“No fue una aventura larga”, le dijo su mujer… pero Raúl entendió que no había una forma pequeña de romper una vida
La tarde que Nuria me lo contó yo venía del Mercadona con dos bolsas que se me clavaban en los dedos. Me acuerdo de una tontería: había comprado pastillas para el lavavajillas de marca blanca y unas aceitunas rellenas que a ella le gustan. No sé por qué eso se me quedó tan fijado.
Nuestra hija, Alba, estaba en casa de una compañera. Yo entré hablando de que el coche había vuelto a hacer un ruido raro al arrancar. Nuria no contestó. Estaba sentada en la mesa de la cocina, con el abrigo puesto todavía, aunque hacía calor dentro.
Pensé que le habían dicho algo de su madre. Llevaba meses con pruebas y médicos, y cada llamada nos ponía tensos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Me dijo que tenía que contarme una cosa y, antes de que siguiera, noté esa sensación absurda de cuando te bajas un escalón que no habías visto.
No fue una aventura de meses, ni una doble vida. Eso me lo repitió varias veces después, como si hubiera categorías que pudieran hacerme daño de manera distinta. Había sido una noche, hacía casi un año, en una cena de empresa. Con un compañero que yo conocía de vista porque había coincidido con él dos veces en una fiesta de Navidad. Se llamaba Sergio. Trabajaban juntos en una asesoría de Torrejón.
Yo no grité al principio. Dejé las bolsas en el suelo y me quedé de pie. Le pregunté si estaba enamorada. Me dijo que no. Le pregunté si había vuelto a verle fuera del trabajo. Me dijo que no. Le pregunté por qué me lo decía ahora.
Ahí tardó.
Al final dijo que porque él iba a cambiar de oficina y ella se había dado cuenta de que llevaba demasiado tiempo esperando que el asunto desapareciera solo. Que no quería seguir mirándome y pensar que me estaba engañando cada día.
No sé qué esperaba que hiciera con esa explicación. Una parte de mí agradecía que lo dijera. Otra quería que se callara para siempre, que no hubiera ocurrido, que yo siguiera siendo el hombre que se quejaba del coche y se olvidaba de comprar pan.
Dormí en el sofá tres noches. No porque decidiera nada. Simplemente no podía tumbarme a su lado. El sofá era corto y por la mañana me levantaba con la espalda destrozada, pero prefería eso a notar cómo ella respiraba cerca.
Lo peor era cuando Alba estaba delante. Tiene nueve años y se fija en todo. El segundo día me preguntó por qué papá dormía en el salón. Le dije que roncaba mucho y que mamá tenía que madrugar. Me miró raro, como si no le cuadrara, y siguió con los cereales.
A mí me daba miedo romperlo todo. No solo por ella, aunque sobre todo por ella. También por la hipoteca del piso, por los horarios, por quién la recogería los martes cuando yo cierro tarde en el polideportivo. Por mi padre, que es de los que piensa que los problemas de pareja se arreglan sin airearlos. Por mi hermana, que probablemente habría llamado a Nuria de todo antes de preguntarme cómo estaba yo.
Y sí, me daba vergüenza. Me cuesta admitirlo porque sé que no era yo quien había hecho nada, pero me imaginaba a la gente mirándome con pena. En el barrio, en las gradas de baloncesto, en las cenas con amigos. Me veía siendo “el pobre Raúl”. O peor, el tonto que se quedaba.
No le conté nada a nadie durante casi dos semanas. Iba a trabajar, atendía a padres preguntando por plazas de natación, revisaba que los vestuarios estuvieran abiertos y volvía a casa con un nudo en el estómago. Nuria intentaba hablar y yo a veces no podía ni escuchar su voz.
Luego empecé a preguntarle cosas. No de forma ordenada. A cualquier hora.
Una noche, mientras ella doblaba ropa en el salón, le pregunté si había usado el coche para ir al hotel. Se puso blanca. Me dijo que no, que habían ido andando desde el restaurante. Me sentí miserable al verla así, pero al mismo tiempo necesitaba saber hasta qué punto mi vida había sido una mentira.
Otro día le pregunté si se acordaba de mí aquella noche. Me dijo que sí, y esa respuesta me hizo más daño que si hubiera dicho que no. Porque entonces no fue que se olvidara de mí. Fue que decidió apartarme un rato.
Nuria no se defendía demasiado. Eso también me desconcertaba. Lloraba poco, de hecho. A veces se quedaba callada, con los labios apretados, y decía:
—No tengo una explicación que te sirva, Raúl. Estaba mal, me sentía sola contigo y lo hice. Pero no es culpa tuya.
Yo me agarraba a esa frase como a una provocación. ¿Cómo que se sentía sola conmigo? Claro que había estado distante. Mi padre tuvo un ictus aquel invierno, yo hacía horas extra porque íbamos justos y, cuando llegaba a casa, solo quería cenar y apagar la cabeza. Pero ella también podía haberme dicho que estaba mal. Podía haberme sacudido, discutido conmigo, lo que fuera.
A la vez sabía que no era tan sencillo. Hacía tiempo que hablábamos solo de cosas prácticas: la compra, la niña, las facturas, si había que llamar al seguro. Nos llevábamos bien, incluso nos reíamos. Pero ahora, al mirar atrás, no sé si estábamos bien o si simplemente funcionábamos.
Fuimos a terapia de pareja tres veces. La primera me pareció ridícula. Una mujer muy tranquila nos preguntaba cómo nos habíamos conocido mientras yo pensaba que aquello era perder el tiempo. La segunda acabé diciendo cosas que no le había dicho ni a mi mejor amigo. Que no sabía si quería perdonarla o si quería castigarla durante años. Que me daba miedo que un día todo pareciera normal y luego me arrepintiera de haberme quedado.
Nuria dijo que entendía que no pudiera prometerme nada. Ni siquiera que pudiera quererla igual.
Eso me dejó bastante vacío. Yo quería una garantía. Quería que alguien me asegurara que, si hacía el esfuerzo de seguir, no iba a volver a ocurrir. Pero nadie puede darte eso. Ni ella, ni una terapeuta, ni mirando su móvil, cosa que hice una vez y de la que no me siento orgulloso.
Han pasado ocho meses. No se lo hemos contado a nuestra hija, ni creo que tenga sentido cargarla con detalles que no le corresponden. A mi hermana sí, al final. Me escuchó y, para mi sorpresa, no insultó a Nuria. Me dijo que no decidiera nada por miedo a lo que pensaran los demás. Fácil de decir, claro.
Seguimos viviendo juntos. Algunas noches duermo con Nuria y otras me quedo mirando el techo hasta que suena el despertador. Hay días buenos: cenamos los tres, Alba nos obliga a ver vídeos horribles de manualidades y nos reímos de verdad. Y hay días en que Nuria tarda diez minutos más de lo normal en llegar del trabajo y se me acelera el pecho antes de que pueda evitarlo.
La semana pasada encontré las pastillas del lavavajillas de aquella tarde, las mismas, al fondo del armario. Quedaban cuatro. Las tiré sin necesidad. Luego saqué la basura y bajé a por pan.
Al volver, Nuria estaba en la cocina haciendo tortilla. Me preguntó si quería cebolla. Le dije que sí.
No sé si eso significa que estamos arreglando algo o solamente que tenemos hambre a la misma hora.