“No voy a encariñarme”: la frase de su suegra cuando nació su segunda hija que rompió a toda la familia

Mi suegra, Pilar, fue la primera persona a la que llamamos cuando nació nuestro hijo, Mateo. Ni siquiera habíamos avisado todavía a algunos amigos. Mi marido, Dani, la llamó desde la habitación del hospital con esa cara de no haberse enterado de nada todavía, agotado y feliz.

Pilar llegó con una bolsa llena de bodys diminutos, una cámara que apenas sabía usar y una tortilla de patata envuelta en papel de aluminio. Se quedó mirando a Mateo detrás del cristal de neonatos, porque había nacido unas semanas antes de tiempo y lo tenían controlado, y lloró como si fuese suyo.

Durante los primeros años fue una abuela estupenda. No perfecta, porque nadie lo es, pero estaba pendiente. Lo recogía alguna tarde de la escuela infantil, le enseñó a plantar tomates en las macetas de su terraza y sabía de memoria qué yogures le gustaban y cuáles no. Mateo la adoraba.

Yo también le cogí cariño, aunque a veces me pusiera nerviosa su forma de opinar de todo. Si Mateo tosía, era porque yo le daba demasiados lácteos. Si no quería ponerse el abrigo, era porque en casa le consentíamos. Cosas de abuela. Dani siempre decía que su madre era intensa, pero que tenía buen fondo.

Cuando me quedé embarazada por segunda vez, Mateo tenía cinco años. No fue un embarazo buscado con calendario y aplicaciones, pero sí deseado. Nos pilló con una hipoteca, mi trabajo a media jornada en una clínica dental y Dani haciendo turnos bastante malos en logística. Nos daba miedo el dinero, como a casi todo el mundo, pero estábamos contentos.

Se lo dijimos un domingo, en una comida en casa de Pilar. Mateo llevaba una camiseta que ponía “hermano mayor” que habíamos comprado por internet y que le quedaba enorme. Él estaba encantado con el secreto y se lo soltó antes de que nosotros abriéramos la boca.

—Abuela, voy a tener un bebé en mi casa.

Pilar se quedó quieta con la fuente de ensaladilla en las manos. No dijo “qué alegría” ni nos abrazó. Miró primero a Mateo y luego a mí.

—Bueno… espero que sepáis dónde os metéis.

Pensé que era una de sus salidas prácticas. Pilar había criado sola a Dani desde que él tenía ocho años y siempre hablaba de lo duro que había sido. Le dije que claro que nos daba respeto, pero que lo sacaríamos adelante.

Ella sonrió, pero fue una sonrisa rara, breve. Después, durante toda la comida, solo habló con Mateo. Le preguntó por el cole, por fútbol, por una excursión al Museo del Ferrocarril. Ni una palabra más del embarazo.

A partir de ahí empecé a notar cosas. Cuando le mandábamos una ecografía por WhatsApp, respondía con un corazón o con un “qué bien”, y enseguida preguntaba qué tal Mateo. En Navidad le regaló a él una bicicleta nueva, algo que no criticamos porque era su dinero, pero también le compró una sudadera con una frase que decía “el niño de la abuela”. A Mateo le hizo mucha ilusión. A mí me dejó una sensación fea que intenté ignorar.

Dani no quería verlo.

—Mujer, mi madre es así. Le cuesta expresar las cosas. Ya verás cuando nazca la niña.

Fue una niña. Lucía. El parto fue más complicado de lo que esperaba, nada grave al final, pero terminé en cesárea urgente y pasé dos días bastante aturdida. Pilar fue al hospital una vez. Entró con Mateo de la mano, le dio un beso enorme a él y se acercó a la cuna de Lucía como quien mira el bebé de alguien conocido.

—Es muy pequeñita —dijo.

No la cogió.

Yo estaba cansada, sensible y llena de puntos, así que no dije nada. Me repetí que quizá le daba miedo hacerle daño. Hay gente a la que le impresionan los recién nacidos.

Pero cuando volvimos a casa, fue peor.

Pilar venía a ver a Mateo. Literalmente. Traía cromos, le proponía bajar al parque o ir a dormir a su casa, y si Lucía lloraba decía desde el sofá: “Ay, pobrecita”, sin levantarse siquiera. Una tarde, la niña tendría tres semanas, Dani estaba cambiándole un pañal a Mateo porque se había manchado de pintura y yo tenía a Lucía encima, llorando sin parar.

