“Mi madre me dejó cuando era niña… y años después fui yo quien la acompañó hasta el final”
La última vez que mi madre me llamó por mi nombre completo fue en la habitación 312 del hospital de Móstoles.
—Marina, perdóname.
No dijo nada más durante un rato. Tenía la boca seca, la voz tan baja que tuve que inclinarme sobre la cama. Yo le estaba poniendo cacao en los labios con uno de esos aplicadores pequeños que daban las auxiliares. Me pareció una escena absurda. Mi madre pidiéndome perdón y yo preocupada porque tenía los labios agrietados.
No le contesté enseguida. Creo que asentí un poco, como se asiente cuando alguien te pregunta si has entendido las indicaciones de una prueba médica. Ella cerró los ojos y pensé que se había quedado dormida.
Mi madre se fue de casa cuando yo tenía ocho años. No desapareció de un día para otro, aunque durante mucho tiempo lo conté así porque era más fácil. Primero empezó a pasar noches fuera. Luego dijo que tenía una oportunidad de trabajo en Valencia, que allí pagaban mejor y que necesitaba “pensar en ella”. Mi padre le pidió que no se fuera al menos hasta acabar el curso. Discutieron en la cocina, creyendo que yo estaba dormida.
Recuerdo estar sentada en el pasillo, abrazada a una muñeca sin un ojo, oyendo cómo mi padre repetía: “¿Y Marina qué?”.
Ella contestó algo como que no podía sacrificar toda su vida. No recuerdo las palabras exactas. A veces me da rabia no recordarlas, como si hubiera perdido una prueba importante. Pero recuerdo perfectamente el sonido de la maleta rodando por el suelo del rellano.
Mandó alguna postal al principio. Dos, quizá tres. Una tenía una foto de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Decía que me echaba de menos. Después dejó de escribir. Mi padre decía que estaría ocupada. Lo decía sin mirarme.
Él hizo lo que pudo. Trabajaba descargando mercancía en un almacén, con horarios horribles. Yo me quedaba con una vecina, la señora Pilar, hasta que volvía. Cenábamos muchas noches tortilla francesa, salchichas o sopa de sobre. Había meses en los que se acumulaban facturas encima de la mesa y mi padre las metía deprisa en un cajón cuando yo entraba.
Murió cuando yo tenía dieciséis años. Un infarto. Fue así de rápido, aunque lo que vino después no tuvo nada de rápido.
Me fui a vivir con mi tía Rosa, hermana de mi padre, a Fuenlabrada. No era mala mujer, pero tenía dos hijos, un piso pequeño y bastante miedo de no llegar a fin de mes. Nunca me faltó un plato de comida ni un sitio donde dormir, pero yo sabía que era una carga. Me hice muy buena en no pedir cosas. Trabajé los fines de semana en una cafetería mientras estudiaba, di clases particulares, hice lo que salía.
Cuando aprobé las oposiciones de Lengua y empecé en un instituto público, lloré en el coche. No por vocación, que también, sino porque por primera vez tenía una nómina fija. Una nómina de verdad. Podía alquilar un piso con Dani, que entonces era mi novio y ahora es mi marido. Podía comprarme unas gafas sin mirar tres veces el precio. Podía llenar la nevera.
De mi madre no sabía nada.
Ni siquiera la busqué. Durante años me repetí que no me importaba. En realidad, me importaba de una manera vergonzosa. Si alguien hablaba de su madre, yo cambiaba de tema. Cuando mis alumnos escribían redacciones sobre su familia, las corregía rápido, sin detenerme demasiado.
La llamada llegó hace un año y medio. Era una trabajadora social del hospital. Me explicó que habían encontrado mi número en unos papeles de mi madre. Tenía una enfermedad avanzada. Vivía sola en una habitación alquilada en Parla desde hacía años. No tenía pareja, ni más hijos, ni amistades cercanas que pudieran hacerse cargo de ella.
Lo primero que dije fue que se habían equivocado.
Luego pregunté su nombre.
Dani me escuchó desde la cocina mientras yo hablaba. Cuando colgué, no me dijo que tuviera que ir. Tampoco me dijo que no fuera. Se limitó a poner agua para una infusión y preguntarme si quería cenar algo. Eso se lo agradecí mucho, aunque en ese momento me molestó un poco que no tuviera una opinión rotunda que me evitara decidir.
Fui al hospital dos días después. Me reconoció enseguida. Yo no la habría reconocido en la calle. Estaba mucho más pequeña de lo que la recordaba, con el pelo blanco y la piel apagada. Me miró como si llevara tiempo ensayando ese momento.
—Tienes los ojos de tu padre —me dijo.
Fue lo primero que me dijo en más de veinte años.
Me dio una rabia enorme. No sabía si quería abrazarla, gritarle o irme. Al final me senté. Estuvimos hablando de cosas prácticas: medicación, una prueba pendiente, el alquiler de su habitación, un teléfono que apenas sabía usar. No me contó una gran historia que justificara nada. Había tenido trabajos, parejas, temporadas mejores y peores. Dijo que al principio pensaba volver cuando tuviera dinero suficiente, pero que le daba vergüenza porque el tiempo pasaba y cada vez era más difícil.
—No supe hacerlo —me dijo una tarde.
Yo le contesté:
—Sí supiste irte.
Me arrepentí en cuanto lo dije. No porque fuera mentira, sino porque vi que ya no tenía fuerzas ni para defenderse. Pero tampoco retiré la frase.
Durante los meses siguientes fui haciendo cosas. Pedí citas, hablé con médicos, llevé ropa limpia, organicé papeles. No sé muy bien por qué. A veces salía del hospital furiosa conmigo misma. Me decía que lo hacía porque era lo correcto, y otras veces pensaba que simplemente no quería volver a sentir que alguien se quedaba solo, como se quedó mi padre en aquella casa.
Dani iba conmigo algunas tardes. Mi tía Rosa no quiso verla. Me dijo que bastante había recogido ella los pedazos cuando mi madre decidió marcharse. No pude discutirle nada.
Mi madre murió un martes de enero. Llovía y yo había dejado el coche en doble fila unos minutos porque no encontraba aparcamiento. Cuando llegué, ya no respondía. Le cogí la mano igualmente. Estaba fría, pero no tanto como imaginaba que estaría.
En el funeral fuimos cuatro personas: Dani, mi tía Rosa, una vecina de la habitación alquilada y yo. La vecina me contó que mi madre guardaba una foto mía de la graduación que yo ni siquiera sabía que existía. Debió de encontrarla en redes sociales o pedirla a alguien. No pregunté.
Han pasado meses y no siento paz. Eso es lo que más me desconcierta. La cuidé. Escuché su perdón. No la dejé sola. Pero hay días en que pienso que perdonarla sería traicionar a la niña que esperaba junto al pasillo con la muñeca rota.
Y otros días pienso que aquella mujer enferma no era ya la madre que se fue, sino alguien asustado que llegó tarde a todo.
La semana pasada, ordenando un armario, encontré una carpeta con sus últimos informes médicos y la dejé encima de la mesa. Dani me preguntó si quería tirarla. Le dije que todavía no. Luego preparé la cena y hablamos de otra cosa, como si ese montón de papeles no siguiera ahí, ocupando sitio entre nosotros.