La reunión de vecinos en la que dejé de sentirme en casa
—Pues si no te gusta convivir, igual este no es tu sitio.
Eso me lo soltó Pilar, la presidenta de la comunidad, delante de todos, en el cuarto de contadores, con las sillas de plástico mal puestas y ese calor pegajoso que hace en Valladolid en junio. Y lo peor no fue la frase. Lo peor fue que nadie dijo nada. Ni una mueca. Ni un “hombre, tampoco”. Nada.
Yo llevaba dos años viviendo en ese bloque. Un piso pequeño que compré sola después de divorciarme. Hipoteca justa, mi trabajo en una gestoría, mi hijo Dani viniendo fines de semana alternos. No soy de meterme en líos. Pago mis recibos, doy los buenos días en el ascensor y ya.
Todo empezó por una derrama para poner ascensor. El edificio es antiguo, tres plantas, y no tiene. Yo vivo en un primero. Pilar en el bajo. El más interesado era don Emilio, del tercero, que tiene 82 años y ya casi no puede subir. A mí no me hacía gracia la derrama, claro. Me salían casi 9.000 euros, que para mí no son calderilla precisamente. Pero tampoco dije que no de entrada. Dije que necesitaba tiempo.
—Tiempo para qué, Laura —me dijo Pilar aquella primera vez—. Si esto es una necesidad.
—Tiempo para ver de dónde saco el dinero, Pilar. No lo imprimo en casa.
Ahí ya noté miradas raras. Como si por no decir amén fuera una egoísta.
Luego vino lo de los ruidos. El hijo de Pilar, Rubén, que según ella “solo estaba reformando el local” del bajo, se tiró semanas dando martillazos desde las ocho menos cuarto. Yo teletrabajo dos días y era insoportable. Bajé a hablar con él varias veces.
—Rubén, por favor, avisa al menos de las obras gordas.
—Se avisa cuando se puede, chica. También tengo que trabajar.
—Ya, pero hay horarios.
—Pues llama a la Policía si quieres.
Ese tonito.
Llamé al administrador, a Fincas Duero. Me dijeron que mientras fuera horario permitido, poco podían hacer. Presenté una queja por escrito más que nada para que constara. Y ahí, yo creo, me crucé para siempre.
Porque de repente todo era “Laura se opone al ascensor”, “Laura pone pegas”, “Laura denuncia a los vecinos”. Y no era verdad. Yo solo pedía formas.
La reunión gorda fue hace tres semanas. Bajé ya nerviosa porque una vecina, Sonia, la del segundo B, me había escrito antes: “Hoy te van a dar fuerte”. Así, tal cual.
Empezaron con el ascensor. El administrador explicó opciones de financiación, ayudas de la Junta y no sé qué más. Yo pregunté si podían aplazar mi parte en más años.
Pilar resopló.
—Siempre igual. Todos haciendo un esfuerzo y tú buscando escaquearte.
—Perdona, no me escaqueo. Estoy preguntando.
—Llevas meses bloqueándolo.
—No lo he bloqueado. He pedido información.
Entonces saltó Emilio, y me dolió porque con él yo siempre había tenido buena relación.
—Hija, hay personas mayores aquí. Un poco de empatía.
Y claro, ya me encendí.
—¿Y conmigo quién la tiene? Porque parece que si no puedo pagar 9.000 euros mañana mismo soy mala persona.
Ahí Pilar sacó una carpeta y dijo:
—Ya que hablamos claro, vamos a hablar claro de todo. Porque la convivencia no la rompo yo.
Sacó copias de mi queja por las obras. También fotos del patio interior con una bici de mi hijo y una bolsa de basura apoyada al lado de mi puerta una noche.
—Normas son normas —dijo—. Pero algunas solo las exigimos para lo que nos interesa.
Yo me quedé blanca. Lo de la basura fue una vez, bajando luego. La bici estuvo dos horas. Pero ella lo llevaba impreso, preparado.
—¿Tú me estás haciendo fotos? —le dije.
—Yo documento lo que afecta a la comunidad.
