“No seas tan quisquillosa”: mi marido no entendió mi desesperación hasta que los vecinos de arriba convirtieron nuestro hogar en una pesadilla

—Otra vez no, Sergio. Son las tres y veinte de la mañana.

Lo dije con la voz rota, sentada en el borde de la cama, mientras el techo vibraba al ritmo de unos bajos insoportables. Arriba alguien arrastraba sillas, o quizá muebles, y después se oyó una carcajada tan fuerte que mi hija, Lucía, se removió en su cuarto.

Sergio ni siquiera abrió los ojos.

—Marta, por favor… ponte tapones y duerme. Mañana trabajas temprano.

Le miré como si no le reconociera. Llevábamos apenas dos meses en aquel piso de Carabanchel. Dos meses. Habíamos firmado la hipoteca con miedo, con ilusión y con esa sensación de estar haciendo algo de mayores, algo definitivo. El piso no era grande, pero tenía una terraza pequeña, luz por las mañanas y un parque cerca para Lucía. Yo ya me imaginaba las meriendas de invierno, las macetas que iba a poner fuera, las cenas tranquilas de domingo.

Qué ingenua fui.

La primera semana, los ruidos de arriba nos parecieron normales. Un bebé llorando, una lavadora a deshora, algún golpe. En un edificio se oye de todo, pensé. No quería convertirme en esa vecina que protesta por cualquier cosa.

Pero no era cualquier cosa.

Los sábados empezaban a las once de la noche. Música alta, voces, gente entrando y saliendo, tacones golpeando el suelo. A veces era miércoles. A veces lunes. Una madrugada escuché cómo alguien vomitaba en el rellano y, al abrir la puerta, encontré una copa rota junto al ascensor.

El piso de arriba pertenecía a los hermanos Álex y Rubén, dos chicos de veintitantos que, según nos contó la portera, vivían allí desde que falleció su abuela. No parecían malas personas cuando coincidíamos en el portal. Saludaban, incluso sonreían.

—Perdonad si ayer hubo ruido —me dijo Álex una mañana, con gafas de sol y la voz pastosa—. Era un cumpleaños.

—Fue hasta las cinco —respondí, intentando no sonar agresiva—. Mi hija tiene colegio.

Él levantó las manos.

—Ya, mujer, no va a pasar siempre.

Pasó al siguiente fin de semana. Y al otro.

Empecé a vivir pendiente del reloj. A las diez de la noche sentía un nudo en el estómago. Si oía el ascensor subir varias veces, ya sabía lo que venía. Ponía la televisión para tapar los golpes. Cerraba las ventanas aunque hiciera calor. Me despertaba sobresaltada antes de que sonara nada.

Sergio decía que estaba exagerando.

—No podemos montar una guerra por cuatro chavales que ponen música.

—No son cuatro chavales poniendo música, Sergio. Es que no descanso. Lucía se despierta llorando. Yo llego al trabajo con migraña.

—Pues habla con ellos y ya está.

—He hablado tres veces.

—Entonces no sé qué quieres que haga.

Aquella frase se me quedó clavada. Porque no era que no supiera qué hacer. Era que no quería implicarse. Llegaba tarde de la oficina, cenaba, miraba el móvil y se dormía. Muchas noches los ruidos no conseguían despertarle. O eso decía. Yo, en cambio, estaba empezando a sentir que me volvía loca.

Un jueves de noviembre, Lucía apareció en nuestro dormitorio a la una y media. Llevaba el peluche apretado contra el pecho.

—Mamá, ¿por qué gritan? ¿Están enfadados contigo?

Se me hizo un nudo en la garganta.

—No, cariño. Vuelve a la cama. Son vecinos hablando muy alto.

Pero arriba no hablaban. Gritaban una letra de una canción entre aplausos y golpes. La lámpara del pasillo temblaba ligeramente.

Sergio se incorporó al fin.

—Voy a subir.

Le agarré del brazo.

—No subas así. Están borrachos.

—¿Y qué hacemos? ¿Llamar otra vez a la Policía? Van a venir cuando se hayan callado.