Pilar dijo, casi en voz baja, pensando que no la oíamos:

—Es que antes éramos tú y yo, Mateíto.

Él la miró sin entender mucho. Yo sí entendí.

Esperé a que Mateo saliera al pasillo a buscar sus zapatillas y le pregunté qué quería decir con eso. Pilar se puso colorada, pero no se disculpó.

—No lo retuerzas, Clara. Quiero mucho a Mateo. Es normal que me preocupe que ahora nadie tenga tiempo para él.

—Nadie ha dicho que no vayamos a tener tiempo para él.

—Ya, pero las cosas cambian. Y tú estás siempre con la niña encima.

Aquello me dolió más de lo que debería, porque era verdad que estaba siempre con Lucía encima. Tenía cólicos, dormía fatal y yo estaba todavía recuperándome. Pero no era que hubiera dejado de querer a mi hijo. Era que no podía partirme en dos.

Dani habló con ella esa noche por teléfono. Escuché parte de la conversación desde el baño, sentada en la tapa del váter mientras daba el pecho. Él no gritaba, pero hablaba con una firmeza que no le conocía.

—Mamá, Lucía no ha venido a quitarle nada a nadie. Y Clara tampoco tiene que justificarse por atender a una bebé.

Pilar le colgó.

Durante casi dos meses apenas nos vimos. Ella llamaba a Dani, a veces también a Mateo por videollamada, pero no quiso venir a casa. Mateo preguntaba por su abuela, y eso fue lo más difícil. No queríamos castigarle ni usarle para arreglar un problema de adultos. Le decíamos que la abuela estaba ocupada, aunque me daba vergüenza mentirle de esa manera.

Yo también cometí errores. Hubo un día en que Dani me dijo que Pilar había preguntado si podía llevarse a Mateo a merendar y yo respondí que no, sin pensarlo. No porque él no quisiera ir, sino porque yo estaba enfadada y me pareció que no tenía derecho a aparecer solo para disfrutar del niño que sí le interesaba. Después vi a Mateo triste, haciendo un dibujo para ella, y me sentí miserable.

La conversación definitiva fue en abril, en la cafetería de un centro comercial. Pilar dijo que prefería un sitio neutral. Llegó antes que nosotros y tenía un sobre encima de la mesa. Dentro había dos fotos: una de Mateo recién nacido y otra de Lucía, que había imprimido de las que Dani le mandaba.

Pilar no empezó con grandes disculpas. Miraba el café sin tocarlo.

—Yo no sabía que me estaba poniendo así —dijo—. O sí lo sabía, pero me parecía que tenía razón.

Nos contó que, desde que murió su madre, Mateo se había convertido para ella en algo parecido a una rutina segura. Decía que la hacía sentirse necesaria. Le aterraba que con Lucía él ya no quisiera ir a su casa, que nosotros la necesitáramos menos, que su relación con él cambiara.

—Pero eso no es culpa de esa niña —añadió, y se le quebró la voz—. Ni vuestra.

No fue una escena perfecta. Yo no me levanté a abrazarla enseguida. Le dije que me había hecho daño y que no iba a permitir que Lucía creciera notando que su abuela la trataba distinto. Pilar asintió. Dani lloró un poco, aunque luego dijo que tenía algo en el ojo.

Desde entonces no todo ha sido fácil ni mágico. Pilar aún se desvive demasiado por Mateo y a veces hay que recordarle que Lucía también quiere elegir el cuento, aunque tenga cuatro años y cambie de idea cada dos minutos. Pero ahora la llama, pregunta por ella y la coge en brazos sin esa rigidez de antes.

El sábado pasado, Mateo y Lucía volvieron de pasar la tarde con ella llenos de harina porque habían hecho galletas. Lucía traía una diadema de unicornio torcida y Mateo se quejaba de que su hermana había puesto demasiadas pepitas de chocolate.

Pilar me mandó una foto de los dos dormidos en el sofá, cada uno a un lado suyo. Solo escribió: “Mis nietos”.

La miré varias veces antes de contestar. Luego puse: “Gracias por hoy”.