Entre dos casas: Cuando mis cosas dejan de ser mías – confesión de una madre madrileña
—¡Mamá, ¿dónde está mi abrigo azul?! —gritó Lucía desde el pasillo, su voz temblando entre la rabia y la desesperación. Yo estaba en la cocina, removiendo el café con una mano y apretando el móvil con la otra, esperando una llamada de mi hermana Pilar. Cerré los ojos un segundo, intentando no perder la paciencia. Sabía perfectamente dónde estaba el abrigo: en casa de mi madre, a veinte minutos en metro, porque mi sobrina Marta lo había cogido «prestado» el fin de semana anterior.
Así empieza cada semana en mi vida. Me llamo Carmen, tengo 41 años y vivo en Madrid con mi hija Lucía, de 10. Desde que me separé de Fernando, hace ya dos años, he intentado reconstruir una rutina para nosotras dos. Pero en mi familia, la palabra «privado» parece no existir. Todo es de todos. Y lo mío… también.
Recuerdo la primera vez que sentí que algo no iba bien. Fue un domingo cualquiera, después de comer en casa de mi madre en Vallecas. Mi hermana Pilar se acercó a mí con una sonrisa forzada:
—Carmen, ¿te importa si me llevo la batidora? Es que la mía se ha roto y tú apenas la usas…
No supe decir que no. Me quedé callada, asintiendo con la cabeza mientras sentía cómo una parte de mí se encogía. Desde entonces, todo ha ido a peor: ropa de Lucía que desaparece misteriosamente, libros que nunca vuelven, hasta el microondas que compré con tanto esfuerzo para nuestro piso nuevo acabó en casa de mi hermano Luis «por unos días»… días que ya suman cinco meses.
En mi familia siempre ha habido una especie de pacto silencioso: ayudarse es obligatorio, compartir es ley. Pero nadie pregunta si puedes o quieres. Si te niegas, eres egoísta. Si cedes, te vacías poco a poco.
Una tarde de otoño, después de recoger a Lucía del colegio, la encontré llorando en su habitación.
—¿Qué te pasa, cariño?
—Mamá… ¿por qué Marta siempre tiene mis cosas? ¿Por qué no puedo tener nada solo para mí?
No supe qué responderle. Sentí una punzada de culpa y rabia. ¿Qué ejemplo le estaba dando? ¿Que sus cosas tampoco le pertenecen? ¿Que debe callar para no molestar?
Esa noche no dormí. Me revolvía en la cama pensando en cómo decirle a mi familia que basta ya. Pero cada vez que lo intentaba imaginar, veía las caras de decepción de mi madre, los reproches velados de Pilar y Luis:
—Carmen, siempre has sido tan generosa…
—¿Ahora te crees mejor que nosotros?
—No seas exagerada, mujer.
En Navidad todo explotó. Habíamos planeado pasar la Nochebuena en casa de mi madre. Yo llevaba semanas ahorrando para comprarle a Lucía un patinete eléctrico; era su mayor ilusión. Lo escondí en el trastero para sorprenderla. Pero el 24 por la mañana recibí un mensaje de Pilar:
—¡Gracias por el patinete! Marta está encantada. No sabía que era para ella.
Sentí cómo me faltaba el aire. Llamé a Pilar temblando:
—¡Pilar! Ese patinete era para Lucía… ¿Por qué lo has cogido?
—Ay, Carmen, perdona… Pensé que era para compartir entre las niñas. Ya sabes cómo hacemos siempre.
Colgué sin poder articular palabra. Lucía me miró con los ojos grandes y húmedos cuando le conté lo sucedido.
—No pasa nada, mamá —susurró—. Estoy acostumbrada.
Esa frase me rompió por dentro.
Esa noche, mientras todos reían y brindaban en el salón iluminado por las luces del árbol, yo sentí que me ahogaba. Miraba a mi familia y solo veía una jaula hecha de buenas intenciones y silencios cómplices.
Después de las fiestas decidí hablar con mi madre. Quedamos en una cafetería cerca del Retiro.
—Mamá, necesito pedirte algo —dije con voz temblorosa—. Quiero que respetéis mis cosas y las de Lucía. No puedo más.
Mi madre me miró sorprendida, como si le hablara en otro idioma.
—Pero hija… ¿no ves que nos ayudamos entre todos? Así hemos sido siempre.
—Sí, mamá, pero yo también necesito sentir que tengo algo mío. Que Lucía puede confiar en que sus cosas no van a desaparecer.
Se hizo un silencio incómodo. Mi madre bajó la mirada y jugueteó con la taza.
—No quiero que pienses que no os quiero —susurré—. Pero quiero enseñar a Lucía a poner límites… y yo también tengo que aprenderlo.
Desde entonces las cosas han cambiado… un poco. A veces aún desaparece alguna prenda o algún libro, pero ahora me atrevo a decirlo. A veces discuto con Pilar o Luis; otras veces me siento culpable por no ser «la buena hija». Pero cada vez que veo a Lucía abrazar su peluche favorito sin miedo a perderlo, sé que estoy haciendo lo correcto.
A veces me pregunto: ¿cuándo dejamos de ser dueños de nuestra vida por miedo a decepcionar a los demás? ¿Cuántas veces callamos para no romper una paz que solo existe en apariencia?