Pensé que el vecino rico nos miraba por encima del hombro, hasta que mi hermano dejó de respirar bien en mitad de la carretera

Durante bastante tiempo tuve guardado el número de don Ernesto en el móvil como “Vecino chalet”. Ni siquiera sabía si se llamaba Ernesto de verdad. Lo había oído una vez, cuando el repartidor de paquetería preguntó por él en la calle.

Vivía tres casas más abajo, en la única vivienda con verja automática, jardín cuidado todo el año y una cámara en la entrada. Nosotros vivíamos en un adosado de alquiler, bastante más pequeño, con la persiana del salón medio atascada desde hacía meses. Mi madre decía que no pasaba nada, que mientras cerrara por la noche ya se arreglaría cuando se pudiera.

Yo tenía treinta y dos años y había vuelto a casa después de separarme. Trabajaba algunas mañanas en una gestoría de Móstoles, sustituciones y horas sueltas, lo que saliera. Mi hermano Dani tenía diecinueve. Estudiaba un grado medio de informática, aunque llevaba unas semanas faltando porque tenía una infección en el pecho que no terminaba de mejorar. Al principio le habían mandado antibiótico en el centro de salud. Después empezó con fiebre alta y una tos que le dejaba doblado.

Don Ernesto, el vecino, debía de tener cerca de setenta años. Nunca fue borde de forma abierta. Simplemente era de esos hombres que responden “buenas” sin detenerse y siguen andando. Siempre iba bien vestido, incluso para sacar la basura. A mí me parecía que nos miraba con cierto fastidio, sobre todo cuando aparcábamos la furgoneta vieja de mi madre delante de casa y hacía ese ruido horrible al arrancar.

También es verdad que nosotros hablábamos de él sin saber demasiado. Mi madre decía que era viudo y que sus hijos vivían fuera. Dani decía que seguro que votaba a gente que luego no quería tener cerca. Yo no decía nada, pero pensaba parecido. Desde mi salón veía su jardín, sus macetas perfectas y su coche oscuro, y me montaba una película bastante completa sobre alguien con quien prácticamente no había cruzado cuatro frases.

El lunes en que pasó todo llovía de lado. Dani llevaba desde la mañana sin levantarse casi. Cuando fui a verlo, estaba sentado en la cama, muy pálido, respirando rápido. No quiero exagerar: no estaba inconsciente ni nada así. Pero yo había visto a mi padre ponerse mal de los pulmones años antes y se me encendió una alarma por dentro.

Mi madre estaba trabajando limpiando una oficina en Alcorcón y no cogía el teléfono. Decidí llevarlo a urgencias. La furgoneta arrancó a la segunda, como siempre, pero a unos metros de la rotonda empezó a echar humo. Dani iba detrás, callado, con una bolsa por si tenía que vomitar. Yo abrí el capó sin tener ni idea de qué estaba mirando. Salía un olor dulzón y desagradable.

Llamé a un taxi. Me dijeron que tardaría al menos media hora por la lluvia. Llamé al 112 y me preguntaron si tenía dificultad respiratoria grave, si se le hundían las costillas, si estaba confuso. Mientras respondía, Dani me hizo un gesto de que no quería ambulancia, que no montara un drama. Pero le temblaban las manos.

Y entonces vi que el coche de don Ernesto salía de su garaje.

Me quedé quieta unos segundos. Me dio mucha vergüenza. No sé si por pedir ayuda o porque, en el fondo, estaba convencida de que me diría que no. Pero corrí hasta la verja y llamé.

Bajó la ventanilla apenas un poco.

—Perdone… mi hermano está malo y el coche se nos ha quedado tirado. ¿Podría llevarnos al hospital? Al Rey Juan Carlos, está aquí cerca.

Me miró, luego miró hacia nuestra furgoneta. Vi que dudaba. No fue una escena de película. No salió corriendo ni me dijo que por supuesto. Preguntó si habíamos llamado a una ambulancia. Le expliqué lo que estaba pasando, atropellándome un poco.

