Sus padres llamaron “carga” a su hijo durante años… y ahora, enfermos, le piden conocer al nieto que dejaron fuera de su vida
La primera vez que mi madre preguntó por Dani en doce años no fue por su cumpleaños ni por Navidad. Fue un martes, a las ocho y veinte de la mañana, mientras yo esperaba que terminase de calentarse el café antes de salir a repartir.
No somos de hablar mucho por teléfono, mejor dicho, no hablábamos. Vi su nombre en la pantalla y pensé que le habría pasado algo a mi padre. A mi madre le cuesta hasta mandar un audio de WhatsApp; si llamaba, era por algo serio.
—Tu padre está ingresado —me dijo, sin saludar siquiera—. No es que se vaya a morir ahora mismo, pero… está delicado.
Me quedé de pie en la cocina, con la tostada en la mano. Dani todavía dormía. Tiene doce años, aunque a veces, cuando se hace el pequeño para que le haga tortitas un domingo, me parece que fue ayer cuando lo traje del hospital en aquel portabebés azul que me regaló mi hermana.
Mi padre tiene setenta y seis años. Le han encontrado un problema de corazón y además lleva tiempo con los pulmones tocados. Ha fumado toda la vida, incluso después de que el médico le dijera que parase. Mi madre tiene la rodilla fatal, diabetes y una forma de hablar de sus males como si fueran un parte de guerra. No me sorprendió que estuvieran mal. Me sorprendió que me llamaran.
Al final de la conversación, mi madre hizo una pausa rara.
—Tu padre pregunta por el niño.
No dijo Dani. Dijo “el niño”, como decía antes.
Yo contesté que ya no era un niño pequeño, que iba a primero de la ESO y que estaba bien. No sé por qué se lo dije. Por educación, supongo. O por costumbre de seguir explicándole cosas a alguien que nunca quiso escucharlas.
Dani nació cuando yo tenía treinta años. Su madre, Irene, y yo llevábamos poco más de un año juntos. Las cosas no fueron bien entre nosotros, pero eso vino después. Al principio estábamos ilusionados y bastante asustados, como imagino que le pasa a casi todo el mundo.
Mis padres no reaccionaron con alegría. Mi padre soltó que yo acababa de encadenar contratos temporales y que traer un crío al mundo así era una irresponsabilidad. En eso, si soy sincero, algo de razón tenía. Yo trabajaba donde salía: almacén, mensajería, una temporada montando stands en ferias. Irene estaba haciendo sustituciones en una residencia. No nos sobraba nada.
Pero una cosa es preocuparse y otra la manera en que lo hicieron.
Mi madre empezó a decir que ella ya había criado a sus hijos, que no pensaba volver a “atarse” a pañales ni a horarios. Nadie le había pedido que se atase a nada. Solo le habíamos contado que iba a ser abuela.
Mi padre decía que no quería que luego fuéramos con el niño “a dejárselo” cada dos por tres. Aún no había nacido Dani y ya hablaban como si les estuviéramos preparando una trampa.
Cuando Irene se fue, Dani tenía casi dos años. No desapareció del todo, pero se mudó a otra ciudad por trabajo y las visitas se fueron haciendo cada vez más espaciadas. No voy a pintar las cosas mejor de lo que fueron: hubo discusiones, abogados para fijar la custodia y meses muy agotadores. Yo estaba quemado y con miedo. Aun así, mis padres no se acercaron más.
Al contrario. Mi padre me dijo una tarde, en el salón de su casa, que había elegido “complicarme la vida” y que ahora no pretendiera que ellos me resolvieran el problema.
No le pedía que me resolviera nada. Le había pedido si podía quedarse con Dani dos horas el jueves porque yo tenía una entrevista para un puesto fijo. Dos horas.
Mi madre estaba allí, sentada con una manta en las piernas aunque era octubre y aún hacía calor. No dijo nada. Miraba la tele sin verla.
