Prestaron todos sus ahorros para salvar la casa de sus suegros, pero años después el dinero sigue sin volver y su matrimonio se ha roto por dentro
El día que vaciamos la cuenta de ahorro no sentí que estuviéramos tomando una decisión económica. Sentí que estábamos haciendo algo decente.
Mis suegros tenían una deuda con el banco y les quedaban pocos meses para que la situación se les fuera completamente de las manos. No entendí nunca todos los papeles, ni las cantidades exactas; había un préstamo antiguo, unos recibos atrasados y una refinanciación que, según parece, había salido mal. Lo que sí entendí fue el miedo de Amparo, la madre de mi marido, sentada en nuestra cocina con un pañuelo hecho una bola entre las manos.
—Nos vamos a quedar en la calle —decía.
No era exactamente así, o al menos luego nos explicaron que los procesos no son de un día para otro. Pero en ese momento nos pareció que había que actuar ya.
Mi marido, Sergio, y yo llevábamos ahorrando casi nueve años. No teníamos una fortuna. Eran 31.000 euros: lo que habíamos ido guardando desde que nació nuestra hija mayor, luego con la idea de cambiar de coche, hacer alguna reforma y, sobre todo, tener un colchón. Yo trabajo de auxiliar administrativa en una gestoría y Sergio es encargado en un almacén de materiales. Vivimos en un piso normal en Alcalá de Henares, con hipoteca y dos hijos. Ese dinero no nos sobraba, pero tampoco lo veíamos como algo intocable si servía para evitar una desgracia.
Sergio me prometió que sería un préstamo. Que sus padres firmarían un documento, que cuando cobraran una pequeña herencia de una tía de su padre o cuando vendieran una parcela en el pueblo, nos lo devolverían poco a poco. No hablábamos de intereses ni nada de eso. Éramos familia.
Yo fui quien dijo: “Vale, hagámoslo”. Eso me cuesta reconocerlo ahora, porque durante mucho tiempo me repetí que había sido cosa de Sergio. No. Él estaba desesperado y yo le vi la cara. También pensé en mis padres, que si estuvieran en una situación límite seguramente habría querido ayudarles.
Se firmó un papel bastante sencillo, preparado por una amiga de Sergio que trabaja en una notaría. Ponía que nos devolverían el dinero en un plazo de cinco años. Lo guardamos en una carpeta azul junto a las escrituras de la casa y las pólizas de seguros. Durante unos meses ni se mencionó el tema. Íbamos a comer los domingos, Amparo hacía cocido o arroz al horno, los niños correteaban por el pasillo y parecía que todo había vuelto a la normalidad.
El primer año no pidieron aplazar nada. Simplemente no pagaron.
Sergio decía que no les presionáramos, que estaban ajustados con las pensiones. Su padre tiene una pensión pequeña de autónomo y Amparo cobra viudedad no, perdón, esto lo digo mal: cobra una pensión propia muy baja porque trabajó muchos años sin cotizar de forma continua. El caso es que entre medicamentos, luz, comunidad y comida, según ellos no llegaban.
Yo lo entendía. De verdad que lo entendía. Lo que empecé a no entender fue que tampoco hubiera una llamada, una transferencia de cincuenta euros, una frase clara. Nada. Solo comentarios sueltos como “a ver si este verano se arregla lo de la parcela” o “si las cosas fueran de otra manera…”.
Al segundo año se nos estropeó el coche. Era viejo y teníamos pensado aguantarlo, pero con dos niños y los horarios de trabajo no podíamos quedarnos sin él. Pedimos financiación para otro de segunda mano. Recuerdo estar en el concesionario firmando papeles y pensar que estábamos pagando intereses por un coche mientras nuestros 31.000 euros seguían en casa de los padres de Sergio, como si hubieran desaparecido.
No se lo dije ese día. Me lo tragué.
