La tarde en que mi mujer me dijo que si me iba, no volviera nunca
—Como cruces esa puerta, Dani, no vuelvas.
Me lo dijo Teresa sin gritar, que casi fue peor. Estaba apoyada en la encimera, con el móvil en una mano y la pastilla de su padre en la otra. Yo tenía una bolsa del Decathlon medio llena, metiendo camisetas a lo loco, como un crío. En el salón se oía la tele altísima porque Julián, mi suegro, ya casi no escucha nada si no la pone a tope.
Yo dije:
—No puedo más, Tere. De verdad. No puedo.
Y ella se rió, pero de esa risa fea.
—Ah, ahora no puedes. Ahora, después de dos años.
No contesté porque, sinceramente, me salía decir una burrada. Llevábamos casi tres años viviendo en el piso de su padre, en Carabanchel, desde que le dio el ictus. Al principio iba a ser “unos meses”, mientras se recuperaba. Luego vino que si la rehabilitación en el Gómez Ulla, que si no puede estar solo, que si una residencia buena son dos mil y pico euros, que si ya veremos. Y el ya veremos se nos comió la vida.
Yo trabajo de encargado en una tienda de materiales en Alcorcón. Entro pronto, salgo tarde, llego a casa y me encuentro a Julián protestando porque la sopa está fría o porque no encuentra el mando, y a Teresa con cara de no haber dormido en una semana. Ella dejó la gestoría donde estaba porque no podía compaginarlo. Yo al principio tiré, claro que tiré. Compraba pañales, llevaba a su padre al ambulatorio, falté al trabajo mil veces. Pero empecé a notar que ya no éramos pareja. Éramos dos personas cambiando sábanas y discutiendo por quién baja a la farmacia de guardia.
Lo peor no era eso. Lo peor era la sensación de que ya estaba todo decidido sin preguntarme. Que mi vida iba a ser esa y punto.
Un mes antes me ofrecieron un puesto mejor en Valencia, en la central de la empresa. Más sueldo, horario normal. Un piso de alquiler compartido al principio, vale, tampoco era el paraíso, pero era salir. Cuando se lo dije, Teresa ni lo habló.
—Yo no me voy a dejar a mi padre aquí solo —soltó.
—No te estoy diciendo eso. Te estoy diciendo que miremos opciones.
—¿Qué opciones? ¿Meterlo en una residencia y olvidarnos?
Y ya se quedó con eso, con que yo quería deshacerme del hombre.
La bronca de aquella tarde venía de una tontería, como casi siempre. Yo había llamado a mi hermana para decirle que me iba unos días a su casa en Móstoles. Necesitaba aire. Teresa me oyó desde el pasillo.
—Muy bien. Lo tenías ya hablado.
—Porque contigo no se puede hablar.
—No, claro. Porque si no te doy la razón, entonces no se puede hablar.
Julián apareció con el andador arrastrando los pies.
—¿Otra vez con lo mismo? —dijo—. Dejad de montar el numerito.
Y a mí se me fue.
—El numerito lo tengo montado yo desde hace años, Julián. Que esta no es mi casa, que este no es mi trabajo, que esta no es mi vida.
Teresa se me quedó mirando como si le hubiera pegado a alguien.
—Pues vete —me dijo—. Pero no pongas cara de víctima.
Cogí la bolsa, fui hacia la puerta y entonces pasó lo que me dejó clavado.
Julián dijo, muy bajito pero clarísimo:
—No le has contado lo del piso, ¿verdad?
Hubo un segundo raro. Teresa se giró hacia él.
—Papá, cállate.
Yo dejé la bolsa en el suelo.
—¿Qué del piso?
—Nada —dijo ella rápido—. Está desvariando.
Pero él siguió.
—El piso no es mío ya. Hace un año que se lo puse a nombre de Teresa.
Se me heló todo. Porque nosotros habíamos estado pagando comunidad, derramas, IBI, arreglos del baño, hasta una silla eléctrica para la ducha, y siempre con el discurso de “es por tu padre, es su casa, algún día ya veremos”.
—¿Perdona? —dije—. ¿A nombre de Teresa desde cuándo?
Ella empezó a llorar de rabia, no de pena.
—Porque si no, mi hermano se quedaba con la mitad. ¿Te enteras ya? ¿Te enteras de una vez?
Su hermano Rubén llevaba años sin aparecer salvo para pedir dinero o prometer negocios. Yo ya sabía que era un desastre, pero no esto.
Teresa siguió, atropellándose:
—Cuando a mi padre le dio el ictus, Rubén vino con un notario amigo de no sé quién, quería que firmara unos papeles porque decía que así gestionaba mejor las cuentas. Mi padre no estaba bien del todo. Yo me enteré por una vecina, fui al banco, monté un pollo, hablé con una abogada y lo paramos. La única manera de proteger el piso fue ponerlo a mi nombre antes de que Rubén volviera a liar algo. Y sí, no te lo conté.
—¿Y por qué narices no me lo contaste?
—Porque ibas a pensar justo lo que estás pensando.
Pues sí. Estaba pensando que me había usado. Que mientras yo echaba horas y dinero, ella aseguraba un piso para ella. Pero entonces Julián volvió a hablar.
—Yo se lo pedí —dijo—. Yo. