Mi vecina convirtió mi piso de Madrid en una pesadilla: “Aquí se entra como yo digo”
—Niña, ¿otra vez con la bicicleta por el portal? Esto no es una cuadra.
La voz de doña Remedios me pilló con una bolsa de la compra clavándoseme en los dedos y el casco colgando del manillar. Eran las ocho y media de la mañana. Yo llegaba tarde a una reunión y solo quería dejar la bici junto a mi puerta cinco minutos, subir el ordenador y volver a bajarla al trastero.
Me quedé quieta en mitad del portal.
—No está molestando a nadie, Remedios. La bajo ahora mismo.
—A mí me molesta. Y yo soy presidenta de esta comunidad desde antes de que tú aprendieras a andar.
No gritó. Casi habría preferido que gritara. Lo dijo bajito, con esa calma afilada que tenía, mientras alisaba el cuello de su rebeca beige. Después sacó el móvil y le hizo una foto a la bicicleta. A la bicicleta. Como si fuera una prueba de un delito.
Yo llevaba siete meses viviendo sola en aquel piso alquilado de Lavapiés. Era pequeño, caro y tenía una cocina tan estrecha que apenas podía abrir la nevera sin chocar con la mesa. Pero entraba el sol por la tarde y desde el balcón veía un trocito de tejado rojo entre edificios. Me enamoré en cuanto lo vi.
Después de dejar a mi ex y volver de vivir unos meses con mis padres en Valladolid, aquel piso era mi forma de empezar otra vez. Mi sueldo en una gestoría apenas me daba para el alquiler, las facturas y llegar justa a final de mes, pero era mío. O eso pensaba.
Doña Remedios vivía enfrente. Tendría unos setenta y tantos años, siempre recogida en un moño impecable, siempre pendiente de quién entraba, quién salía y cuánto tardaba el ascensor en cerrar las puertas. Al principio intenté caerle bien.
Le sujetaba la puerta cuando volvía con las bolsas. Le preguntaba por su rodilla. Incluso una tarde le subí un paquete que el repartidor había dejado abajo.
—Eres educada para ser joven —me dijo aquella vez.
Lo dijo como si me estuviera concediendo una medalla.
Todo cambió por una tontería. Una noche vinieron mi hermana Clara y dos amigas a cenar. Eran las once y cuarto cuando se nos cayó una copa al suelo. No había música, no estábamos haciendo una fiesta. Aun así, al minuto sonó el telefonillo.
—Bajad el volumen —ordenó Remedios sin siquiera saludar—. Hay gente decente que madruga.
Le pedí disculpas, aunque me temblaban las manos. Mis amigas se quedaron en silencio. Clara me miró como preguntando si aquello era normal.
A partir de entonces empezó a aparecer en todas partes. Si sacaba la basura a las diez y cinco, me esperaba una nota en el tablón: “Se recuerda a la inquilina del tercero B que respete los horarios establecidos”. Si recibía un paquete, decía delante de quien fuera que tenía “demasiado movimiento de mensajeros”. Si se cruzaba con mi casero, don Emilio, soltaba frases con veneno.
—La chica parece simpática, pero nunca se sabe quién entra en una casa a esas horas.
Mis amigos venían alguna vez a cenar. Mi primo pasó un fin de semana porque tenía una entrevista. Eso era todo. Pero Remedios fue construyendo otra historia, pieza a pieza, y yo ni siquiera me enteré de lo lejos que había llegado hasta que coincidí con Marta, la vecina del primero, en la escalera.
—Oye, Lucía… —dijo sin mirarme del todo—. Igual deberías tener un poco más de cuidado con las visitas. Por la convivencia.
Sentí una vergüenza absurda, de esas que te suben al pecho aunque no hayas hecho nada malo.
—¿Qué visitas, Marta?
Ella se encogió de hombros.
—No sé, hija. Es lo que se comenta.
Lo que se comenta. Esas cuatro palabras me dejaron helada.
