Cuando Javier Volvió: Una Puerta Entreabierta al Pasado
—¿Por qué ahora, Javier? ¿Por qué hoy? —me pregunté, con la mano temblando sobre el pomo de la puerta. El timbre había sonado dos veces, insistente, como si supiera que estaba al otro lado, dudando. Afuera llovía, una de esas lluvias finas de Madrid que cala hasta los huesos, y yo, en mi bata de franela y con el rímel hecho un desastre, no podía decidir si abrir del todo o dejarle ahí, como él me había dejado a mí seis meses atrás.
—Lucía, por favor, déjame hablar —dijo Javier, la voz ahogada, los ojos rojos. No era el hombre seguro que se fue con su compañera de trabajo, esa tal Marta, la que siempre me saludaba con dos besos en las cenas de empresa. Ahora parecía más pequeño, encogido bajo el paraguas roto, como si el mundo le pesara de repente.
—¿Hablar? ¿Después de medio año sin dar señales de vida? —le espeté, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho. —¿Sabes cuántas noches me he pasado llorando, preguntándome qué hice mal? ¿Sabes lo que es cenar sola, escuchar el eco de tus pasos por la casa vacía?
Javier bajó la mirada. El portal olía a humedad y a tortilla de patatas recalentada, ese olor tan de barrio, tan de casa de toda la vida. Los vecinos, seguro, estaban pegados a las mirillas, cotilleando como siempre. En España, nadie se pierde un buen drama en el rellano.
—Lucía, sé que no tengo derecho a pedirte nada. Pero necesitaba verte. Necesitaba pedirte perdón —dijo, y se le quebró la voz. Por un momento, vi al Javier de antes, el que me hacía reír en las noches de verano en la terraza, el que bailaba conmigo sevillanas en la feria del pueblo, aunque se le dieran fatal.
Me apoyé en el marco de la puerta, sintiendo el frío del metal en la espalda. —¿Y qué quieres que haga yo con tu perdón, Javier? ¿Que lo meta en un tupper y lo guarde en la nevera, junto a los restos de la vida que dejaste?
Él suspiró, se pasó la mano por el pelo mojado. —No espero que me perdones, Lucía. Solo… solo quería verte. Saber si estás bien. Si… si hay alguna posibilidad de arreglar esto.
Me reí, amarga. —¿Arreglar esto? ¿Como quien pega un jarrón roto con Super Glue? Javier, no somos un jarrón. Somos —éramos— una familia. Y tú lo tiraste todo por la borda por una aventura de oficina.
El silencio se hizo pesado. Desde la cocina, el reloj marcaba las siete y cuarto. Pronto sería la hora de la cena, y yo aún no había pensado qué hacer. Desde que Javier se fue, las cenas eran un trámite: una tortilla francesa, un poco de jamón, lo que hubiera por la nevera. Ya no cocinaba paella los domingos, ni preparaba croquetas para congelar. ¿Para quién?
—¿Puedo pasar? Solo un momento. Te lo pido por favor —dijo él, con esa voz baja que usaba cuando sabía que había metido la pata.
Dudé. Mi madre siempre decía que en España las puertas nunca se cierran del todo, que hasta el peor enemigo merece un café. Pero yo no era mi madre. Yo era una mujer herida, cansada de ser la buena, la comprensiva, la que siempre perdona.
—Cinco minutos —le dije, abriendo apenas la puerta. —Y no te quites los zapatos. Está todo lleno de barro.
Javier entró despacio, como si pisara un campo de minas. Miró el salón, los cojines desordenados, la manta en el sofá, el libro abierto sobre la mesa. Todo igual, y todo distinto. Se sentó en el borde del sofá, sin atreverse a apoyarse del todo.
—¿Quieres un café? —pregunté, por costumbre más que por ganas.
—No, gracias. No quiero molestarte más de lo necesario —respondió, mirando sus manos.
El silencio volvió, incómodo. Afuera, la lluvia seguía golpeando los cristales. Pensé en todas las veces que habíamos visto juntos películas en días así, tapados con la manta, discutiendo sobre si poner subtítulos o no. Ahora, el sofá parecía más grande, más frío.
—¿Y Marta? —pregunté, sin poder evitarlo. —¿No te espera en casa?
Javier negó con la cabeza. —Se acabó. No era lo que yo pensaba. Me equivoqué, Lucía. Me equivoqué en todo.
Sentí una punzada de satisfacción, pero también de tristeza. ¿De qué servía ahora? ¿De qué servía que él se diera cuenta cuando ya había destrozado todo?
—¿Y qué esperas que haga yo con eso, Javier? ¿Que te aplauda? ¿Que te dé otra oportunidad porque ahora te has dado cuenta de que la hierba no era más verde al otro lado?
Él se encogió de hombros. —No espero nada. Solo… quería verte. Saber si algún día podrías perdonarme. Si podríamos, no sé, empezar de cero.
Me levanté, incapaz de estar quieta. Fui a la cocina, abrí la nevera, cerré la puerta sin sacar nada. Todo me parecía absurdo. ¿Empezar de cero? ¿Después de todo el dolor, de todas las noches en vela, de las lágrimas escondidas para que nadie —ni siquiera mi madre— supiera cuánto me dolía?
—¿Sabes lo peor, Javier? —dije, volviendo al salón. —Que durante meses pensé que la culpa era mía. Que no era suficiente, que no te cuidé, que no supe ver lo que te pasaba. Pero ahora sé que no. Que fuiste tú el que no supo valorar lo que tenía. Y eso… eso no se arregla con un lo siento.
Él asintió, los ojos llenos de lágrimas. —Tienes razón. No merezco que me perdones. Pero tenía que intentarlo. Tenía que decírtelo a la cara.
Me senté frente a él, cruzando los brazos. —¿Y ahora qué? ¿Vas a irte otra vez? ¿O vas a quedarte esperando a que te diga que todo está bien, que aquí no ha pasado nada?
Javier se levantó despacio. —Me iré. No quiero hacerte más daño. Solo… quería que supieras que lo siento. Que te echo de menos. Que echo de menos nuestra vida, nuestra rutina, hasta tus broncas por dejar los calcetines tirados.
No pude evitar sonreír, a pesar de todo. —Eso sí que no lo echo de menos, Javier. Los calcetines por todas partes.
Él sonrió también, tímido. Por un momento, el pasado pareció más cerca, como si pudiéramos volver atrás. Pero no. El daño estaba hecho, y yo ya no era la misma.
—Cuídate, Lucía —dijo, acercándose a la puerta.
—Tú también, Javier. Y no vuelvas a llamar si no estás seguro de lo que quieres. No soy un segundo plato. No soy el plan B de nadie.
Él asintió, tragando saliva. Salió al rellano, cerrando la puerta despacio. Me quedé apoyada en la madera, escuchando sus pasos alejándose por la escalera. Afuera, la lluvia seguía cayendo, implacable.
Me dejé caer al suelo, abrazando las rodillas. Lloré, sí. Pero también sentí alivio. Por fin había dicho lo que llevaba meses guardando. Por fin era yo la que decidía.
¿De verdad es posible perdonar lo imperdonable? ¿O hay heridas que, por mucho que pase el tiempo, nunca terminan de cerrar? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?