Desde que mi suegra dijo que traía mala suerte, ya no sé si debo irme o plantar cara
—No cojas al niño, déjalo —me dijo Pilar, mi suegra, apartándome la mano como si yo quemara.
Lo dijo bajito, pero delante de mi marido, Dani, y de mi cuñado, Javi. Estábamos en la cocina de su casa en Móstoles, con la tortilla a medio hacer y mi hijo llorando en la trona. Yo me quedé mirándola, pensando que igual había oído mal.
—¿Perdona?
Pilar ni me miró. Siguió dándole la vuelta a la tortilla y soltó:
—Cuanto menos lo toques hoy, mejor.
Dani dijo: —Mamá, ya está bien.
Pero lo dijo de esa forma suya, floja, para cumplir. Y ahí ya me subió todo.
—No, perdona, ¿qué pasa hoy? ¿Qué pasa siempre conmigo en esta casa?
Javi hizo eso tan típico de meterse por medio sin meterse.
—Venga, Laura, no empecemos.
Pues empecé. Claro que empecé. Porque no era la primera. Desde que me casé con Dani hace cuatro años, a Pilar le dio por decir que desde que llegué yo todo se torció. Primero cerró la gestoría donde trabajaba Dani, luego a Javi le dio una avería gorda en la furgoneta, después lo del ictus de su hermana Marisa y, ya remate, el embarazo mío que acabó en aborto antes de tener al niño. Todo eso, mezclado en su cabeza, era «la racha». Y yo, al parecer, la racha con piernas.
Yo siempre he tirado por lo racional, o eso intento. Mi madre me decía: «Ni caso, la gente cuando tiene miedo se agarra a cualquier tontería». Pero una cosa es decirlo y otra aguantar que en Navidad te pongan de broma aparte para no romper la racha de las uvas, o que si se cae un vaso te miren a ti. Al principio lo llevaba con ironía. Luego ya no.
Ese día, además, yo venía de currar en la residencia de mayores, doblando turno, sin dormir casi nada. Y había ido porque Pilar insistió en que comiéramos todos juntos para hablar de «lo del piso de la abuela». Pensé que por fin iba a ser una conversación normal. Ja.
—Dilo claro —le dije—. Dilo delante de todos.
Pilar dejó el plato en la encimera.
—Pues claro que lo digo. Desde que tú estás aquí no levantamos cabeza. Y hoy precisamente no quiero que cojas al niño porque le van a dar los resultados de la prueba de alergia y bastante tenemos ya.
Me eché a reír, de los nervios.
—O sea, que si sale mal, ¿es culpa mía también?
—He dicho que bastante tenemos.
Dani se puso entre las dos.
—Laura, vámonos.
Y eso me dolió más que lo otro, la verdad. Ni defenderme ni nada. Vámonos. Como si yo fuese el escándalo.
Nos fuimos, sí, pero en el coche la liamos. Yo llorando, él callado, el niño dormido atrás.
—Di algo, Dani.
—¿Qué quieres que diga? Mi madre está mal de la cabeza con esto desde lo de mi tía.
—Pues paras. Le paras los pies.
—No es tan fácil.
—Para mí sí ha sido fácil tragar, ¿no?
Entonces soltó algo que me dejó seca.
—También estás obsesionada, Laura.
Ahí ya pensé: mira, hasta aquí. Le dije que me llevaba al niño a casa de mi hermana en Alcorcón unos días. Él me dijo que no dramatizara. Yo me fui igual.
Y al día siguiente me llamó Javi. Jamás me llama si no es por algo.
—Laura, hay cosas que no sabes.
Cuando alguien te dice eso, malo.
Quedamos en un bar cerca de la estación. Javi estaba incómodo perdido. Me contó que lo del piso de la abuela no era solo repartir y ya. La abuela, antes de morir, había dejado un testamento viejo en el que el piso de Carabanchel iba para los dos hijos, Pilar y su hermana Marisa. Pero luego hubo otro, hecho unos meses antes de morirse, en el que se lo dejaba a Dani. A mi marido. Y eso nadie me lo había dicho.
—¿Y por qué? —le pregunté.
Javi miró la mesa.
—Porque tu suegra cuidó a la abuela, sí, pero quien pagó la residencia privada los últimos meses fue Dani. Con un préstamo.
Yo no entendía nada.
—¿Qué préstamo?
—Uno que pidió cuando cerró la gestoría. Bueno… no exactamente por eso.
