Mi hermana dijo que abandonar a nuestro padre por un trabajo era egoísta… y todavía no sé si tuvo razón
La primera vez que mi hermana me llamó egoísta no fue gritando. Casi habría preferido que gritara.
Estábamos en la cocina de casa de mi padre, un martes por la tarde. Había una bolsa de mandarinas encima de la mesa, sin guardar, y la radio estaba puesta muy bajita porque a él le pone nervioso el silencio desde que murió mi madre. Mi padre dormía en el sillón, con la cabeza vencida hacia un lado.
Lucía estaba de pie, con el abrigo todavía puesto. Yo acababa de decirle que iba a aceptar un trabajo fuera durante tres semanas.
—Pues no sé, Andrés —me dijo—. Me parece muy bonito que ahora quieras pensar en ti, pero papá no puede quedarse tirado.
No dijo “egoísta” hasta unos minutos después. Pero ya estaba todo ahí.
Tengo cuarenta y seis años y trabajo por mi cuenta como electricista. Bueno, trabajo cuando puedo. Desde hace dos años, desde que a mi padre le diagnosticaron párkinson y empezó a tener más problemas para moverse, mi agenda se ha ido convirtiendo en una cosa ridícula. Un cliente me llama para una instalación; yo digo que sí; luego mi padre tiene revisión, o se le acaba una medicación, o la señora que viene dos horas por las mañanas no puede ir ese día, y yo cancelo.
Al principio no me importaba tanto. Mi madre había fallecido hacía poco y me parecía lo normal. Mi padre no quería oír hablar de ayuda a domicilio ni de un centro de día. Decía que no estaba “para que lo aparcaran con viejos”. Tiene setenta y ocho años y un carácter que se ha vuelto más difícil con los años, aunque también sé que tiene miedo. Hay días en que se le cae un vaso y se enfada como si alguien lo hubiera hecho a propósito.
Lucía vive en Móstoles, tiene dos hijas adolescentes y trabaja en una gestoría. Ella viene los sábados, hace una compra grande, revisa papeles y se lleva a mi padre a comer a su casa alguna vez. No quiero pintar como si no hiciera nada, porque no sería verdad. Hace cosas. Bastantes, seguramente. Pero entre semana, el que está a diez minutos soy yo.
Y también está esa idea que nadie dice del todo: como yo me separé hace cinco años, no tengo hijos y vivo solo en un piso de alquiler, parece que mi tiempo vale menos. Como si mi vida estuviera en pausa esperando a que alguien necesitara que la llenase.
Mi padre no me obligaba directamente. Eso es lo peor. Nunca me decía “no te vayas”. Decía cosas como:
—Hombre, si tienes trabajo, ve. Ya me apañaré.
Y luego se quedaba mirando el mando de la tele como si no supiera qué botón apretar, aunque lleva viviendo en esa casa treinta años.
Yo me quedaba.
El trabajo que salió era en Valencia. Una empresa de reformas con la que había colaborado antes necesitaba a alguien tres semanas para coordinar una obra en un hotel. No era el empleo de mi vida, ni me iba a hacer rico, pero eran casi cuatro mil euros antes de gastos. Para mí, que llevaba meses tirando de ahorros y pagando autónomos como podía, era respirar.
Cuando me llamaron, lo primero que pensé no fue “qué bien”. Pensé: “A ver cómo se lo explico a Lucía”. Y me dio rabia conmigo mismo por pensar eso antes que en el dinero o en el trabajo.
Intenté organizarlo bien. Hablé con la trabajadora social del centro de salud, aunque ya nos habían avisado de que la ayuda de dependencia tardaría. Conseguí ampliar unas horas a la mujer que venía por las mañanas. Un vecino de mi padre, Julián, se ofreció a bajar a verle algún día. Lucía podía cubrir dos tardes teletrabajando desde allí, según ella misma había dicho semanas antes.
No le estaba dejando solo en una carretera. Me iba veintiún días.
Pero cuando se lo planteé, Lucía empezó con las cuentas: sus hijas, el trabajo, el tráfico, que su marido también tenía horarios. Todo era razonable. Yo la escuchaba y me sentía miserable por pensar que, aun siendo razonable, no podía volver a recaer siempre en mí.
—Yo también tengo una vida —solté.
En cuanto lo dije, vi su cara. No de enfado exactamente. De cansancio. Como si esa frase fuera una acusación hacia ella.
—¿Y yo qué tengo, Andrés? —me contestó—. ¿Crees que a mí me sobra el tiempo?
Ahí podría haberme callado. Podría haberle dicho que tenía razón. En parte la tenía. Pero llevaba demasiados meses callándome cosas pequeñas: las llamadas a las siete de la mañana porque mi padre no encontraba las gafas, los presupuestos rechazados, las cenas canceladas con amigos hasta que dejaron de proponerme planes.
Le dije que no, que no le sobraba el tiempo. Que simplemente yo ya no podía regalar el mío como si no costara nada.
Entonces dijo lo de egoísta.
—Tú puedes irte y desconectar. Yo no. Y si le pasa algo, ¿qué? ¿Vas a volver corriendo desde Valencia? No sé cómo puedes priorizar un trabajo sobre papá.
No contesté. Porque la parte fea de mí pensó: “Él es también tu padre”. Y otra parte, mucho más fea, pensó que si yo tuviera hijos o una hipoteca a mi nombre quizá a nadie se le ocurriría pedirme que me quedara.
Mi padre se despertó en ese momento. Nos miró como si hubiera oído algo, aunque no sé cuánto entendió.
—¿Pasa algo? —preguntó.
Lucía fue hacia él inmediatamente, le colocó mejor la manta y dijo que no pasaba nada. Yo me quedé junto a la encimera, con las llaves en la mano, sintiéndome como un invitado en mi propia familia.
Al final acepté el trabajo. Me fui el lunes siguiente.
La primera semana llamé a mi padre mañana y noche. Él casi siempre decía que estaba bien. Lucía me mandaba mensajes prácticos: “Ha dormido regular”, “mañana tiene fisio”, “compra pañales”. Ni un reproche directo, pero tampoco una pregunta sobre cómo me iba. Igual no tenía por qué preguntarla. Aun así, me dolió más de lo que quiero reconocer.
La segunda semana, mi padre se cayó al levantarse de la cama. No fue grave, por suerte. Un golpe en la cadera, urgencias, radiografía y para casa. Lucía estuvo allí horas. Yo cogí el primer AVE que pude al día siguiente, gastándome un dinero que no tenía previsto gastar y dejando la obra a medias durante dos jornadas.
Ella no me dijo “te lo dije”. Ni hacía falta.
Ahora ya he vuelto. El trabajo salió bien y quizá me llamen para otra obra en verano. Mi padre está mejor, dentro de lo que significa estar mejor en su caso. Hemos empezado a llevarlo dos mañanas a la semana a un centro de día. Protesta cada vez que toca ir, pero luego vuelve contando que ha ganado al dominó a un señor de Alcorcón.
Con Lucía hablamos, pero raro. Como con cuidado. A veces me dan ganas de pedirle perdón por haberme ido. Otras veces me acuerdo de todos los días que me quedé sin que nadie me los pidiera realmente, y se me pasa.
Esta mañana ella me ha escrito para preguntarme si el jueves podía acompañar a mi padre al neurólogo. Le he dicho que sí, porque puedo. Después ha añadido: “Gracias, de verdad”.
He mirado el mensaje un rato antes de responder. Al final solo he puesto un pulgar arriba. No porque quisiera castigarla. Es que no sabía qué otra cosa decir.