Mi madre le regaló a mi hermana un piso y yo me quedé con las manos vacías: ¿soy menos hija?

—¿Por qué a ella sí y a mí no, mamá? —escupí las palabras, temblando, mientras la luz de la tarde se colaba por la ventana del salón.

Mi madre, sentada en su butaca de siempre, ni siquiera levantó la vista del periódico. Lucía, mi hermana menor, acababa de salir por la puerta con una sonrisa radiante y las llaves de su nuevo piso en el bolso. Un piso que mi madre le había pagado casi íntegramente. Yo, con treinta y cuatro años, seguía compartiendo un piso pequeño en Vallecas con dos compañeras y una montaña de facturas.

—No empieces, Carmen —dijo mi madre, suspirando—. Lucía lo necesita más que tú. Tú siempre has sabido arreglártelas sola.

Sentí cómo me ardían los ojos. ¿Arreglármelas sola? ¿Eso era un premio o un castigo? Desde pequeña fui la hija que sacaba buenas notas, la que no daba problemas, la que cuidaba de Lucía cuando mamá tenía que hacer horas extra limpiando casas. Pero ahora, cuando por fin podía recibir algo a cambio de tanto esfuerzo, me quedaba con las manos vacías.

Recuerdo una tarde lluviosa de hace años. Lucía había perdido el móvil y lloraba desconsolada. Mamá le prometió comprarle otro aunque no llegáramos a fin de mes. Yo nunca pedí nada, ni siquiera cuando mis zapatillas tenían agujeros. «Carmen es fuerte», decían siempre. «Carmen puede con todo».

Pero ahora no podía más. Me sentía invisible, como si mi sacrificio no valiera nada.

—¿Y yo qué? —insistí—. ¿No merezco lo mismo? ¿No soy tu hija también?

Mi madre dejó el periódico y me miró por fin. Sus ojos estaban cansados, llenos de arrugas y silencios.

—No es tan sencillo —murmuró—. Lucía está sola en Madrid, tú tienes tu vida aquí. Además, tú nunca pides ayuda…

—¡Porque nunca me la das! —grité sin querer—. Siempre he tenido que ser la fuerte porque no había otra opción.

El silencio se hizo espeso entre nosotras. Sentí que algo se rompía dentro de mí.

Esa noche no pude dormir. Recordé todas las veces que me callé para no preocupar a nadie; los trabajos basura para pagarme la carrera; las noches en vela estudiando mientras Lucía salía de fiesta y volvía a casa arrastrando los pies. Recordé cómo mamá siempre la defendía: «Es más sensible que tú». Pero ¿quién me defendía a mí?

Pasaron los días y el rencor crecía como una herida infectada. Intenté hablar con Lucía, pero ella solo encogió los hombros.

—Mamá me lo ofreció —dijo—. Si te molesta, háblalo con ella.

Me sentí aún más sola. En el trabajo apenas podía concentrarme; mis compañeras notaban que algo iba mal.

—¿Por qué no se lo dices claro? —me preguntó Marta, mi amiga—. Tienes derecho a sentirte mal.

Pero en mi familia nunca se hablaba de sentimientos. Todo se barría bajo la alfombra: el dolor, la rabia, la injusticia.

Un domingo decidí enfrentarme a mamá de nuevo. La encontré en la cocina, pelando patatas para el cocido.

—Mamá, necesito hablar contigo —dije con voz firme.

Ella me miró con cansancio.

—¿Otra vez con lo mismo?

—Sí, otra vez —respondí—. No es justo lo que has hecho. No puedes darlo todo a Lucía y dejarme a mí sin nada solo porque piensas que soy fuerte. Yo también tengo sueños, también quiero sentirme apoyada por mi familia.

Mi madre dejó el cuchillo sobre la mesa y se sentó frente a mí. Por primera vez en mucho tiempo vi lágrimas en sus ojos.

—No sabes lo difícil que ha sido para mí criaros sola —susurró—. Siempre tuve miedo de que os faltara algo… Quizá me equivoqué pensando que tú no necesitabas tanto como tu hermana.

—Me equivoqué yo también —admití—. Por callarme siempre, por no pedir ayuda nunca… Pero ahora necesito saber si alguna vez voy a ser tan importante para ti como Lucía.

Nos quedamos en silencio largo rato. El reloj marcaba los minutos como latidos sordos.

Al final, mamá se levantó y me abrazó torpemente.

—Lo siento, Carmen —dijo—. No sé si puedo arreglarlo ahora… pero te prometo que voy a intentarlo.

No fue un final feliz ni una solución mágica. Pero por primera vez sentí que mi dolor era visto, que mi voz importaba.

Hoy sigo viviendo en el mismo piso pequeño, pero algo ha cambiado entre mamá y yo. A veces me llama solo para preguntarme cómo estoy; otras veces me invita a comer y hablamos de cosas sencillas, como si estuviéramos aprendiendo a ser familia de nuevo.

Aún duele ver cómo Lucía disfruta de su piso nuevo mientras yo sigo luchando por llegar a fin de mes. Pero al menos ya no me siento invisible.

Me pregunto: ¿cuántos hijos e hijas hay como yo, que cargan con el peso de ser «los fuertes» y acaban olvidados? ¿Deberíamos conformarnos o luchar por nuestro lugar en la familia? ¿Vosotros qué haríais?