Y otra vez, silencio. Ese silencio de grupo que te deja fuera.
Me fui a casa pensando que eran unos impresentables. Se lo conté a mi hermana por teléfono llorando, fatal. Y ella me dijo una cosa que me dejó descolocada.
—¿Seguro que no hay algo más con Pilar?
Yo dije que no. O sea, que me caía mal, sí, pero ya está. Hasta que al día siguiente me llamó Sonia y me soltó el bombazo.
—Mira, te lo digo porque me da pena cómo fue ayer. Pilar está a matar contigo desde lo de tu ex.
—¿Qué ex?
—Pues tu exmarido. Álvaro. Estuvo aquí en marzo preguntando por ti.
Se me cayó el móvil al sofá. Álvaro y yo acabamos muy mal. Muy mal de abogados, dinero y mentiras. Le había bloqueado de todos lados. Yo no sabía que había ido al edificio.
—¿Qué dijo?
—Que estaba preocupado, que a veces perdías los nervios, que si oíamos cosas raras con tu hijo, que si tenías una situación económica complicada y no aceptabas ayuda.
No me lo podía creer.
—¿Y Pilar se tragó eso?
Sonia tardó un poco en contestar.
—Laura… es que Rubén trabajó con Álvaro. En la misma empresa de reformas. Se conocen de antes.
Ahí entendí muchas cosas y a la vez ninguna. O sea, no era una conspiración de película, pero tampoco era casualidad. Mi ex había sembrado la idea de que yo era conflictiva y Pilar ya me tenía cruzada por las obras y por el ascensor. Todo encajaba, pero daba más rabia todavía.
Lo peor es que luego hablé con Pilar y la conversación me desmontó otra parte.
Fui a su casa y me abrió con cara de pocos amigos.
—Vengo a hablar, no a discutir.
—Eso dices siempre.
Le conté lo de Álvaro, que era un manipulador, que habíamos tenido juicio por un préstamo, que me estaba ahogando con la pensión y otras cosas. Pensé que se iba a quedar cortada. Pero no.
—Yo no hice nada por tu ex —me dijo—. Vino, sí. Y me preocupé.
—¿Preocuparte de qué?
—De tu hijo.
—¿Perdona?
Y entonces me dijo que dos veces había oído a Dani llorando en el patio cuando se quedaba conmigo y que una noche me oyó gritarle “me tienes harta”. Lo dijo así, muy seca.
Me dio una vergüenza… porque eso sí pasó. Dani tiene 12 años, está fatal con el divorcio, y una noche montó una tremenda por no volver con su padre. Yo perdí los papeles. No le pegué ni nada, pero gritar, grité.
—Una cosa es un mal día —le dije— y otra ir por ahí pintándome como una desequilibrada.
—Y una cosa es pedir respeto y otra no tenerlo con nadie —me respondió.
Ahí ya no supe qué decir. Porque parte de razón tenía, aunque me fastidie reconocerlo. Yo llevaba meses a la defensiva, contestando borde, pensando que todos iban contra mí. Igual eso también se nota.
Pero claro, una cosa no quita la otra. Que yo estuviera quemada no le daba derecho a hacerme fotos, ni a exponerme en una reunión, ni a poner al edificio entero en mi contra.
Al final el ascensor salió adelante. Yo voté a favor, con financiación. He pedido un préstamo personal y voy justísima. Con Pilar no me hablo más de lo imprescindible. Don Emilio me pidió perdón a medias, de esa forma tan suya: “si te sentó mal, no era la intención”. Sonia ahora me saluda con pena. Y yo, sinceramente, ya no estoy a gusto aquí.
Lo que más me fastidia no es la derrama ni las obras. Es esa sensación de haber dejado de ser vecina para convertirme en “la problemática”. Y a la vez me revienta pensar que igual, por no callarme y por estar siempre a la contra, les di justo la imagen que ya querían ver.
No sé. Yo quería llevarme bien y acabé tragando o saltando, una cosa o la otra. ¿Vosotros habríais aguantado para mantener la paz, o habríais plantado cara aunque luego te quedes señalada?