Fui a la entrevista con Dani porque no conseguí a nadie. Una compañera del reparto se quedó con él abajo, en la cafetería del polígono, mientras yo subía. Me cogieron, por cierto. En una empresa pequeña de paquetería. Sigo allí, aunque ahora llevo ruta fija y no vivo con el agua al cuello todos los meses.
Después de aquello dejé de insistir. Durante años mandaba fotos a mi madre por WhatsApp: Dani en la función del colegio, Dani con los dientes caídos, Dani aprendiendo a montar en bici. Ella a veces contestaba con un corazón. Mi padre ni eso.
Cuando Dani tenía siete años me preguntó por qué sus abuelos paternos no venían nunca. Le dije que vivían lejos, aunque están a cuarenta minutos en coche. No fue una mentira completa, pero tampoco fue la verdad. Me sentí bastante cobarde.
Hace unos meses, él volvió a preguntar. Esta vez ya no le pude decir lo mismo.
—¿No les caigo bien? —me soltó mientras recogíamos la compra.
Se me cayó un paquete de lentejas al suelo. Es una tontería, pero recuerdo perfectamente el ruido de las lentejas desparramándose por el pasillo.
Le dije que no era por él. Que los adultos a veces hacen las cosas mal y luego les cuesta arreglarlas. Dani me miró como si eso no explicase gran cosa, porque no explicaba gran cosa.
Después de la llamada de mi madre fui a ver a mi padre al hospital. Fui solo. Dani estaba en el instituto y no quería llevarlo de primeras como si fuese una especie de regalo para tranquilizar a nadie.
Mi padre estaba más pequeño. Eso es lo que pensé al verlo. Más pequeño dentro de la cama, con la bata abierta por detrás y las manos llenas de manchas. Me dio un abrazo torpe. Hacía años que no me abrazaba.
Dijo que habían cometido errores. No dijo cuáles. Mi madre, que estaba sentada junto a la ventana, empezó a llorar y dijo que no sabían cómo acercarse, que pensaban que yo no quería saber nada de ellos.
Ahí me enfadé. Bastante.
Les recordé las llamadas que no devolvieron, las veces que no fueron al cumpleaños aunque les invité, el día que Dani estuvo con fiebre y yo llamé porque no podía faltar otra vez al trabajo. Mi madre dijo que tenía miedo de meterse donde no la llamaban. Mi padre dijo que él era un bruto, que siempre lo había sido.
No sé si eso es pedir perdón. Quizá para él sí.
Antes de irme, mi padre preguntó si podía conocer a Dani. No “verlo un día”, no “hablar con él”. Conocerlo. La palabra me dejó mal cuerpo, porque Dani ya tiene doce años. No es un desconocido por casualidad. Es un desconocido porque ellos lo decidieron.
Llevo dos semanas dándole vueltas. Mi hermana dice que no castigue a Dani quitándole la posibilidad de tener abuelos. Pero ella no fue quien tuvo que escuchar a nuestro padre llamarlo carga. Tampoco quiero usar a mi hijo para ajustar cuentas, y eso me da miedo, porque no sé dónde termina protegerlo y dónde empieza mi rencor.
Ayer se lo conté a Dani. Le dije que sus abuelos quieren verle y que él no tiene obligación de nada. Se quedó callado un rato, terminando los macarrones.
—¿Ellos saben que me gusta el baloncesto? —preguntó.
Le dije que no.
—Pues si los veo, se lo puedo contar yo.
No era un sí rotundo. Tampoco un no. Esta tarde voy a llamar a mi madre y proponerle un café el sábado, en una cafetería cerca de casa. Una hora, como mucho. Iré con Dani y no voy a dejarle solo ni un minuto.
No sé si de ahí saldrá algo. Ni siquiera sé si estoy haciendo bien. Pero he guardado su número otra vez en el móvil. Antes solo aparecía como “Mamá” y llevaba años silenciado. Ahora sigue silenciado, aunque ya no he podido borrarlo.