Entre la Alhambra y el Olvido: Un Matrimonio de Secretos
—¿De verdad vas a hacerlo, Lucía? —La voz de mi madre temblaba, como si cada palabra le doliera en los huesos.
No respondí. Miraba por la ventana de la cocina, viendo cómo la lluvia golpeaba los naranjos del patio. El aroma a café recién hecho no conseguía calmar el nudo en mi estómago. Mi padre, sentado a la mesa con la cabeza entre las manos, no decía nada. Desde que la empresa familiar quebró, apenas nos mirábamos a los ojos. Granada se había vuelto demasiado pequeña para esconder nuestra vergüenza.
—No hay otra salida —susurré al fin, tragando saliva—. Si no acepto, nos quitan la casa. Y papá…
Mi madre se limpió las lágrimas con el delantal. —Pero casarte así… ¿Con un hombre que ni conoces?
—No es cualquier hombre —interrumpió mi padre, con voz ronca—. Alejandro puede salvarnos. Es un hombre serio, de palabra. Y…
—Y frío como el mármol de la Alhambra —le corté, sintiendo cómo la rabia me subía por dentro—. ¿Eso es lo que quieres para mí?
El silencio se hizo espeso. Mi hermano pequeño entró corriendo, ajeno a todo, pidiendo pan con chocolate. Le acaricié el pelo y sentí un pinchazo en el pecho. Por él, por todos ellos, debía hacerlo.
La boda fue rápida y discreta. En la iglesia de San Nicolás, bajo la mirada curiosa de los vecinos y el murmullo de las viejas del barrio, firmé mi condena con manos temblorosas. Alejandro apenas me miró durante la ceremonia. Su traje impecable y su expresión imperturbable contrastaban con mi vestido sencillo y mis ojos hinchados de llorar.
La primera noche en su casa —una mansión antigua con vistas a la Alhambra— fue un desfile de silencios incómodos. La criada me mostró mi habitación: enorme, fría, decorada con muebles antiguos y cortinas pesadas.
—¿Te gusta Granada? —preguntó Alejandro esa noche, mientras cenábamos en una mesa tan larga que parecía un puente entre dos desconocidos.
—Siempre he vivido aquí —respondí, sin mirarle.
Él asintió y volvió a su copa de vino. El reloj marcaba los segundos como un martillo en mi cabeza.
Pasaron los días y nada cambiaba. Alejandro salía temprano y volvía tarde. Yo paseaba por los jardines, hablaba con las flores y escribía cartas que nunca enviaba. A veces escuchaba su voz al teléfono, fría y cortante como siempre.
Una tarde, mientras ordenaba unos libros en la biblioteca, encontré una caja antigua. Dentro había fotos viejas y una carta con mi nombre escrito a mano. El corazón me dio un vuelco: reconocí la letra al instante. Era la misma que me escribió aquel desconocido hace años, cuando mi vida se rompió en mil pedazos tras aquel accidente en la carretera de Sierra Nevada.
Leí la carta temblando:
«Lucía,
Sé que nunca podré pedirte perdón por lo que pasó aquella noche. Pero haré todo lo posible para que tu vida sea mejor, aunque tenga que hacerlo desde las sombras.»
El mundo se me vino abajo. Alejandro era aquel hombre misterioso que me ayudó cuando nadie más lo hizo… pero también fue quien desapareció sin dejar rastro cuando más lo necesitaba.
Esa noche le esperé despierta. Cuando entró en casa, le enfrenté:
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué jugaste conmigo?
Alejandro se quedó helado. Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—No quería hacerte más daño… Pensé que era mejor así.
—¿Mejor? ¡Me dejaste sola! —grité, sintiendo cómo las lágrimas me ardían en las mejillas—. ¿Y ahora pretendes que viva contigo como si nada?
Él se acercó despacio, como si temiera romperme:
—Lucía… Todo lo que he hecho ha sido para protegerte. Incluso este matrimonio…
Me aparté de él. No podía soportar su cercanía ni su olor a colonia cara.
Los días siguientes fueron un infierno. En Granada todos hablaban: que si Alejandro tenía una amante en Madrid, que si yo era una interesada… Las vecinas cuchicheaban detrás de las persianas y mi madre apenas salía a comprar el pan.
Pero una tarde, mientras paseaba por el Albaicín, vi a Alejandro sentado solo en una terraza, mirando la Alhambra como si buscara respuestas entre sus muros rojos.
Me senté frente a él sin decir palabra. El sol caía sobre los tejados y el aire olía a jazmín.
—¿Crees que algún día podré perdonarte? —pregunté al fin.
Él bajó la mirada.
—No lo sé… Pero no dejaré de intentarlo.
A veces pienso que la vida es como esas calles empedradas de Granada: llenas de curvas inesperadas y rincones oscuros. ¿Será posible encontrar la luz después de tanto dolor? ¿O estamos condenados a vivir entre secretos y silencios para siempre?