Cuando intentamos arreglarlo mandando a mi hijo “una temporada” al pueblo, y nos rompimos por dentro
—Lo mejor sería que Dani se vaya una temporada con tus padres a Cuenca —dijo Mark, así, como si me estuviera proponiendo cambiar de compañía de luz.
Me quedé con el vaso en la mano, sin saber si reírme o tirárselo. Mi hijo no se llama Timothy, se llama Dani, Daniel, y tiene once años. Y la hija de Mark, Avery… aquí es Ainhoa, trece, de su primer matrimonio. Lo digo porque hasta eso me molestó de la frase: “tus padres en Cuenca”, como si fueran un recurso, un trastero.
—¿Perdona? —le solté—. ¿Que mi hijo se vaya? ¿Y Ainhoa qué? ¿Se queda aquí tan tranquila?
Mark se pasó la mano por la cara. Estaba con la camisa del curro arrugada, venía tarde otra vez. Trabaja de encargado en un almacén logístico en el Polígono de Vallecas y últimamente entra como un toro, cansado y con mala leche.
—No he dicho “tan tranquila”. He dicho que aquí no hay paz. Cada día es una bronca. Tú lo sabes.
Y sí, lo sabía. Dani y Ainhoa no se pueden ni ver. Que si le ha cogido el cargador, que si le ha tocado la consola, que si “tu hijo es un pesado”, que si “tu hija es una borde”. Y yo en medio, currando en una gestoría, llegando a casa y con la cabeza ya reventada.
Esa misma tarde, sin ir más lejos, Ainhoa le había dicho a Dani delante de mí:
—Eres un niño rata. Ojalá te fueras con tus abuelos al pueblo y nos dejaras en paz.
Dani se puso rojo, tiró el cojín al suelo y se encerró en su cuarto dando un portazo. Yo fui detrás, pero Mark me frenó desde el pasillo.
—Déjalo. Se le pasará.
—A ti se te pasa todo —le contesté—. Y luego me toca a mí recoger los trozos.
La cena fue un desastre. Ainhoa comía mirando el móvil, Mark diciendo “Ainhoa, el móvil” sin ganas, y yo mirando a Dani, que ni tocó la tortilla.
Entonces Mark soltó lo de Cuenca.
—¿Te estás escuchando? —le dije bajito, porque Ainhoa estaba ahí, pero ella se hacía la sorda—. ¿Quieres mandar a mi hijo fuera porque no te apetece poner límites a la tuya?
—No es eso —Mark apretó la mandíbula—. Es que Dani está todo el día provocando.
—¿Provocando? ¿Por existir?
Ainhoa levantó la vista y se metió:
—Mamá dice que con vosotros no se puede vivir.
Ahí me quedé helada.
—¿Qué mamá? —dije, aunque sabía perfectamente que era Silvia, su ex.
Mark le lanzó una mirada a Ainhoa de “cállate ya”. Pero ella ya estaba en modo disparo.
—La mía. Que tú te haces la guay pero no me quieres. Que preferirías que yo no viniera.
—Eso no es verdad —dije, y me salió más fuerte de lo que quería—. Yo llevo cuatro años tragando con horarios, con cambios, con tus findes sí, tus findes no, con tus “yo en casa de mamá hago lo que quiero”…
—¿Ves? —Ainhoa se cruzó de brazos—. Siempre es “yo, yo, yo”.
Mark golpeó la mesa con la palma.
—Ya está. Basta.
Y yo, que soy de aguantar hasta que reviento, reventé.
—No. Basta no. Me estás diciendo que mi hijo se vaya de su casa. De SU casa.
Mark se levantó, cogió el plato y lo dejó en el fregadero con un golpe.
—Es que esto no es sostenible, Laura. No lo es.
—Ah, claro, y la solución es quitar de en medio al pequeño. Muy valiente.
Dani salió del cuarto en calcetines, con la cara de haber llorado y el pijama puesto.
—¿Me vais a mandar con los yayos? —preguntó.
Se me hizo un nudo en la garganta. Miré a Mark esperando que, no sé, dijera algo humano. Pero se quedó callado. Ainhoa miraba al plato otra vez, como si no fuera con ella.
—No, cariño —dije yo—. Nadie va a mandarte a ningún sitio.
Mark me miró con esa cara de “otra vez desautorizándome”.
—No le mientas —dijo—. Estamos hablando.
—Pues habla sin él delante.
Al final, Ainhoa se fue a su habitación dando un portazo también. Dani se quedó quieto, como si estuviera esperando sentencia.
—Vete con la tablet al cuarto, Dani —le dije—. Ahora voy.
Cuando se fue, Mark bajó la voz.
—Tus padres en Cuenca estarían encantados. Allí tiene campo, aire, no esta ratonera. Aquí estamos los cuatro en setenta metros.
Y sí, vivimos en un piso pequeño en Carabanchel. Alquiler por las nubes. Yo metí a Mark aquí cuando nos casamos porque el suyo estaba hipotecado y lo acabó vendiendo tras el divorcio, según me contó.
—No uses lo del piso para justificar esto —le dije—. Si te molesta, lo hablamos, pero no me toques al niño.
Mark tragó saliva.
—No es solo el piso.
—¿Qué más?
Se quedó un segundo mirando al suelo.
—Silvia… está pensando pedir la custodia completa de Ainhoa.
—¿Y eso qué tiene que ver con Dani?
—Que si nos mete en juicio y vienen a evaluar, y ven este ambiente… nos la quitan. Y yo no voy a perder a mi hija.
Me quedé tiesa.
—¿Me estás diciendo que quieres apartar a mi hijo para que un informe salga bonito?