—No sé —le dije—. Pero algo habrá que hacer.

Al día siguiente bajé a hablar con Dolores, la vecina del primero. Era una mujer viuda, de pelo blanco, que siempre regaba las plantas del portal como si fueran suyas.

Cuando le mencioné el piso de arriba, dejó la regadera en el suelo.

—Ay, hija. Pensaba que era yo, que ya estoy mayor y me molesta todo. El domingo pasado me encontré a uno dormido delante de mi puerta.

Poco a poco hablé con más gente. Con Joaquín, del tercero, que trabajaba de conductor y tenía que levantarse a las cinco. Con Nuria, del ático, que cuidaba a su madre enferma. Con una pareja del bajo que me enseñó vídeos grabados desde su salón: música, gritos y golpes, todos con fecha y hora.

No estaba loca. No era quisquillosa. Éramos varios viviendo con el cuerpo en alerta dentro de nuestras propias casas.

Creamos un grupo de vecinos. Al principio me daba hasta vergüenza escribir. “Buenas, perdonad las horas, ¿alguien más está oyendo la música?” Pero en pocos minutos llegaban respuestas. “Sí.” “Otra vez.” “Mi bebé no duerme.” “He llamado a la Policía.”

Pedimos una reunión con la administradora de fincas, Beatriz. Nos atendió en una sala pequeña, con una mesa llena de carpetas y un calendario de banco colgado en la pared.

—Necesitamos pruebas y constancia —nos explicó—. Quejas por escrito, partes policiales, vídeos, fechas. La comunidad puede requerir formalmente el cese de actividades molestas. Si no cumplen, se puede llegar a la vía judicial.

Salí de allí temblando. No por miedo a ellos, sino porque por primera vez había un camino.

Esa noche se lo conté a Sergio. Estaba en la cocina, cortando pan para la cena. Esperaba que volviera a decirme que exageraba.

—Voy a presentar la queja con los demás —le dije—. Y si hace falta iremos más lejos.

Él siguió cortando. Una rebanada, otra. Después dejó el cuchillo sobre la encimera.

—¿De verdad quieres meterte en abogados?

—No quiero. ¿Tú crees que me hace ilusión gastar dinero y tiempo en esto? Quiero dormir. Quiero que Lucía no tenga miedo cada vez que oye un golpe. Quiero que tú dejes de mirarme como si el problema fuera yo.

Sergio bajó la cabeza. Por un momento pensé que iba a enfadarse. En lugar de eso, se sentó.

—No sabía que estabas así —murmuró.

Me reí, pero me salió una risa fea.

—Claro que lo sabías. Solo era más cómodo pensar que se me pasaría.

No respondió. Y ese silencio dolió más que una discusión.

Dos días después, los vecinos de arriba montaron otra fiesta. Esta vez, a las cuatro de la mañana, alguien dejó caer algo pesado que retumbó en el techo de Lucía. Ella empezó a llorar. Sergio se levantó antes que yo, fue a su cuarto y la cogió en brazos.

Luego volvió al pasillo con la cara desencajada.

—Llama a la Policía, Marta —me dijo—. Yo bajo a abrirles cuando lleguen.

Fue la primera vez que sentí que estábamos en el mismo lado.

Presentamos las quejas firmadas, adjuntamos grabaciones y los avisos policiales. La administradora envió un requerimiento formal a Álex y Rubén. En la junta extraordinaria, algunos vecinos tuvieron miedo de votar a favor de iniciar acciones legales. “No quiero problemas”, repetían.

Yo también tenía miedo. Claro que sí. Pero levanté la mano.

—El problema ya está dentro de casa —dije—. Y lo estamos pagando nosotros cada noche.

Sergio levantó la mano después de mí.

Aún no sé cómo terminará todo. El proceso es lento, los hermanos han prometido cambiar y luego han vuelto a hacer ruido alguna vez. Pero ya no me escondo bajo la almohada ni pido perdón por querer descansar.

¿En qué momento pedir respeto se convirtió en ser “quisquillosa”? ¿Vosotros habríais aguantado en silencio o habríais dado el paso de denunciar?