Mi exmarido entró en mi restaurante creyendo que yo era una camarera… y acabó fregando platos para pagar la cuenta
La primera vez que vi a Javier sentado en una mesa de mi restaurante sentí una cosa muy rara, como si me hubieran empujado el estómago hacia dentro.
No porque siguiera enamorada de él. Eso se terminó hace mucho, aunque tardé bastante en admitirlo. Fue más bien porque estaba exactamente igual en algunas cosas: la camisa bien planchada, el reloj grande, esa manera de ocupar espacio como si todo le perteneciera un poco.
Iba con una mujer rubia, bastante más joven que nosotros. Luego supe que se llamaba Noelia. Entraron un sábado, sobre las dos y media, cuando el comedor estaba lleno y en cocina íbamos todos con la lengua fuera.
Mi restaurante se llama La Encina. Está cerca de Antón Martín, en una calle que no es de las más caras pero tiene paso. No es un sitio de manteles largos ni de salir en las revistas. Hacemos cocina de toda la vida, algo cuidada: callos los jueves, albóndigas de corral, tortilla poco cuajada, vinos de pequeños productores. Llevo casi cuatro años abierto.
Digo “llevo” y todavía me cuesta.
Porque cuando Javier se fue, yo no tenía nada parecido a un restaurante. Tenía 41 años, trabajaba de ayudante de cocina en un bar de menús, alquilaba una habitación en Usera y debía dinero hasta de la tarjeta de transporte. Él me dejó con una frase que se me quedó pegada durante meses.
“Eres muy buena para hacer guisos, Marisa, pero no sabes manejar tu vida.”
No me pegó, ni me montó escenas, ni nada de eso. Era peor de explicar. Durante años me fue haciendo creer que cualquier cosa que yo quisiera por mi cuenta era una tontería. Cuando hablaba de montar algo pequeño, me decía que no sabía ni echar cuentas. Cuando pedía que miráramos un alquiler más barato, decía que yo no entendía de dinero. Y al final acabé sin entender ni lo que pensaba yo.
El restaurante lo monté con una indemnización pequeña, un préstamo del ICO que casi me da algo firmar y la ayuda de mi hermana, que puso lo que tenía ahorrado para cambiar las instalaciones. Los primeros meses fueron una locura. Dormía cuatro horas. Había días en que fregaba yo, cocinaba yo y cerraba la caja con las manos temblando porque no salían las cuentas.
Aquella tarde estaba ayudando a Lucía, una de las camareras, porque se nos había puesto mala otra chica. Llevaba camisa blanca, delantal negro y el pelo recogido con una pinza. Javier no me reconoció.
Me miró dos segundos, pero no de verdad. Miró como se mira a alguien que viene a tomar nota.
—Perdona, ¿nos puedes poner en una mesa más agradable? Aquí corre aire.
Noelia añadió:
—Y que no esté al lado del baño, por favor.
Les cambié de sitio sin decir nada. Podría haberles dicho quién era en ese momento. Podría haber llamado a Sergio, mi encargado, y desaparecer en cocina. Pero algo dentro de mí quiso ver hasta dónde llegaban sin saberlo.
Pidieron una botella de un tinto de Ribera que tenemos en carta, unas croquetas de jamón, alcachofas confitadas, solomillo para él y lubina para ella. Después otra botella, esta vez de blanco. Yo intenté que Lucía no les atendiera; no por vengarme, sino porque no quería que les tocaran sus malos modales.
Javier me chasqueó los dedos una vez para pedir pan.
Lo hizo. Chasquear los dedos.
Y yo fui con la cesta, porque en ese momento pensé que si abría la boca iba a montar una escena absurda delante de gente que había venido a comer tranquila.
—Este vino está un poco caliente —dijo Noelia, aunque estaba a la temperatura correcta—. A ver si podéis cuidar esos detalles.
—Ahora mismo les traigo una cubitera —le contesté.
Javier me miró el nombre bordado en el delantal.
—Marisa. Pues Marisa, dile al cocinero que el solomillo lo quiero de verdad al punto. No como suelen hacerlo en estos sitios modernos.
No sé por qué, pero ahí casi me reí. Mi cocina. Mis proveedores. Mi solomillo. Mi nombre en el delantal porque yo misma lo había cosido una noche, cuando todavía no nos daba para uniformes.
Comieron despacio. Pidieron postre, dos copas de licor y café. Yo ya estaba en la barra, revisando unas facturas, cuando vi a Javier abrir la cartera.