Desde ese día empecé a vivir encogida. Bajaba las escaleras procurando no hacer ruido. Dejé de invitar a gente. Miraba por la mirilla antes de salir, como una cría. Si oía pasos en el rellano, apagaba la televisión aunque estuviera baja. Llegué a pedir la compra para que me la dejaran en una taquilla, solo para no darle a Remedios otra excusa.
Un jueves encontré una bolsa de basura rota delante de mi puerta. Olía a pescado pasado. Había restos de café, cáscaras de huevo y un pañuelo usado pegado al felpudo.
Llamé a Remedios. Me abrió con la cadena puesta.
—¿Has dejado esto aquí?
Sus ojos se movieron de la bolsa a mi cara, despacio.
—¿Me estás acusando de algo, niña?
—Solo pregunto.
—Pues aprende a preguntar mejor. Y limpia tu rellano, que parece que vives sola porque nadie te ha enseñado modales.
Cerró la puerta. Ni siquiera de un portazo. La cerró con cuidado, y creo que eso me dolió más.
Llamé a mi madre llorando desde el suelo de la cocina. Me había sentado allí sin darme cuenta, todavía con el abrigo puesto.
—Mamá, no puedo más. Me está haciendo la vida imposible.
Mi padre se puso al teléfono antes de que ella respondiera.
—Lucía, una vecina pesada la ha tenido todo el mundo. No conviertas una excentricidad de una señora mayor en un drama.
—No es una excentricidad, papá. Me está poniendo a todo el edificio en contra.
—Pues tú no entres al trapo. Saluda, sonríe y ya está.
Me quedé mirando la pared desconchada junto a la ventana.
—¿Y si no puedo ni estar tranquila en mi casa?
Hubo un silencio incómodo. Luego mi madre dijo que quizá Madrid me estaba afectando, que vivía demasiado sola, que a lo mejor me vendría bien volver una temporada a Valladolid.
Colgué sin despedirme. Me sentí pequeña. Ridícula. Como si estuviera exagerando por no saber convivir.
Pero aquella noche decidí escribir a don Emilio. Le mandé fotos de las notas, de la basura, y le conté todo. Me contestó al día siguiente con un mensaje corto: “No quiero problemas con la comunidad. Remedios es complicada, pero lleva aquí toda la vida. Quizá lo mejor sea que busques otra cosa cuando termine el contrato”.
Ahí entendí que nadie iba a defenderme. Para ellos era más fácil que me fuera yo. La inquilina joven. La que llevaba siete meses. La que no tenía historia en aquel edificio ni un vecino dispuesto a decir que me había visto llorar en el portal.
Esa misma tarde empecé a mirar anuncios. Habitaciones carísimas, pisos interiores sin luz, fianzas imposibles. Lloré otra vez, de rabia más que de pena. No quería irme. Me daba miedo que marcharme significara que ella había ganado.
Entonces llamaron a mi puerta.
Era Carmen, la viuda del quinto. Apenas habíamos hablado antes. Llevaba una bolsa con bizcochos caseros y no levantaba la vista.
—He oído lo de la basura —murmuró—. Remedios hizo algo parecido con una chica que vivía abajo hace años. Yo… yo no dije nada entonces.
Me miró por fin. Tenía los ojos húmedos.
—No estás loca, Lucía. Y no estás haciendo nada malo.
No solucionó el alquiler ni hizo que el edificio dejara de susurrar cuando yo pasaba. Pero aquella frase me devolvió algo que creía perdido: la certeza de que no me lo estaba inventando.
Voy a irme cuando pueda, sí. No por cobardía, sino porque merezco llegar a casa sin sentir que alguien me vigila detrás de una mirilla. Antes de hacerlo, dejaré por escrito todo lo que ha ocurrido. Ya no voy a sonreír para que otros estén cómodos mientras yo me rompo por dentro.
A veces pienso que el peor ruido no es el de una vecina golpeando una pared. Es el silencio de quienes saben lo que pasa y prefieren mirar a otro lado.
¿Vosotros os habríais quedado a luchar por ese piso o habríais elegido iros para recuperar la paz?