«Abuelo, ¿por qué no quieres que nos vaya mejor?»
—Abuelo, ¿por qué no quieres que nos vaya mejor?
Me lo dijo Leila, con doce años, en la cocina de mi piso de Carabanchel, mientras yo removía un café que ya estaba frío. Me quedé con la cucharilla en el aire. Su madre, mi hija Marta, estaba en el salón fingiendo que miraba la tele, pero yo la oía respirar fuerte, como cuando te aguantas para no saltar.
—¿Quién te ha metido eso en la cabeza? —le solté, más seco de lo que quería.
—Nadie. Te lo pregunto yo. Mamá dice que si vendemos lo del pueblo podríamos dejar de ir justas. Que podríamos cambiar de casa… o por lo menos arreglar la caldera. Y tú siempre dices que no. Siempre.
Marta apareció en la puerta, con el móvil en la mano.
—No le hables así, papá. La niña no ha dicho ninguna mentira.
Yo noté que se me calentaba la cara. Lo del pueblo. Otra vez lo del pueblo. La casa de mi padre en un pueblo de Guadalajara, medio caída, con humedades y un corral que ya no usa nadie. Para ellas era “un activo”. Para mí era… otra cosa. Y sí, ya sé cómo suena.
—¿Y tú qué le cuentas a la cría? —le dije a Marta—. ¿Que soy el malo de la película?
—Le cuento que estamos pagando 980 euros de alquiler por un piso que ni es nuestro, papá. Y que yo cobro 1.350 en una gestoría y tu yerno… bueno, ya sabes cómo está el tema de Óscar.
Óscar. Mi yerno. En paro “temporal” desde hacía un año, con un curso del SEPE aquí, una entrevista allá, y el resto del tiempo en casa “mandando currículums”. No digo que no lo intentara, pero también te digo que yo lo veía demasiado tranquilo.
—Abuelo, tú cobras la pensión —insistió Leila, bajito—. Y tienes la casa esa. ¿Por qué no…?
Me apoyé en la encimera. Se me fue la mirada al sobre marrón que tenía en el cajón, el que llevaba semanas sin abrir. Notaría de la calle Alcalá. Otra carta más. Otra vez el mismo runrún.
—Porque no todo se vende y ya está —dije—. Porque las cosas tienen… historia.
Marta resopló.
—Historia no paga el dentista, papá. A Leila le tienen que poner aparato y me han dado presupuesto: 2.800. Y no me mires así, que ya he mirado clínica barata, ya.
Leila bajó la cabeza, como si estuviera pidiendo perdón por tener los dientes como los tiene. Me dio un pinchazo raro. Y aun así, me salió lo de siempre.
—Que no —dije—. Que esa casa no se toca.
Ahí fue cuando Marta soltó lo que me venía oliendo.
—¿Sabes lo que me dijo el de la inmobiliaria? Que esa casa no está solo a tu nombre. Que hay una anotación antigua. Que hay… cosas raras.
Se me cayó la cucharilla al suelo. Un “clac” tonto, pero sonó como un portazo.
—¿Tú has ido a una inmobiliaria? —pregunté.
—Sí —dijo Marta, plantándose—. Porque contigo no se puede hablar. Porque cada vez que saco el tema te pones como un toro. Y porque estoy harta de vivir con miedo a que nos echen del piso si un mes no llegamos.
Leila nos miraba a los dos, con los ojos muy abiertos. Yo tragué saliva.
—La niña se va a su cuarto —dije.
—No —dijo Leila, temblándole la voz—. Siempre me mandáis fuera y luego fingís que no pasa nada.
Marta se quedó quieta. Yo también. Y al final fui yo el que abrió el cajón y saqué el sobre marrón.
—Vale —dije—. Pues pasa.
Marta lo cogió. Lo abrió con prisa, como si dentro hubiese un billete premiado. Leyó. Se le fue cambiando la cara.
—¿Qué es esto? —susurró—. ¿Una deuda?
Leila se acercó un poco.
—¿Deuda de qué? —preguntó.
Yo noté que se me aflojaban las piernas y me senté en la silla.
—De hace muchos años —dije—. De cuando tu abuela se puso mala.
Marta levantó la vista.
—Pero mamá murió de cáncer, sí. Eso lo sé. Lo que no sé es por qué hay una reclamación de… ¿un préstamo? ¿Y por qué sale el nombre de… de tu hermano Emilio?
Y ahí ya se me acabó el aire.
Emilio. Mi hermano. El que “se fue” a Barcelona y del que en casa no se hablaba. Yo siempre decía que era un sinvergüenza y punto. Y ya.
