Dejó de cuidar a las hijas de su vecina y amiga… y el colegio se convirtió en un lugar incómodo para ambas

Vivo en un bloque de viviendas de Getafe desde hace nueve años. No es que todos seamos íntimos, pero nos conocemos lo suficiente como para saber quién baja al perro a las siete, quién pone la música demasiado alta los sábados y qué niños van juntos al mismo colegio.

A Marta la conocí en el ascensor, cuando nuestras hijas tenían cuatro años. La suya, Lucía, llevaba una mochila más grande que ella y lloraba porque no quería ir a infantil. Mi hija, Irene, le dio una pegatina de un unicornio que tenía en el bolsillo del abrigo. A partir de ahí se hicieron amigas. De esas amigas que se llaman por videollamada para enseñarse un dibujo y que se piden dormir juntas incluso un martes cualquiera.

Marta y yo también fuimos cogiendo confianza. Primero eran cafés rápidos después de dejar a las niñas. Luego cumpleaños, tardes en el parque, alguna cena con nuestras parejas. Ella tiene dos hijas, Lucía y Alba, que es dos años menor. Yo solo tengo a Irene.

Al principio los favores eran normales. Si una se retrasaba en el trabajo, la otra recogía a las niñas. Si había reunión de padres y una no podía ir, la otra mandaba fotos de las notas. Yo trabajo en la administración de una clínica dental, con horario de ocho a tres casi todos los días, y Marta hace turnos en una tienda de ropa de un centro comercial. Entendía perfectamente que lo tenía complicado.

El problema es que, sin darme mucha cuenta, dejé de hacer favores puntuales y empecé a formar parte de su organización semanal.

“Rocío, ¿te importaría quedarte hoy con Lucía hasta las seis? Se me ha complicado el turno.”

“Rocío, ¿puede bajar Alba contigo al parque? Es que tengo que poner una lavadora y hacer la cena.”

“Rocío, mañana no llego al cole. ¿Te las llevas tú? Te debo una.”

Siempre decía que me debía una. A veces lo decía hasta riéndose. Yo también me reía, porque me daba vergüenza ponerme seria por algo que, en teoría, hacíamos entre amigas.

No voy a fingir que todo me molestaba. A Irene le encantaba que Lucía estuviera en casa. Se inventaban coreografías, ponían películas, se encerraban en su cuarto y a veces ni las oíamos. Y Alba, aunque era más pequeña, era una niña muy buena.

Pero tres niñas en un piso de setenta metros no son lo mismo que una. Había meriendas, deberes, discusiones por una tableta, abrigos perdidos, baños ocupados y mensajes a los padres para avisar de que ya habían llegado. Mi marido, Dani, algunas tardes se ocupaba también, aunque nunca le hizo especial gracia.

—No pasa nada por ayudar, Ro —me decía—. Pero una cosa es ayudar y otra que Marta dé por hecho que estás libre porque sales a las tres.

Yo le contestaba que no quería que las niñas pagaran los problemas de los adultos. Me sonaba razonable. Ahora creo que era la frase que utilizaba para no reconocer que no sabía decir que no.

El día que empecé a verlo de otra manera fue bastante tonto. Mi padre tenía una prueba en el Hospital Universitario de Fuenlabrada. No era nada grave, o eso nos decían, pero llevaba semanas preocupado y mi madre no conduce. Pedí salir antes de trabajar para acompañarlos y necesitaba que alguien recogiera a Irene a las cuatro y media. No era una tarde entera, ni siquiera una hora. Dani estaba fuera, en Zaragoza, por trabajo.

Le escribí a Marta con varios días de antelación. Le dije que si no podía no pasaba nada, de verdad. Me contestó enseguida: “Claro, mujer, para eso estamos”.

Ese mismo día, a las tres y veinte, me mandó otro mensaje.

“Ro, perdona, al final he quedado con mi hermana. Hace siglos que no la veo y viene desde Móstoles. ¿No puedes dejar a Irene en extraescolares?”

