No es mío. Es de ellos. Y de todos los que recuerdan que el futuro de un niño no debería depender de lo que lleva en la mochila… o de lo que le falta.
Me llamo Zofia y tengo setenta y tres años. Vivo sola en un piso pequeño de Vallecas, con una pensión modesta y recuerdos cálidos, aunque a veces duelen. Un día, en la biblioteca del barrio, vi a un niño solo y supe que tenía que hacer algo: así empezó una cadena de solidaridad que cambió mi vida y la de muchos más.