A tres meses de casarse, Jaime hizo algo que su familia aún no le perdona del todo
La primera vez que pensé seriamente en no casarme estaba sentado en una cafetería de un centro comercial, un sábado por la tarde, mirando muestras de invitaciones que mi madre había extendido sobre la mesa.
Había una con un relieve dorado que a ella le encantaba. A Marta, mi prometida, también le parecía bonita. Yo asentía a todo con un café ya frío delante y una sensación rara en el pecho, como si estuviera oyendo hablar de la boda de otra persona.
—Esta queda elegante sin ser cargante —dijo mi madre, pasando el dedo por el borde.
Marta me miró.
—¿A ti cuál te gusta?
Y no fui capaz de responder. No porque dudara entre dos cartulinas. Porque, de golpe, pensé: no quiero ninguna.
Tengo treinta y seis años, trabajo como encargado en una tienda de materiales de construcción en Getafe y, hasta hace un año y pico, yo mismo habría dicho que mi vida iba bien. Tenía un sueldo estable, un piso de alquiler compartido con Marta desde hacía cuatro años, algunos amigos de toda la vida, domingos de comida en casa de mis padres. Nada extraordinario, pero tampoco estaba buscando una película.
Marta es buena persona. Esto es importante decirlo porque, cuando se enteró la gente, hubo quien habló como si yo hubiera escapado de una relación terrible. No era eso. Ella es organizada, cariñosa, muy de hacer planes. Se acuerda de los cumpleaños, llama a su abuela todos los días y consigue que una cena de pasta un miércoles parezca algo preparado con ilusión.
Durante mucho tiempo pensé que querer a alguien era suficiente para avanzar hacia lo siguiente. Vivir juntos, ahorrar, hablar de boda, quizá mirar un piso si algún día podíamos. Y yo la quería. O eso creía. Ahora mismo me cuesta separar lo que sentía por ella de lo que sentía al ver que todo el mundo aprobaba nuestra relación.
Nos prometimos en una comida familiar, sin mucha épica. Yo le di un anillo en la terraza de un restaurante en Aranjuez. Mi hermana lloró. Mi padre me dio una palmada en el hombro y dijo que ya iba siendo hora de que sentara la cabeza. Se rieron todos.
A mí aquella frase me molestó un poco, pero no dije nada. Mi padre no es un hombre cruel. Tiene sesenta y ocho años, ha trabajado de conductor casi toda su vida y entiende las cosas de una manera muy concreta: estudiar, trabajar, formar una familia, cumplir. Si le preguntas qué significa ser feliz, seguramente te dirá que tener salud y que los tuyos estén bien. Y no me parece una tontería.
El problema es que yo llevaba años confundiendo “estar bien” con no dar problemas.
La boda se fijó para septiembre. Cuando firmamos la reserva de la finca, faltaban once meses. A partir de ahí, todo empezó a coger una velocidad absurda. Grupos de WhatsApp, presupuestos, una lista de invitados que nunca terminaba, discusiones pequeñas sobre si poner niños o no, si contratar autobús para los tíos de Toledo, si mi primo Dani podía llevar a la novia aunque llevaban dos semanas.
Yo participaba. Elegí la música del cóctel, aunque luego a Marta no le gustó casi nada. Fui a probarme un traje. Acompañé a mi madre a mirar vestidos. Hice transferencias. Sonreí en una foto delante de la finca con Marta abrazada a mi brazo.
Pero empecé a dormir fatal.
Me despertaba a las cuatro o a las cinco, iba al salón y me quedaba sentado sin encender la luz. Marta dormía de lado, con un cojín entre las piernas, y yo la miraba desde la puerta con una culpa horrible. No quería hacerle daño. No quería ser el hombre que deja a una mujer buena cuando ya hay una boda montada. Me daba vergüenza incluso pensar así, como si mis dudas fueran una especie de capricho de alguien que no sabe valorar lo que tiene.
Una noche le dije que estaba agobiado por el trabajo. No era exactamente mentira. En la tienda habían cambiado el sistema y llevábamos semanas con líos de stock. Ella me abrazó y dijo que, cuando pasara la boda, podríamos irnos unos días a cualquier sitio sin mirar el móvil.
“Cuando pase la boda.”
Esa frase se me quedó dentro como una piedra.
