una habitación libre. Yo sí tenía sofá.

Esa fue la frase que lo decidió todo.

—Tú tienes sofá, Marcos. Solo hasta que se organice.

Me puse a la defensiva enseguida.

—¿Y por qué no se organiza él? Lleva organizándose solo toda la vida, ¿no?

Lucía se quedó callada. Me arrepentí nada más decirlo, pero no lo retiré.

Mi padre llegó aquella tarde con una mochila, una bolsa del Carrefour y una cazadora demasiado fina para el frío que hacía. Estaba más pequeño. No sé cómo explicarlo. No más bajo, claro, sino encogido. Tenía la barba blanca sin arreglar y olía a tabaco frío.

Me dio dos besos como si hubiéramos quedado la semana anterior.

—Gracias, hijo.

Le dije que podía quedarse unos días, que ya veríamos. Él asintió rápido, mirando al suelo.

Los primeros dos días casi no hablamos. Yo me iba a trabajar a las siete y media. Le dejaba café, pan y algo de embutido. Cuando volvía, él había fregado los platos y doblado una manta que yo no había usado en mi vida. A veces estaba sentado en el balcón con mi chaqueta puesta, fumando a escondidas. Le dije que no fumara dentro y me pidió perdón con una facilidad que me dio rabia.

Porque pedir perdón por una colilla en un tiesto era sencillo. Pedirlo por haber faltado durante media vida, no tanto.

Al cuarto día me encontré una carpeta encima de la mesa. Había papeles del paro, un informe médico, una deuda con una compañía telefónica y un aviso del banco. No estaba trabajando. Había hecho chapuzas, repartos, alguna obra sin contrato. Ahora decía que le dolía la espalda y que no podía cargar peso. Tenía cincuenta y nueve años, aunque aparentaba más.

—Estoy mirando una habitación —me dijo desde el sofá—. En cuanto cobre, me voy.

—¿Y cuándo cobras?

Se quedó mirando la tele apagada.

—No lo sé todavía.

Ahí empezó a subir algo dentro de mí. No era solo miedo a que se quedara. Era miedo a que todo aquello se convirtiera otra vez en lo de siempre: promesas vagas, problemas que caían sobre otros, y yo intentando no necesitar nada de nadie para que no me dejaran tirado.

Una noche llegué cansado y vi que había comprado una tortilla preparada y dos latas de cerveza. Había puesto la mesa para los dos. Me senté porque me dio pena, supongo.

Me habló de cuando yo era pequeño. Dijo que se acordaba de que me gustaban los camiones de bomberos y de que una vez no quise quitarme unas botas de agua ni para dormir. Cosas ciertas, seguramente. Pero las contó como quien enseña una foto que ha encontrado en un cajón ajeno.

Después dijo:

—No supe hacerlo mejor.

Me quedé con el tenedor en la mano. Esa frase me había imaginado tantas veces que pensé que, cuando la oyera, me aliviaría. Y no. Me enfadé.

—Pues yo tampoco he sabido hacerlo mejor muchas veces —le dije—. Pero no he abandonado a nadie.

No levanté la voz. Casi habría preferido hacerlo. Él no respondió. Terminó de cenar y recogió su plato. Durante un rato oí el agua correr en la cocina.

Al día siguiente, Lucía me mandó un audio larguísimo. Me dijo que estaba siendo duro, que papá estaba mal, que al final era nuestro padre. Lo escuché en el almacén de la residencia, entre cajas de guantes y pañales. Me entró una rabia absurda. Ella había sufrido lo mismo, pero siempre había tenido más facilidad para suavizar las cosas. O quizá yo la recordaba así porque necesitaba que uno de los dos fuera el bueno y el otro el resentido.

Le contesté que no iba a echarle a la calle, pero que tampoco pensaba fingir que éramos una familia normal.

Mi padre lleva aquí seis semanas.

Ha conseguido una cita con la trabajadora social del centro de salud y está esperando respuesta para una ayuda. También ha visto dos habitaciones, pero le piden fianza y nóminas que no tiene. Algunos días busca cosas por internet en mi portátil. Otros se pasa la mañana tumbado, con el móvil en la cara. Me pone nervioso verlo así y luego me siento miserable por ponerme nervioso.

No ha vuelto a hablar de aquella cena. Yo tampoco.

Ayer, antes de irme, encontré en la encimera un táper con lentejas para llevarme al trabajo. No eran como las de mi madre, ni mucho menos, y tenían demasiada sal. Me lo llevé igual.

Por la noche miré anuncios de habitaciones con él. Había una en Usera que parecía decente, pero costaba más de lo que puede pagar. Otra en Vallecas no tenía ventana. Él decía «ya veremos» cada vez que llamábamos y no le cogían.

Esta mañana he dejado una hoja con varios teléfonos al lado de su taza. No sé si se irá pronto, ni si quiero que se vaya exactamente. Solo sé que cuando cierro la puerta para ir a trabajar, sigo comprobando dos veces que llevo las llaves encima.