Cuando vi al novio de mi exmujer, se me rompió el alma
—¿De verdad vas a ir? —me preguntó mi hermana Lucía, mirándome con esos ojos que todo lo ven—. ¿No te parece un poco… no sé, patético?
Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia mientras me ajustaba la chaqueta. —No voy a hacer nada malo. Solo quiero ver con mis propios ojos en qué se ha metido Marta. ¿Casarse con un albañil? ¡Por favor! Seguro que ni siquiera sabe usar un cuchillo de pescado.
Lucía suspiró y negó con la cabeza. —A veces pienso que no tienes corazón, Dani.
No respondí. El taxi ya esperaba abajo y, mientras bajaba las escaleras del viejo edificio en Lavapiés, sentí una mezcla de rabia y algo más difícil de nombrar. ¿Celos? ¿Orgullo herido? Quizá las dos cosas. Marta y yo habíamos compartido diez años juntos, y aunque la rutina y las discusiones nos habían separado, nunca imaginé que acabaría así: ella vestida de blanco en una ermita de Toledo, yo invitado por compromiso y con ganas de reírme en su cara.
La iglesia estaba llena de flores silvestres y el aire olía a campo mojado. Los invitados charlaban en pequeños grupos, muchos conocidos del barrio. Reconocí a su madre, a su tía Pilar, incluso a algunos amigos comunes que me saludaron con medias sonrisas. Nadie parecía saber muy bien qué hacía yo allí.
Me senté en un banco al fondo, apretando los puños. Cuando Marta entró, sentí un nudo en el estómago. Estaba radiante, más feliz de lo que la recordaba en años. A su lado, el novio: un hombre sencillo, moreno, manos grandes y curtidas por el trabajo. Llevaba un traje barato pero limpio, y en sus ojos brillaba una ternura que me desarmó.
—¿Ese es el albañil? —susurré para mí mismo, con una mueca.
La ceremonia avanzó entre risas y lágrimas ajenas. Yo solo podía mirar a Marta y preguntarme cómo había llegado hasta allí. Recordé nuestras peleas por el dinero, mis largas horas en la oficina, las cenas frías y los silencios eternos. Recordé cómo ella me pedía tiempo, cariño, una vida más sencilla. Y yo siempre tan ocupado, tan seguro de que el éxito era lo único importante.
Cuando llegó el momento de los votos, el novio tomó la palabra. Su voz era grave pero dulce:
—Marta, no tengo mucho que ofrecerte. Solo mis manos y mi palabra. Pero prometo hacerte reír cada día y estar a tu lado aunque no tengamos ni para cenar tortilla francesa.
La gente rió y aplaudió. Yo sentí que algo dentro de mí se rompía. De repente, todo lo que había planeado —la burla, la superioridad— se desmoronó como un castillo de naipes.
Me levanté sin hacer ruido y salí al patio trasero de la ermita. El aire fresco me golpeó la cara y, sin poder evitarlo, rompí a llorar como un niño. No era rabia ni celos; era dolor puro. Dolor por haber perdido a alguien que solo quería ser feliz conmigo, dolor por no haber entendido nunca lo que realmente importaba.
Lucía me encontró allí, encogido junto a una fuente.
—¿Qué te pasa? —preguntó suavemente.
—He sido un imbécil —susurré—. Pensé que era mejor que él porque tenía dinero y un buen trabajo… pero nunca le di a Marta lo que él le ha dado hoy: amor sincero.
Lucía me abrazó fuerte. —A veces hay que perderlo todo para entenderlo.
El banquete siguió sin mí. Caminé por las calles empedradas de Toledo hasta que cayó la noche. Pensé en Marta bailando con su nuevo marido, en las risas sinceras de los invitados, en la vida sencilla pero llena de sentido que yo nunca supe valorar.
Ahora, sentado frente al ordenador mientras escribo esto, me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos escapar lo más importante por orgullo o miedo? ¿Y si nunca aprendemos a pedir perdón a tiempo?