—Subid —dijo al final—. Y no perdamos tiempo buscando nada. Vamos.

Dani iba detrás con una manta que cogí de casa. Don Ernesto condujo sin hablar, con las dos manos muy agarradas al volante. Solo una vez se giró un poco y preguntó si mi hermano podía respirar. Yo le dije que sí, aunque ya no estaba tan segura.

En urgencias nos atendieron bastante rápido. Resultó ser una neumonía y se quedó ingresado. No era la tragedia que yo había imaginado durante el trayecto, pero tampoco era una tontería. Mi madre llegó dos horas después, llorando y con el uniforme de trabajo todavía puesto.

Don Ernesto se había quedado en la sala de espera todo ese tiempo. Cuando mi madre quiso darle las gracias, él levantó una mano, como incómodo.

—No hace falta. La chica ha hecho bien en traerlo.

Luego nos preguntó si teníamos cómo volver. Le dije que ya pediríamos un taxi, pero insistió en llevarnos. En el coche, mi madre habló más de la cuenta, como hace cuando está nerviosa. Le contó que la furgoneta era necesaria para ir a trabajar, que el seguro estaba al día pero que seguramente la reparación sería un palo. Yo quería desaparecer.

Dos días después, don Ernesto llamó al timbre de casa. Traía una bolsa con tuppers y un sobre. Dentro había una tarjeta de un taller y dinero. No una cifra absurda, pero sí más de lo que yo ganaba en varias semanas de sustituciones.

Mi madre se negó al principio. Se puso roja, dijo que no podía aceptar eso. Él se sentó en la punta del sofá, sin quitarse el abrigo, y dijo algo que me dejó descolocada.

—Mi mujer estuvo ingresada muchas veces. Lo peor no era el hospital. Era volver a casa y seguir teniendo que pensar en facturas, comida, transportes. No quiero que me devolváis nada ahora. Arreglad la furgoneta.

No aceptamos el dinero ese día. Mi madre lo dejó sobre la mesa, dentro del sobre, como si quemara. Pero al día siguiente el taller nos confirmó una avería que costaba más de lo que teníamos. Mi madre llevaba toda la noche haciendo cuentas en una libreta. Al final fui yo quien llamó a don Ernesto.

A partir de ahí no se convirtió en parte de la familia de repente. Sería mentira decir eso. Seguía siendo reservado. Y nosotros seguíamos sintiéndonos raros cada vez que aceptábamos algo suyo.

Pero empezó a pasar por casa para preguntar por Dani. Le llevó un portátil viejo, pero en buen estado, cuando supo que el nuestro se apagaba solo. Más tarde habló con un conocido suyo que tenía una pequeña empresa de mantenimiento informático. Dani hizo allí las prácticas cuando se recuperó.

También nosotros cambiamos algunas cosas. Mi madre le llevaba croquetas de vez en cuando, aunque él fingía que no hacía falta. Yo le ayudé una tarde con unos papeles de la comunidad porque se había liado con una derrama. Fue la primera vez que me contó que sus hijos vivían en Bélgica y Valencia, y que hablaba con ellos menos de lo que le gustaría.

Un día, meses después, Dani dijo en la cena que don Ernesto tenía cara de ser antipático, pero que en realidad era “bastante majo, para ser un señor de chalet”. Mi madre le regañó por la frase. Yo me reí, porque era exactamente lo que habríamos dicho los tres antes de conocerlo.

La furgoneta sigue haciendo ruidos nuevos cada poco. Don Ernesto sigue saludando con esa seriedad suya. No somos amigos como los que quedan los domingos ni nada parecido.

Pero ayer vi que una de sus macetas se había caído con el viento. Crucé la calle, llamé a su puerta y la coloqué con él, sin pensar demasiado si estaba invadiendo su espacio. Después me ofreció café. Me quedé diez minutos, porque tenía que irme a trabajar.

Al salir, me dijo que Dani empezaba esa semana con contrato en la empresa de prácticas.

Yo no sabía que se acordaba de la fecha.