Luego llegó el instituto de Lucía, la mayor. Quería apuntarse a una academia de inglés porque le costaba mucho y tenía ilusión con hacer un intercambio al año siguiente. No era una tragedia no poder pagarlo, claro. Hay gente con problemas mucho más graves. Pero me dolió tener que decirle que esperáramos, cuando yo sabía perfectamente por qué estábamos esperando.
La discusión grande no vino de golpe. Fue acumulándose. Yo hacía cuentas por la noche en el móvil. Sergio se enfadaba porque decía que yo solo veía a sus padres como una deuda. Yo le decía que él solo nos veía a nosotros como los que podían aguantar.
—No les voy a echar de su casa por dinero —me soltó una vez.
—Nadie ha dicho eso. Pero tampoco voy a hipotecar el futuro de nuestros hijos para que tú no te sientas culpable.
Ahí empezó a dormir algunas noches en el sofá. Después se fue una temporada a casa de un compañero, según él porque necesitábamos calmarnos. Fueron casi tres meses. Venía a ver a los niños, cenábamos a veces los cuatro, hablábamos de cosas prácticas. No nos gritábamos. Era peor: hablábamos como dos personas que habían dejado un asunto pendiente encima de una mesa y no sabían quién debía tocarlo primero.
Yo estaba muy enfadada con mis suegros, pero también me daba vergüenza estarlo. Amparo no es mala persona. Ha cuidado de los niños cuando lo hemos necesitado, me llevaba tuppers cuando di a luz al pequeño y, cuando murió mi padre, fue de las pocas personas que no me soltó frases vacías. Por eso todo era tan incómodo. No podía convertirla en una aprovechada sin más, pero tampoco podía seguir fingiendo que aquello no nos estaba haciendo daño.
La reunión fue hace dos sábados, en su casa. No quise ir, pero fui. Sergio volvió a casa hace un mes y estamos intentando convivir sin hacer como si no hubiera pasado nada.
Llevamos una libreta. Parece ridículo, pero la llevé yo. Habíamos decidido que no pediríamos los 31.000 euros de inmediato. Sabíamos que no los tenían. Queríamos hablar de opciones: vender la parcela de una vez, aunque sacaran menos de lo que esperaban; valorar si podían alquilar una habitación a estudiantes; hacer una transferencia mensual pequeña y revisar la situación cada seis meses. También queríamos que el préstamo dejara de ser una especie de nube que solo aparecía cuando yo lo mencionaba.
El padre de Sergio apenas habló. Miraba la mesa y movía el café con una cucharilla, aunque el café ya estaba frío. Amparo lloró al principio y luego se enfadó. Dijo que le parecía humillante que habláramos de alquilar una habitación en su propia casa. Yo le contesté peor de lo que quería. Le dije que humillante había sido pedirnos todo lo que teníamos y dejar que nosotros financiáramos nuestra vida a crédito.
Sergio se quedó blanco. Durante un momento pensé que se levantaría y se iría otra vez.
No hubo acuerdo completo. La parcela está puesta a la venta, al parecer desde hace más de un año, aunque nadie nos había dicho que tenía tantas cargas. Sus padres han aceptado ingresar 150 euros al mes a partir de abril. Es poco, lo sé. A este ritmo no veremos el final, y además pueden pasar mil cosas. Pero estará por escrito y se revisará cada año.
Cuando nos fuimos, Amparo no me dio un beso. Sergio tampoco dijo nada en el coche. Al llegar a casa, Lucía preguntó si sus abuelos estaban enfadados. Le dije que los mayores a veces tardamos demasiado en arreglar cosas que dejamos crecer.
Esta mañana he abierto la aplicación del banco sin pensar. Aún no hay ninguna transferencia, claro. Es marzo. He cerrado el móvil y he preparado los bocadillos de los niños.
No sé si hemos salvado el matrimonio, ni si el dinero volverá algún día de verdad. Pero al menos ya no soy la única que pronuncia la cifra en voz alta.