Primero sacó una tarjeta. La camarera que cobró fue Lucía. Volvió a los pocos segundos, algo incómoda.
—Dice el datáfono que la tarjeta no pasa.
Javier frunció el ceño y sacó otra. Tampoco.
Noelia buscó en su bolso y dejó sobre la mesa un par de billetes, monedas, una tarjeta de una tienda y un monedero vacío. La cuenta era de 186 euros. Entre los dos no llegaban a setenta.
Entonces Javier levantó la voz, lo justo para que lo oyeran las mesas cercanas.
—Esto es un atraco. Con estos precios cualquiera monta un restaurante.
Fui hasta su mesa. Ya no llevaba la libreta, solo el móvil y las llaves del almacén en el bolsillo.
—La cuenta está detallada —le dije—. Han pedido dos botellas de vino, licores y varios platos fuera de carta.
Él me miró por fin con atención.
—¿Y tú quién eres para venir a darme explicaciones?
Noté que Noelia me observaba también. Había dejado de parecer aburrida.
—Soy Marisa. La propietaria.
A Javier se le cayó la cara de una forma casi cómica, pero no me hizo gracia. Se quedó blanco y luego intentó sonreír, como si fuéramos conocidos que se encuentran por casualidad.
—Hombre… Marisa. No te había reconocido.
—Ya lo he notado.
Noelia miró de Javier a mí. No sé qué le habría contado de nuestro matrimonio, si es que le contó algo.
Él dijo que podía hacerme un bizum cuando llegara a casa. Le pedí que lo hiciera allí. Abrió la aplicación, miró la pantalla y dijo que tenía un límite diario. Después propuso dejar el DNI. Le expliqué que no era una garantía de pago.
No quería llamar a la Policía por 116 euros. Tampoco quería montar un numerito. Pero estaba cansada, no solo de ellos: de los proveedores, de los impuestos, de los sustos con la luz, de tener que justificar que mi trabajo valía algo.
Miré hacia la cocina. Nos faltaba una persona para la pila. Era sábado, quedaban dos turnos de comidas y una montaña de cazuelas.
—Os propongo una cosa —dije—. Os quedáis esta tarde ayudando en cocina. Fregáis, limpiáis lo que se os diga y cerramos la diferencia entre lo que tenéis y la cuenta. No os voy a pagar, claro. Lo descontamos de la deuda.
Javier soltó una risa seca.
—¿Me estás diciendo que friegue platos?
—Te estoy dando una opción. La otra es que busques cómo pagar ahora mismo.
Noelia dijo muy bajito:
—Javi, llama a tu hermano.
Él negó con la cabeza. Creo que le daba más vergüenza pedirle dinero a su hermano que quedarse allí. O quizá su hermano ya estaba harto de prestarle.
Al final aceptaron. No fue una escena de aplausos, ni nadie grabó nada. Algunos clientes miraban de reojo y otros siguieron con su comida. Sergio me apartó luego y me dijo que aquello era una mala idea, que no podíamos tener a dos clientes dentro de cocina por responsabilidad e higiene. Tenía razón.
Así que no los metimos a fregar platos de verdad. Les pusimos guantes, bolsas y bayetas en la zona exterior del almacén, donde separamos cartón y limpiamos las mesas de apoyo. Javier retiró cajas y limpió cubos. Noelia fregó una pila de bandejas que se usan para el pan. Sergio estuvo pendiente todo el rato.
A los cuarenta minutos apareció el hermano de Javier, serio como una piedra, y pagó lo que faltaba con tarjeta. No se quedó ni a saludarme.
Javier se quitó los guantes y me los dejó encima de una mesa.
—Esto no te lo perdono.
Le dije que no necesitaba que me perdonara nada.
Se fue sin despedirse. Noelia, en cambio, se quedó un segundo junto a la puerta.
—No sabía que eras su exmujer —me dijo.
—Yo tampoco sabía que él seguía sin llevar efectivo.
No fue una gran respuesta, ni especialmente elegante. Estaba agotada.
Esa noche cerré casi a la una. Encontré un cubo mal colocado y una caja de botellas vacías que Javier había dejado sin aplastar. La aplasté yo, como tantas otras veces.
Luego revisé la caja, apagué las luces y mandé un bizum a mi hermana por una tontería que le debía desde hacía días. En el concepto puse: “Para que no tengas que fregar bandejas por mí”.
Ella me llamó al momento, riéndose, y durante unos minutos no le conté nada. Solo escuché su voz mientras bajaba la persiana.