La casa que compramos con ilusión y acabó con la Policía Local en la puerta cada dos por tres
“O bajas la música ya o te juro que te reviento la puerta”.
Eso se lo solté yo a Javi, el del 2ºB, en el rellano, con el corazón a mil. Y justo en ese momento se abre el ascensor y salen dos de la Policía Local, los mismos de siempre, con esa cara de “¿en serio otra vez?”.
—Señora, por favor… —me dice uno, Dani, que ya me llama por mi nombre de tantas veces.
—Es que no es normal —digo yo, señalando la puerta del 2ºB—. No es normal un martes a las doce y media de la noche con los bajos retumbando.
Javi abre la puerta con una sonrisa como de chulo, pero luego lo ves y está hecho polvo, con ojeras, camiseta vieja…
—¿Ves? Ni música tengo, tía. Es la tele. Y además tú llevas semanas provocando —me suelta.
—¿Provocando yo? ¿Yo? —me sale la risa esa nerviosa—. Si no pegamos ojo desde que entraste.
Los agentes entran un momento, hacen lo de siempre: “bajen el volumen”, “descansen”, “esto es convivencia”. Y se van. Y yo me quedo ahí, en el rellano, con mi bata, pensando que nuestra “casa para empezar de cero” se nos está yendo por el desagüe.
Compramos este piso en Parla hace un año y pico. Nada de lujo, un tercero sin ascensor (bueno, sí hay, pero se estropea más que funciona), pero tenía luz, dos habitaciones y estaba cerca del Cercanías. Hipoteca a 30 años con CaixaBank, un fijo que nos vendieron como si fuera un premio. Yo trabajo en una gestoría en Getafe y mi pareja, Luis, está de técnico en una empresa de mantenimiento. Tenemos una niña, Alba, de seis.
El piso era de una señora mayor que falleció. Lo compramos “barato” porque necesitaba reforma. Barato entre comillas, claro. Mis padres nos ayudaron con algo, y el resto a apretar.
Al principio el problema era “solo” el ruido. Javi y su novia, Nerea, parecían vivir de noche. Gente entrando y saliendo, risas, portazos. La primera vez bajé educada.
—Oye, perdona, es que la niña mañana tiene cole…
—Sí, sí, ahora bajamos —me dijo Nerea, y me cerró sin mirarme.
La segunda vez ya subió Luis.
—Mira, tronco, que no es por tocar los narices, pero…
—Tú no me hables así en mi casa —le contestó Javi, y se puso a grabarle con el móvil.
A partir de ahí todo fue a peor. Notas en el portal. Quejas en el grupo de WhatsApp de la comunidad. “Ruidos a las 3:17”, “Olor a porro en la escalera”, “Han vomitado en el descansillo”. Y siempre parecía que era el 2ºB.
Pero luego empezaron las “cosas raras” con nosotros. Una mañana encontré el coche con un rayón largo, como con llave. Otra, la cerradura del portal llena de pegamento. A Alba le apareció una caca de perro en la alfombrilla de casa. Y yo, lo siento, pero pensé lo que pensé.
—Han sido ellos —le decía a Luis—. Es que es de manual.
Luis no me llevaba la contraria, pero estaba como… callado.
Un día, después de otra noche horrible, llamamos a la Policía Local otra vez. Vinieron, levantaron acta, hablaron con Javi. A los dos días, Javi nos esperaba abajo, en la puerta.
—¿Así que llamando a la poli, eh? —me dice—. Muy valiente.
—Si no respetas, ¿qué quieres que haga? —le solté.
—Respetar… —se rió—. Tú te crees que no sé lo de tu piso.
Ahí me quedé seca.
—¿Qué dices?
—Que tú no deberías ni estar aquí. Pregunta en la comunidad. Pregunta por Paqui, la del 1ºA. Ella te lo cuenta.
Esa noche me explotó la cabeza. Yo pensaba: “¿Qué sabe este?” Me dio por bajar a hablar con Paqui, que es de las que se sientan en la silla del portal en verano y se entera de todo.
—Ay, hija… —me dijo, bajando la voz—. No te lo quería decir porque ya bastante tenéis con la cría y el curro. Pero aquí… antes pasaron cosas.
Y me suelta que la señora mayor, la dueña anterior, estuvo años con problemas con unos sobrinos. Que si denuncias, que si discusiones en el portal, que si alguien se metía en el piso cuando ella estaba en el médico. Que una vez vino la Policía Nacional, no la Local. Que hubo una orden de alejamiento para un familiar. Yo flipando.
—Pero eso… eso no sale en el notario, ¿no?
—A saber, hija. Lo que te digo es que este bloque está gafado.
Volví a casa con un nudo en el estómago. Y ahí Luis, raro, en el salón, con el portátil abierto, como esperando.
—¿Qué pasa? —le dije.
—Tenemos que hablar —me soltó, y ya cuando alguien te dice eso te entra un frío.
Se quedó mirándome y me dice:
—Javi… no está bien. Y no solo por la fiesta.
—Ya, claro, pobrecito, y nosotros a aguantar.
—No, escúchame… —y se pasa la mano por la cara—. Yo le conozco.
—¿Cómo que le conoces?