—No es como crees —dije, pero ya sonaba a excusa.
Marta se rió, una risa cortita.
—¿Cómo creo qué? Porque yo lo que creo es que nos has tenido aquí, apretados, mientras tú guardabas una casa por orgullo. Y encima… ¿me estás diciendo que hay una deuda que puede caer sobre mí? ¿Sobre Leila?
Leila me miró como si yo fuera un desconocido.
—Abuelo… —dijo—. ¿Es verdad que no quieres que nos vaya mejor?
Yo me pasé la mano por la cara. Me dolía hasta la frente.
—Tu abuela y yo —empecé—, cuando enfermó, no llegábamos. La Seguridad Social cubre mucho, sí, pero no todo. Y ella… ella quería probar una clínica privada, una segunda opinión, no sé. Estaba asustada. Yo también. Y pedimos un préstamo.
Marta abrió la boca.
—¿Y por qué sale el tío Emilio?
—Porque… —me costó— porque yo ya tenía una deuda de antes.
—¿De qué antes? —Marta ya estaba enfadada de verdad, de esa forma que te da miedo.
—De cuando me quedé sin trabajo en la obra —dije—. ¿Te acuerdas? Yo decía que era “un bache”. Pues fue más que un bache. Y yo… yo firmé cosas. Y tu madre no lo sabía.
Marta se quedó callada un segundo.
—¿Y Emilio?
—Emilio me ayudó —dije, y me salió casi en un hilo—. Puso su nombre para que me dieran el préstamo, porque a mí no me lo daban. Y luego, cuando tu madre murió… yo no pude devolverlo como tocaba. Y él… él se enfadó. Me dijo de todo. Me dijo que yo le había arruinado. Y yo le dije que se buscara la vida.
Marta se llevó una mano a la boca.
—¿Por eso lo echaste de la familia?
—Yo no lo eché… —dije, pero era mentira a medias—. Bueno, sí. Le dije que no volviera.
Leila estaba blanca.
—¿Y la casa del pueblo? —preguntó—. ¿Qué tiene que ver?
Yo miré al suelo.
—La casa está a mi nombre y al de Emilio —solté—. La heredamos los dos. Pero yo… yo la he estado usando como si fuera solo mía. Porque si la vendíamos, había que repartir. Y yo necesitaba… necesitaba tener algo. Algo que no me quitaran. Algo que me recordara a mi padre. Y también… sí, también por miedo. Porque si se vendía, Emilio iba a venir. Y yo no quería verle.
Marta empezó a andar por la cocina de un lado a otro.
—O sea, que nos has tenido aquí, apretando, para no afrontar una discusión con tu hermano.
—No es solo eso —dije—. Si vendíamos, la mitad era suya. Y con la deuda… podía embargar. Podía liarla. No sé. Yo… no sabía.
—No sabías o no querías saber —me escupió Marta.
Leila, con los ojos llenos, dijo:
—Entonces mamá tenía razón.
Eso me rompió más que los gritos. Porque era la niña poniendo sello.
—Yo no soy un ladrón —dije, subiendo la voz sin querer—. Yo he trabajado toda mi vida.
—Ya, papá —Marta bajó un poco el tono—. Y yo no digo que no te hayas partido el lomo. Pero nos has mentido. Nos has hecho creer que Emilio era un monstruo y que tú eras… no sé, el que aguantaba. Y resulta que él te ayudó.
—También me humilló —dije—. Me llamó irresponsable. Me dijo que mamá estaría mejor sin mí. Y yo… yo no se lo perdoné.
Marta se quedó quieta.
—¿Y si tenía parte de razón?
Me dolió como una bofetada, porque… pues porque igual sí. Y a la vez me salió defenderme.
—¿Y tú qué? ¿Me vienes ahora con lecciones cuando tu marido lleva un año sin trabajar?
Marta se puso roja.
—¡No metas a Óscar aquí!
—¡Pues claro que lo meto! —dije—. Porque aquí todo el mundo pide, pide, pide. Y nadie quiere asumir que vender no es magia. Que Hacienda te cruje. Que hay plusvalías. Que hay papeleo. Que luego el dinero vuela.
—Papá, no estamos pidiendo un yate —dijo Marta, ya llorando—. Estamos pidiendo respirar.
Leila se sentó en el suelo, al lado de la nevera, como si le fallaran las fuerzas. Me levanté rápido.
—No te sientes ahí, hija, que está frío.
—Déjame —dijo, sin mirarme.
Marta se limpió la cara con la manga.
—Mañana llamo a Emilio —dijo.
—No —dije yo, automático.