Empecé a hacer cosas raras. Me apunté a correr por las noches, cuando no había corrido en mi vida. Llegaba tarde a casa diciendo que me había entretenido cerrando. Un domingo fui solo a ver a un amigo a Alcalá, cosa que antes no habría tenido nada de especial, pero se lo oculté hasta el último momento porque sabía que Marta me preguntaría por qué no íbamos juntos a casa de mis padres.
Y no era porque ella me prohibiera ir. Era peor: yo sentía que tenía que justificar cualquier cosa que no encajara con el plan que los dos habíamos construido.
Mi amigo Óscar fue el primero que me lo dijo claro. Estábamos tomando unas cañas y yo llevaba media hora hablando de catering, de dinero perdido y de que mi madre se iba a poner enferma del disgusto.
—No has dicho ni una vez que quieres casarte —me soltó.
Me enfadé. Le dije que no entendía nada, que una boda no se cancela porque a uno le entre ansiedad, que Marta no se merecía eso. Él no insistió. Pagó su parte y, al despedirnos, solo dijo:
—Pues entonces cásate. Pero deja de hablar como si te estuvieran llevando a juicio.
Aquello me dejó tocado varios días.
La conversación con Marta fue un martes de junio. Habíamos cenado tortilla francesa y tomates aliñados. Ella estaba en el sofá mirando cosas de las mesas, y yo llevaba una hora dando vueltas por casa. Recuerdo que había ropa tendida en el salón porque había llovido toda la tarde.
Le dije que necesitaba hablar.
No hice un discurso bonito. Ni siquiera fui valiente al principio. Empecé diciendo que estaba saturado, que no me reconocía, que no sabía si quería la boda tal como estaba planteada. Ella pensó que proponía aplazarla.
—Vale, pues la dejamos para primavera —dijo, muy rápido—. Perdemos una señal, pero ya está.
Y ahí me quedé callado demasiado tiempo.
Marta dejó el móvil boca abajo.
—Jaime, ¿tú quieres estar conmigo?
Lloró antes que yo. Eso fue lo peor. No gritó, no me insultó, no me tiró nada. Me preguntó desde cuándo me pasaba. Le dije que no lo sabía. Me dijo que sí lo sabía, que lo que ocurría era que no me había atrevido a decirlo.
Tenía razón. No del todo, porque yo tampoco tenía una respuesta limpia. No había otra persona. No soñaba con una vida de soltero ni con irme a vivir a Bali, como llegó a insinuar mi cuñado con bastante mala leche. Solo sentía que, si me casaba por no decepcionar a nadie, algo mío se iba a quedar encerrado ahí para siempre.
Cancelamos la boda tres meses antes. Perdimos dinero. Bastante. Mis padres habían adelantado una parte y se la devolví poco a poco durante meses. Marta se volvió a casa de su hermana unos días y después encontró una habitación en un piso compartido cerca de su trabajo. Al principio seguimos hablando por cosas prácticas: proveedores, regalos que había que devolver, el contrato del alquiler.
Mi madre no me habló durante casi dos semanas. Cuando lo hizo, me preguntó si había alguien más. Le dije que no. Me contestó: “Entonces no entiendo qué has hecho”.
Yo tampoco sabía explicarlo sin sonar egoísta.
Han pasado ocho meses. Marta y yo ya no estamos juntos. La vi hace poco por casualidad en la estación de Atocha. Iba con dos compañeras, parecía cansada pero tranquila. Nos saludamos con un abrazo corto. Me dijo que había cambiado de departamento y que estaba mejor. Yo le dije que me alegraba. Era verdad, aunque también me removió todo el día.
Mi padre sigue evitando el tema. Con mi madre las cosas se han suavizado, pero noto que mira mi vida como si fuera algo provisional, como si estuviera esperando a que vuelva a encarrilarme.
Y yo, sinceramente, no me siento liberado todos los días. Hay noches en que pienso que quizá tiré por la borda algo valioso por miedo normal, por esa clase de miedo que hay que atravesar y no obedecer. Otras veces llego a mi piso, ahora más pequeño y solo, dejo las llaves en la entrada y noto una calma que antes no conocía.
No sé si hice lo honorable. Sé que no supe hacerlo bien. Pero por primera vez en muchos años, al menos la vida que tengo no parece decidida por todos menos por mí.