—De antes. Del barrio. De cuando yo era más joven.
Me empezó a contar, a trompicones, que Javi y él se movían por la misma gente, que hubo líos, que Javi tuvo una temporada mala, de deudas, apuestas… y que hace unos meses, antes de mudarnos, Javi le escribió por Instagram a Luis pidiéndole “un favor”.
—¿Un favor? —yo ya estaba que me temblaban las manos.
—Que si conocía a alguien que le alquilara algo barato porque lo echaban de donde estaba. Y yo… yo le dije que justo tú y yo íbamos a comprar un piso en su bloque. Sin pensar.
—¿Sin pensar? ¿Me estás diciendo que tú le dijiste dónde íbamos a vivir?
—No pensé que fuera a acabar ahí. Te juro que no.
Pues acabó ahí. A las pocas semanas, Javi apareció en el 2ºB. Y yo, que no sabía nada, pensando que era mala suerte.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue lo que encontré dos días después, buscando un recibo en un cajón. Una carpeta con papeles del banco, y entre ellos un pantallazo impreso de una conversación de WhatsApp… entre Luis y Javi. No reciente. De hacía meses.
“Te debo 2.000. En cuanto cobre lo arreglo. No digas nada.”
Y Luis contestando: “Vale, pero no me metas en líos. Lo del piso no lo menciones.”
Se me fue la sangre a los pies. 2.000 euros. Y “no lo menciones”.
Cuando le encaré, se puso rojo.
—¿Qué es esto, Luis?
—Una cosa antigua.
—¿Antigua? ¿Me has escondido que le dejaste dinero a este tío?
—No era “dejar”, era… —se quedó callado—. Fue una deuda. Yo también le debía a él antes. Y lo arreglamos así.
—¿Cómo “lo arreglamos así”?
—Mira, yo lo que quería era que no nos molestara. ¿Vale? Yo pensaba que si estaba cerca y… si estaba contento…
Ahí lo entendí y me dio un asco que no te lo puedes imaginar. Luis, sin decírmelo, había intentado “comprar paz” con alguien que tiene el botón del caos.
Y claro, yo había estado llamando a la Policía, montando el numerito, señalando a Javi como si fuera el demonio… sin saber que mi pareja llevaba meses con un pacto raro con él.
Pero ojo, que Javi tampoco es tonto. A la semana de enterarme yo, me dejó una nota bajo la puerta: “Si seguís con la policía, saco lo tuyo.”
“Lo tuyo”. Ni “lo de Luis”. “Lo tuyo”. Como si yo también tuviera algo que esconder.
Me entró paranoia, lo confieso. Pensé en la hipoteca, en Alba, en que si esto se hace público igual el banco, igual la comunidad, igual mis padres… no sé, me hice películas. Y a la vez me daba rabia porque, joder, ¿qué he hecho yo? Trabajar, criar a mi hija y querer dormir.
Luis me decía:
—No le hagas caso, está metiendo miedo.
—¿Y por qué puede meternos miedo? —le contesté—. ¿Porque tú has ido por detrás?
Y aquí viene otra cosa que me cambió la visión. Un sábado por la mañana, escuché golpes en el piso de Javi, como de pelea. Gritos de Nerea: “¡Suéltame!” Llamé al 112. Vinieron, y cuando salieron, vi a Nerea con el ojo hinchado, pero diciendo que “se había caído”. Javi temblando, llorando, diciendo que no quería volver “a lo de antes”. Los policías le hablaron distinto, como con cuidado.
Y yo, que lo odiaba, me vi pensando: “Este tío está fatal. Igual no es solo un vecino fiestero. Igual hay algo gordo.”
Desde entonces han bajado las fiestas, pero han subido las miradas. En el portal nadie se fía de nadie. Paqui suelta indirectas. En la comunidad nos dicen que si seguimos llamando a la policía nos van a pasar “parte de los gastos” por “mal uso”. No sé ni si eso es legal, pero lo dicen. Luis y yo estamos a la gresca. Él dice que lo hizo por “protegernos”. Yo digo que nos ha puesto una diana.
Ayer, después del episodio del rellano, Luis me soltó:
—Si quieres vendemos y nos vamos.
—¿Y perder todo lo que hemos metido? ¿Y la hipoteca? ¿Y mis padres? —le dije.
—Pues entonces deja de provocar a Javi.
Ahí me giré y le dije:
—La que vive con miedo soy yo. Y la niña. Y tú lo sabes.
Y me fui al cuarto de Alba a verla dormir, con la mochila del cole preparada, como si eso arreglara algo.
Ahora estoy aquí, escribiendo esto con el móvil, con el zumbido del portal en la cabeza, pensando si estoy siendo una exagerada o si de verdad estamos metidos en una mierda de la que no se sale fácil. Porque Javi es un problema, sí, pero Luis también la ha cagado. Y yo tampoco soy una santa, porque he señalado, he gritado, he llamado a la policía mil veces sin saber lo que había detrás.
No sé si seguir denunciando y que reviente todo, o tragar y buscar una salida sin montar más guerra… ¿Vosotros qué haríais si vuestro vecino os amenaza y encima descubrís que tu pareja le debía favores y os lo ocultó?