No había ninguna actividad ese día. Ella lo sabía. Le puse “vale, no te preocupes”, porque qué iba a decir. Llamé a mi cuñada, que salió antes de su oficina y cruzó medio Madrid para recogerla.

Lo que me dolió no fue que quedara con su hermana. Ni siquiera que me cancelara. Fue que, a las seis menos cuarto, cuando estaba en la sala de espera del hospital, me escribió para preguntarme si Lucía podía subir a casa al salir del cole al día siguiente porque ella entraba antes.

Me quedé mirando el móvil. Mi padre dormía sentado, con la cabeza torcida hacia un lado. Mi madre daba vueltas a un pañuelo de papel entre los dedos. Y yo pensé: si le digo que sí ahora, esto no va a cambiar nunca.

Le contesté que no podía. Nada más. “No puedo mañana, Marta.”

Tardó casi una hora en responder. “Vale.”

Con punto. Nunca había usado un punto conmigo para nada importante, y sé que suena ridículo, pero lo noté.

A partir de ahí empecé a decir que no algunas veces. No siempre. Me sigue costando. Pero si tenía una cita, un plan con Irene o simplemente quería llegar a casa y estar tranquila, no me inventaba una excusa. Decía que no me venía bien.

Marta dejó de escribirme con tanta confianza. Luego dejó de escribirme casi por completo.

En la puerta del colegio empezó a saludarme de una forma rara, rápida, como si estuviera enfadada pero no quisiera que se notara. Algunas madres del grupo preguntaban si nos había pasado algo. Una incluso me dijo, con esa curiosidad disfrazada de preocupación, que Marta estaba bastante agobiada con los turnos y las niñas.

No me gustó sentir que yo era la persona insensible de la historia. Porque la veía cansada. La veía llegar corriendo, con el uniforme de la tienda debajo del abrigo, sin haber comido a veces. Sé que no lo tiene fácil. Pero yo tampoco tengo una vida vacía esperando a que alguien la rellene con sus urgencias.

Un viernes, Lucía invitó a Irene a su cumpleaños. Era en una bolera de Leganés. Irene llevaba días hablando de eso, pero cuando llegó el mensaje de la invitación venía solo su nombre. No decía nada raro, claro. Aun así, me dio la sensación de que Marta quería dejar muy claro que era cosa de niñas, no de nosotras.

Fui a dejar a Irene. Marta estaba colocando bolsas de chuches sobre una mesa. Me miró, sonrió un poco y dijo:

—Qué guapa va Irene.

—Gracias. Lucía también, aunque está nerviosa.

—Sí, bueno, ya sabes cómo es.

Nos quedamos ahí, de pie, hablando de las niñas como dos personas que se acaban de conocer. Luego me fui a hacer tiempo por el centro comercial y me senté sola con un café. Me dio pena, la verdad. Me acordé de cuando bajábamos juntas al parque y nos reíamos de cualquier cosa.

Pero también sentí alivio. Un alivio feo, porque parecía que para respirar tranquila tenía que perder una amistad.

Han pasado cuatro meses. Nuestras hijas siguen siendo amigas, aunque ya no van tanto a casa de la otra como antes. A veces Lucía sube a merendar un rato y yo le digo a Marta una hora concreta para recogerla. Ella hace lo mismo. Todo es más medido. Más correcto.

El otro día me escribió: “¿Podrías recoger a las niñas el jueves? Solo si te viene bien.”

Leí el mensaje dos veces. Tenía libre esa tarde y, por primera vez, no sentí que me estuviera utilizando. Le respondí que sí, que podía.

Después dejó un audio de veinte segundos dándome las gracias, demasiado formal para alguien que había entrado en mi casa tantas veces sin llamar.

No sé si volveremos a ser amigas como antes. Tampoco sé si yo sabría hacerlo igual. El jueves iré a recogerlas y seguramente vendrán hablando sin parar de alguna tontería del colegio. Luego les pondré la merienda, vigilaré que Alba no deje los zapatos en medio del pasillo y, a las seis, mandaré un mensaje: “Ya están aquí”.

Esta vez, al menos, sé que no estoy diciendo que sí por miedo a que alguien se enfade.