“No puedo más con mi madre, pero decirlo en voz alta me hace sentir la peor hija del mundo”
“Llévatela tú unos meses, porque yo ya no puedo más”. Eso me soltó mi hermana en la cocina de casa de mi madre, con el tupper de lentejas en la mano, como si estuviera hablando de turnarnos una planta y no de una persona.
Y lo peor es que no pude contestarle al momento, porque una parte de mí pensó: igual tiene razón, igual la que está fallando soy yo.
Mi madre tuvo un ictus el año pasado. No quedó en cama, pero ya no puede estar sola del todo. Hay días que se apaña para calentarse un café, poner la tele y poco más, y otros en los que se desorienta, se deja el gas abierto o me llama cinco veces seguidas porque no encuentra las gafas y las lleva puestas. Cobra una pensión normalita de viudedad y con eso y poco más vamos tirando. Pedimos la ayuda de dependencia, pero ya sabéis cómo va eso. Valoración, papeles, espera y mientras tanto la vida.
Al principio dijimos entre las dos que nos organizaríamos. Mi hermana vive en Móstoles, yo en Alcorcón. Parecía hasta fácil. Una semana una, otra semana otra, médicos compartidos, compras, farmacia, todo hablado. Pero las cosas habladas en una mesa luego se chocan con la vida real.
Yo teletrabajo tres días para una gestoría y dos tengo que ir a la oficina. Mi hermana trabaja en una tienda en un centro comercial y tiene horarios partidos. Ella siempre dice que lo suyo también es una paliza, y yo la creo. El problema es que al final la que estaba siempre disponible era yo. “¿Puedes llevarla al centro de salud?” “¿Puedes esperar al técnico de la teleasistencia?” “¿Puedes quedarte esta noche que yo mañana madrugo?” Y yo decía que sí. A veces resoplando, pero sí.
También porque cometí el error de no poner límites desde el principio. Pensaba: ahora es una mala racha, luego nos equilibramos. Y no. Se fue quedando así.
Mi madre, además, conmigo se deja hacer más. Con mi hermana discute. “No me mandes”, “no me hables como a una niña”, “yo en tu casa no me quedo”. En cambio, si voy yo, protesta menos. O eso creía.
Hace dos semanas me llamó la vecina del quinto porque mi madre había salido al rellano en zapatillas diciendo que tenía que ir a por mi padre al taller. Mi padre murió hace nueve años. Fui corriendo, la metí en casa, y cuando por fin se durmió me senté en el suelo del pasillo y me puse a llorar. No por pena solo. Por miedo. Porque pensé: como esto vaya a más, ¿qué hago yo sola?
Se lo dije a mi hermana esa misma noche.
“Tenemos que mirar una residencia o, por lo menos, una persona unas horas”.
Y ella saltó enseguida.
“Claro, como tú no quieres cargar.”
Le dije: “Perdona, cargar ya estoy cargando”.
Y me respondió: “Ya, pero tú siempre has querido controlarlo todo. Decidir médicos, decidir compras, decidir hasta cuándo se cambia una sábana. Luego no digas que lo haces sola”.
Eso me dolió porque era verdad a medias. Muchas veces no le preguntaba, hacía las cosas y luego avisaba. Si el neurólogo daba cita, la cogía. Si había que hablar con el banco, iba yo. Si venía la trabajadora social, estaba yo. En parte porque ella no podía algunas veces. En parte porque yo tampoco confiaba en que lo hiciera como yo quería. Y al final eso también pasa factura.
Pero una cosa no quita la otra. Llevo meses durmiendo con el móvil en sonido por si mi madre llama. Dejé de quedar con amigas. Mi marido está harto, y con razón. No porque no quiera ayudar, sino porque nuestra vida ahora gira alrededor de esto. Hace poco me dijo en la cena: “No sé si en esta casa vivimos nosotros o vive la urgencia”. Me sentó fatal, pero tampoco mentía.
Lo que terminó de rematarme fue enterarme de que mi hermana sí había estado mirando residencias por su cuenta. No para decidir juntas, sino para ver precios y decir desde ya que ella no podía poner ese dinero.
“¿Y eso no me lo ibas a contar?” le pregunté.
“¿Para qué? Si tú ibas a decir que no. Siempre dices que mamá en una residencia se muere de pena”.
Y sí, eso lo he dicho muchas veces. Porque mi madre siempre repetía que mientras pudiera quería estar en su casa. Y a mí se me quedó grabado como una promesa. Pero una promesa hecha cuando una no sabe lo que viene.
Entonces salió otra cosa que yo no sabía. Mi hermana me dijo que llevaba meses pagando a una chica del barrio para ir dos tardes a hacerle compañía a mi madre cuando a ella le coincidía fatal. Poca cosa, en negro, y sin decirme nada porque, según ella, estaba cansada de que yo revisara todo y pusiera pegas.
Me quedé helada. Primero me enfadé muchísimo. Luego pensé que igual ella también estaba intentando sobrevivir como podía. Pero claro, me dio rabia haberme sentido sola mientras ella hacía cosas por detrás. Y supongo que ella lleva tiempo sintiendo que yo la apartaba.
El sábado pasado tuvimos la conversación fuerte. Mi madre estaba en el salón medio dormida, con la tele puesta sin enterarse, y nosotras en la cocina susurrando y atacándonos como dos crías.
Mi hermana me dijo: “Yo no puedo perder mi trabajo por esto”.
Y yo le solté: “¿Y yo sí?”
Me dijo: “Es que tú no tienes hijos”.
Y eso fue feo, porque sabe que ese tema me toca. Pero también es verdad que ella tiene dos y yo no, y su vida no se organiza igual. Le contesté fatal. Le dije que usaba a sus hijos como escudo para no arrimar el hombro. En cuanto lo dije me arrepentí.
Nos quedamos calladas. Luego mi madre se despertó y desde el salón dijo: “¿Os vais a poner otra vez a hablar de mí como si no estuviera?”.
No sé cómo explicar ese momento. Vergüenza, pena, cansancio, todo junto. Porque tenía razón. Ella está perdiendo cosas, sí, pero no es un mueble que movemos de un lado a otro.
Desde entonces estamos más frías. Hemos pedido cita en Servicios Sociales otra vez para insistir con la dependencia y mirar ayuda a domicilio, aunque tarde. También hemos ido a ver un centro de día en el municipio, para empezar por algo intermedio. Mi madre un día dice que ni hablar y otro pregunta si allí hacen gimnasia. O sea, ni ella misma sabe.
Yo sigo sintiéndome culpable por querer aire, por querer una noche sin sobresaltos, por imaginar incluso que igual en un sitio con profesionales estaría mejor atendida que conmigo medio rota. Y al mismo tiempo me da miedo convertirme en esa persona que solo aguanta y aguanta hasta quedarse sola del todo, sin pareja, sin amigas y sin fuerzas.
No creo que mi hermana sea una egoísta, pero tampoco creo que yo sea una hija desalmada por admitir que no puedo con todo. Supongo que las dos hemos llegado tarde a decir la verdad.
Ahora mismo lo único que tengo claro es que querer mucho a alguien no siempre te da la capacidad de cuidarlo bien tú sola. ¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede buscar un poco de paz sin sentir que estás abandonando a tu madre?