—Sí —dijo ella—. Porque es su casa también. Y porque esa deuda… la vamos a aclarar. Y porque yo necesito saber quién es mi tío de verdad, no la versión que tú has contado.
Ahí me salió el orgullo otra vez.
—Si lo llamas, olvídate de mí.
Marta me miró, como diciendo “¿en serio?”. Y me dolió, porque me vi desde fuera: un viejo terco amenazando a su hija.
Leila levantó la cabeza.
—Abuelo, ¿me estás diciendo que prefieres estar solo a que estemos bien?
Me quedé mudo. Porque lo peor es que, en ese segundo, no supe qué contestar sin quedar como un monstruo.
Al final, esa misma noche, fue Leila la que hizo algo que no me esperaba: se metió en el cuarto y, desde su móvil, buscó a Emilio en Facebook. Al día siguiente, cuando yo me desperté, había un mensaje en la pantalla del salón, en el WhatsApp de Marta.
“Soy Emilio. ¿Qué pasa ahora?”
Me entraron sudores.
Marta me miró y dijo:
—Leila le escribió. Yo solo… le contesté.
—¿Tú has hecho eso? —le dije a Leila.
Ella encogió los hombros.
—Alguien tenía que hacerlo.
Y lo peor es que, cuando por fin hablamos con Emilio por videollamada, no era el ogro que yo había pintado. Estaba mayor, con barriga, trabajando de conserje en un instituto en L’Hospitalet. Y cuando vio mi cara se quedó serio, pero no empezó gritando.
—Hola, Julián —dijo—. ¿Sigues vivo, eh?
—Aquí —dije.
Marta fue al grano.
—Tío, perdona que sea así. ¿La casa del pueblo está a medias? ¿Y qué deuda es esta?
Emilio miró a Leila.
—¿Esta es mi sobrina-nieta? —preguntó, y se le ablandó la voz—. Madre mía.
Luego me miró a mí.
—No te voy a hundir, Julián —dijo—. Si te hubiera querido hundir, lo habría hecho hace veinte años.
Yo me quedé clavado.
—Entonces… ¿por qué la notaría? —dijo Marta.
—Porque yo también tengo mis líos —admitió Emilio—. Estoy divorciado. Tengo una hija en la uni. Y sí, he pensado en arreglar papeles. No para quitaros nada. Para que esto no sea un marrón cuando uno falte.
Silencio.
—¿Y el préstamo? —pregunté yo, ya con la voz rota.
Emilio soltó aire.
—Yo lo pagué, Julián. Lo pagué casi todo. Me quedé años apretando. Y tú ni gracias. Y luego ibas por ahí diciendo que yo era un interesado.
Marta abrió los ojos.
—¿Lo pagaste tú?
—Sí —dijo Emilio—. Y la carta esa será porque faltan intereses o algo, no sé. Habría que verlo. Pero que sepáis una cosa: yo no soy un santo. Yo también pasé factura. Yo me alejé porque me dolía y porque me venía bien hacer mi vida sin ti encima. Pero tampoco soy el demonio.
Leila dijo, muy bajito:
—Entonces mi abuelo…
—Tu abuelo se cagó de miedo —dijo Emilio, mirándome—. Y le pudo el orgullo.
No supe ni enfadarme. Porque era verdad.
Ahora estamos en medio de todo: abogado, papeles, hablar con la notaría, ver si se vende la casa o si se alquila, si se arregla algo mínimo… Óscar dice que si se vende es “la solución”, pero yo lo veo y pienso que él también está esperando que caiga dinero sin moverse mucho. Marta dice que no, que no sea injusto, que él está deprimido y tal. Y yo ya no sé. A ratos me digo “pobrecillo, si yo también he pasado baches”. A ratos me dan ganas de gritar.
La casa del pueblo, al final, igual se vende. Emilio ha dicho que si se vende, él quiere su parte, normal. Y Marta me ha dicho que si hace falta, ella renuncia a parte de lo suyo para pagar el aparato de Leila y ponerse al día, pero que no piensa seguir viviendo en un piso de alquiler con miedo.
Y yo estoy aquí, con mi café otra vez frío, pensando que he querido proteger a los míos y al final lo que he hecho es atarlos a mis secretos. Pero también pienso: yo he sostenido muchas cosas solo, y nadie vio eso.
No sé. Igual he sido un cabezón. Igual Marta también se ha pasado empujando. Igual Óscar tendría que espabilar. Igual Emilio también guardó lo suyo.
Si fuerais vosotros… ¿venderíais la casa para respirar ya, aunque eso signifique abrir heridas viejas y aceptar que yo he hecho las cosas mal, o intentaríais otra salida aunque sigamos justos un tiempo más?