Resulta que Dani llevaba dos años pagando una deuda que yo creía liquidada. Una deuda de apuestas online. Poco, decía Javi, «poco comparado con otros», ya, claro. Poco era que todavía debían casi 18.000 euros entre préstamo, intereses y un adelanto que Pilar sacó de sus ahorros. Y por eso Pilar estaba tan nerviosa con vender el piso. No porque yo diera mala suerte. O no solo por eso. Necesitaban el dinero y rápido. Y yo, según ella, era un problema porque desde hacía meses me negaba a vender nuestro coche y meterme a vivir con ella para ahorrar.
Me quedé tonta.
—Dani me dijo que pidió aquel préstamo por la entrada del coche.
—Ya… bueno.
—¿Y tú por qué me lo cuentas ahora?
Javi tardó en responder.
—Porque mi madre se está pasando, pero también porque si tú te vas con el niño, Dani se hunde. Y si se hunde, adiós piso, adiós todo.
O sea, que tampoco era por mí. Era por sujetar el chiringuito.
Cuando volví a casa, Dani estaba en el salón, con esa cara de llevar horas esperando una bronca.
—Te lo iba a contar —me dijo.
—¿Cuándo? ¿Cuando firmara la venta? ¿Cuando tu madre me echara sal por encima?
—No te rías de eso.
—¿Que no me ría? ¡Tu madre cree que doy mala suerte!
Y entonces dijo algo que no me esperaba:
—No lo cree del todo. Lo usa.
Ahí me frené.
Me explicó que Pilar empezó con esas tonterías después de que él reconociera lo de las apuestas. Que al principio eran comentarios sueltos, luego ya más. Según él, era una manera de colocar fuera el miedo, de echarle la culpa a algo que no fuera su hijo. Si todo iba mal porque yo traía mala suerte, entonces Dani no era un hombre de casi cuarenta años que había escondido deudas mientras yo hacía turnos dobles y dejaba al niño en la guardería municipal. Era más fácil señalarme a mí que mirarle a él.
Y yo qué sé. Escuchar eso no me dio pena por ella. Me dio más rabia todavía.
—Entonces me habéis usado de saco, así de claro.
—Yo no.
—Tú, el primero, callándote.
No discutió eso. Bajó la cabeza y ya está.
Luego me contó otra cosa: que mi suegra había puesto parte de sus ahorros, los que tenía para arreglarse la boca y para ayudar a Marisa con una cuidadora, en tapar las deudas de Dani. Y que ahora andaba asustada de verdad, porque si vendían el piso y su hermana se enteraba de que parte del dinero iba a cubrir eso, se liaba una buena. Ahí entendí por qué quería hacerme quedar como la loca susceptible o la gafe o lo que fuera. Si yo me apartaba, si yo me iba, todo se movía sin mí.
Llamé a Pilar esa noche. No pensaba hacerlo, pero llamé.
—No vuelvas a decir delante de mi hijo que no le toque —le dije.
—Yo no he dicho eso.
—Sí lo has dicho.
Silencio.
Luego me soltó, ya sin teatro:
—Yo he hecho lo que he podido con lo mío.
—¿Y lo mío qué? ¿Yo qué he hecho para que me trates así?
Tardó bastante.
—Nada. Pero desde que llegaste, él ya no me escucha.
Eso me dejó descolocada. Porque al final no era solo superstición ni dinero. Era también una madre agarrándose a su hijo como podía, fatal, mal, haciendo daño, pero agarrándose. Y yo era la de fuera. La que vino después. La que se llevaba la parte de Dani que antes era suya.
No la justifica, ya lo sé. A mí desde luego no me lo arregla.
Ahora mismo sigo en casa de mi hermana con el niño. Dani viene a verle y me dice que va a empezar terapia en la Seguridad Social o por privado si hace falta, que me enseña las cuentas, que corta con las apuestas del todo. Yo quiero creerle, pero ya me mintió bastante. Y con Pilar no sé qué hacer. Parte de mí no quiere volver a pisar esa casa. Otra parte piensa que si me aparto, al final me como yo una culpa que no es mía.
He perdido mucha tranquilidad y, sobre todo, esa sensación de que en mi propia familia me querían de verdad y no solo mientras aguantara. Pero también me da rabia convertirme en la mala de una historia que no empecé yo.
No sé si se puede pedir comprensión para alguien que te ha señalado así por puro miedo. ¿Vosotros qué haríais en mi sitio, volveríais e intentaríais poner límites o os apartaríais del todo?