Su marido entró en coma tras un accidente en Madrid… y ella descubrió que no viajaba solo
La llamada me entró a las 6:43 de la mañana, cuando estaba en la cocina esperando a que subiera el café. Era un número fijo. Ni siquiera pensé en cogerlo al principio porque desde hacía meses, entre las compañías de luz y las encuestas, ya no cojo casi nada que no tenga guardado.
Pero insistieron.
—¿Hablo con Isabel Martín?
Dije que sí, todavía medio dormida.
—Llamamos del Hospital Universitario La Paz. Su marido, Javier Roldán, ha sufrido un accidente de tráfico. Necesitamos que se persone aquí lo antes posible.
No recuerdo qué pregunté. Creo que pregunté si estaba vivo, así, sin más. La mujer tardó un segundo en responder y ese segundo se me quedó metido en el cuerpo.
—Está vivo, señora, pero su estado es grave.
Javier había salido la noche anterior diciendo que tenía una cena con un cliente. Trabajaba como comercial para una empresa de materiales de construcción y algunas veces cenaba fuera, sobre todo desde que le cambiaron de zona y tenía que moverse más por Madrid. Me había mandado un mensaje a las once y pico: “Se ha alargado. No me esperes”. No había nada raro en eso. O no quise verlo raro.
Me vestí con unos vaqueros y el primer jersey que encontré. Dejé el café sin tocar. Mi hermana Lucía vino a recogerme porque yo temblaba tanto que no me veía capaz de conducir desde Alcalá hasta Madrid.
En urgencias todo olía a lejía, café de máquina y esa cosa metálica que tienen los hospitales. Nos hicieron esperar bastante. Había una mujer mayor llorando detrás de una mampara y un chico con una mochila sentado en el suelo, mirando el móvil como si estuviera esperando una respuesta importante.
Cuando salió el médico, lo reconocí enseguida porque llevaba el pijama azul debajo de la bata y tenía la cara cansada. Me explicó que Javier había sufrido un traumatismo craneoencefálico, varias fracturas y una hemorragia interna que habían conseguido controlar en quirófano. Estaba sedado, intubado y en la UCI.
Yo asentía a todo sin entender gran cosa. Solo escuchaba palabras sueltas: “primeras horas”, “pronóstico reservado”, “evolución”.
Entonces el médico miró una carpeta y dijo:
—También tengo que preguntarle si conoce a la acompañante que viajaba con él.
Me quedé quieta.
—¿Qué acompañante?
Él levantó los ojos. No fue una mirada rara ni acusadora. Creo que, de hecho, se dio cuenta antes que yo de lo que estaba pasando.
—La mujer que iba en el asiento del copiloto. Lo siento mucho. Falleció en el acto.
Lucía me agarró del brazo. Yo le pregunté si se habían equivocado de coche. No sé por qué. Sabía perfectamente que no. El coche era el nuestro, un Seat Ateca gris que todavía estábamos pagando. Le dije que Javier había ido solo a una cena de trabajo.
El médico solo respondió que la Guardia Civil ya estaba haciendo las gestiones y que, si necesitábamos hablar con alguien, había una trabajadora social disponible.
La mujer se llamaba Beatriz Salgado. Tenía cuarenta y dos años, dos menos que yo. Lo descubrí ese mismo día, cuando un guardia nos pidió confirmar algunos datos del vehículo y mencionó su nombre. No me enseñaron nada, ni lo pedí. Más tarde lo busqué yo. En LinkedIn primero, una foto profesional. Después en Facebook, donde apenas tenía actividad. En una foto de hacía tres veranos salía con un niño en la playa. Su hijo. Se llamaba Hugo, según los mensajes de felicitación que tenía en el muro.
Durante horas me repetí que podía ser una compañera de trabajo. Una clienta. Alguien a quien acercaba a casa. Cualquier cosa.
Hasta que llamé a la empresa de Javier para avisar. Contestó su compañera, Raquel, una mujer con la que yo había coincidido un par de veces en cenas de Navidad. Cuando le dije el nombre de Beatriz, se quedó callada.