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga? Es exactamente eso.
Mark se puso nervioso, empezó a abrir cajones como si buscara algo.
—No entiendes nada. Silvia tiene abogado. Y Ainhoa… Ainhoa le cuenta cosas. Cualquier bronca, cualquier grito… y adiós.
Me dio un vuelco el estómago.
—¿Ainhoa está… reportando?
—Es una cría —dijo Mark—. Está en medio.
—Pues Dani también está en medio, Mark.
Se hizo un silencio raro. Y ahí soltó otra.
—Además, tus padres… tu madre ya me dijo que ella se lo llevaba encantada. Que aquí el niño no está bien.
—¿Mi madre te dijo qué?
Me ardieron las orejas. Mi madre, Carmen, siempre con su “en Madrid se os va la vida”, y mi padre, Julián, con lo de “en el pueblo los niños están más sueltos”. Pero de ahí a hablar con mi marido a mis espaldas…
Cogí el móvil y llamé a mi madre en ese momento, sin pensarlo. A las diez de la noche.
—¿Qué haces, hija? —contestó medio dormida.
—Mamá, ¿tú le has dicho a Mark que te llevas a Dani?
Silencio.
—Laura… es que… Mark me llamó el otro día.
Miré a Mark. Él se quedó pálido.
—¿Te llamó? —dije.
—Yo solo quería buscar opciones —murmuró él.
Mi madre al teléfono:
—Hija, no te enfades. Me dijo que estabais fatal, que el niño lloraba, que la niña lo insultaba…
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que aquí estaría bien. Que tu padre lo llevaría al cole del pueblo, que…
—¿Qué cole? —casi grité—. ¡Si Dani tiene su cole aquí, sus amigos, su vida!
—Laura, si solo es una temporada…
Colgué. Me temblaban las manos.
—Has llamado a mi madre para preparar esto —le dije a Mark—. ¿Desde cuándo?
—Desde que Dani le empujó a Ainhoa en el pasillo y casi se cae por las escaleras —dijo Mark, y ahí me frené.
—¿Qué? —susurré—. Eso no pasó.
—Sí pasó. Yo lo vi.
Me quedé en blanco. Porque yo ese día estaba en el baño, y cuando salí solo vi a Ainhoa llorando y a Dani diciendo “no he sido”. Yo… le creí. Porque es mi hijo. Porque lo veía asustado.
—Dani dijo que no —dije, y me salió flojo.
—Claro. Y tú le crees a pies juntillas. Igual que yo le creo a Ainhoa.
Nos miramos como dos tontos, los dos defendiendo a los nuestros, y a la vez… sabiendo que igual ninguno veía todo.
Esa noche entré al cuarto de Dani y me senté en la cama.
—Dani, lo de las escaleras… ¿tú empujaste a Ainhoa?
Me miró con los ojos enormes.
—Solo… solo quería pasar. Ella no se quitaba y me dijo “muérete”. Y yo… la aparté.
—¿La apartaste o la empujaste?
Dani se encogió.
—No sé. Fue rápido.
Y me dio rabia, porque no era una confesión clara, pero tampoco era mentira del todo. Luego me dijo otra cosa, casi en un susurro:
—Mamá, Ainhoa me ha dicho que si me voy con los yayos, papá —o sea Mark— estará más contento. Que así no discutís.
Me quedé quieta. Porque ahí entendí que Ainhoa también estaba cargando con cosas que no le tocaban.
Al día siguiente, Mark y yo discutimos otra vez, ya sin niños. Yo le dije que ni de coña iba a “mandar” a Dani. Él me dijo que yo no estaba viendo que la convivencia era una bomba y que él no iba a perder a su hija por orgullo.
—¿Orgullo? —le solté—. ¿Y tú qué? ¿Qué es lo tuyo? Porque parece que lo tuyo siempre pesa más.
—Lo mío es no hundirnos —dijo—. Si Dani se va con tus padres, aquí baja la tensión. Y luego… ya veremos.
—Luego ya veremos… —repetí—. Eso es lo que dices cuando quieres que algo se quede así para siempre.
Y ahí me salió lo peor:
—Igual es lo que quieres. Que me quede yo también a ratos, como tu hija. Y ya está.
Mark me miró como si le hubiera pegado.
—No seas injusta.
Pero es que… ¿soy injusta? No lo sé. Porque también es verdad que Dani está imposible últimamente, contestón, pegado a la pantalla, y que a mí se me está yendo de las manos. Y mis padres en Cuenca podrían ayudar. Pero una cosa es ayuda y otra es destierro.
Al final, Mark se fue a dormir al sofá dos noches. Ainhoa se fue con su madre antes de lo que tocaba “porque allí está más tranquila”. Y Dani no para de preguntarme si lo voy a mandar “al pueblo”.
Yo he pedido cita con la orientadora del cole y he mirado terapia familiar en el centro de salud, pero las listas… ya sabéis. Mark dice que no hay tiempo, que lo de Silvia va en serio.
Y aquí estoy, con la sensación de que si cedo traiciono a mi hijo, y si no cedo igual pierdo a mi marido y Ainhoa desaparece de nuestra vida. No me gusta cómo ha actuado Mark, pero también veo que está acojonado y que no todo es maldad. Y lo de mi madre hablando con él… todavía no lo trago.
No sé. Igual mandar a Dani con mis padres un mes en verano sería hasta bueno, pero hacerlo “para que la evaluación salga bien” me parece… sucio.
¿Qué haríais vosotros: aceptaríais que vuestro hijo se fuera una temporada con los abuelos para bajar el conflicto, aunque suene a apartarlo, o plantaríais cara aunque eso pudiera romper la familia por completo?