No fue un silencio largo. Fueron dos segundos, quizá tres. Pero bastaron.
—¿La conocías? —le pregunté.
Raquel dijo que trabajaba en una empresa proveedora. Que habían coincidido varias veces. Luego añadió, demasiado deprisa, que no sabía nada más.
Aquella misma tarde, mientras estaba sentada junto a la cama de Javier en la UCI, encontré un segundo teléfono en el bolsillo interior de su abrigo. Era uno viejo, de esos pequeños que él decía que usaba para el trabajo porque la batería le duraba más. Lo había visto alguna vez, pero nunca le di importancia.
No tenía código.
No voy a fingir que dudé mucho. Lo encendí en el pasillo, con Lucía al lado. Había mensajes. No cientos, no una novela entera. Pero suficientes. Fotos de comidas, notas de voz, conversaciones sobre hoteles cuando él decía que estaba de visita por obra en Toledo o Guadalajara. Un “te echo de menos” de ella. Un “yo también, mucho” de él.
Lo peor no fueron las frases de amor. Lo peor fue ver fechas.
El día que murió mi padre, Javier me dijo que no podía venir al tanatorio hasta la noche porque estaba atascado en una reunión. Esa tarde había estado con Beatriz en un apartamento turístico de Atocha. La semana de nuestro aniversario, cuando me regaló unos pendientes y me llevó a cenar a un italiano bastante normalito, le había escrito a ella que sentía no poder escaparse ese fin de semana.
Volví a entrar en la UCI y lo miré. Tenía la cara hinchada, tubos por todas partes, una venda en la cabeza. Me dio una vergüenza horrible sentir rabia hacia alguien que estaba así. También me dio vergüenza pensar en Beatriz muerta, en su hijo, en la familia que estaría recibiendo otra llamada distinta pero igual de devastadora.
La madre de Javier llegó esa noche desde Segovia. Entró llorando, me abrazó y dijo que él era fuerte, que iba a salir de aquella. No fui capaz de contarle nada. Fue Lucía quien, al día siguiente, se lo soltó en una cafetería del hospital porque yo ya no podía ni hablar.
Mi suegra se puso blanca. Después dijo algo que aún me duele recordar:
—Ahora lo importante es que se recupere. Ya habrá tiempo para esas cosas.
“Esas cosas”. Como si lo que yo había visto fuese una factura pendiente o una discusión por unas vacaciones.
Mi cuñado, en cambio, me pidió que no hiciera nada precipitado. Que Javier no podía defenderse. Tenía razón, supongo. Pero yo no necesitaba que se defendiera de una acusación. Necesitaba que alguien me explicara cómo había podido vivir conmigo quince años y mentirme con tanta facilidad.
Javier lleva dieciocho días en la UCI. Ayer abrió los ojos durante unos segundos, según me dijo la enfermera. Yo no estaba allí. Había vuelto a casa para ducharme y recoger ropa limpia.
La casa es lo más raro. Su taza sigue en el escurridor. Sus zapatillas están debajo de la cama. He dejado de poner la radio por las mañanas porque él siempre la encendía mientras se afeitaba, aunque luego se quejaba de que daban demasiadas noticias malas.
No sé si quiero que despierte para hacerle preguntas o si temo que despierte y no recuerde nada. No sé si voy a quedarme, si voy a pedir el divorcio cuando todo esto termine o si “terminar” ya no significa nada.
Esta mañana la trabajadora social me ha preguntado quién puede acompañarme a la reunión con los médicos. He dicho que mi hermana.
Y al salir del hospital, por primera vez desde el accidente, no he vuelto directamente a casa. He ido al banco a preguntar qué opciones tengo para cambiar la cuenta donde se carga la hipoteca. Me ha atendido un chico muy joven que hablaba bajito y miraba la pantalla todo el rato.
He pensado que, mientras Javier sigue sin poder decirme nada, hay cosas que alguien tiene que empezar a hacer.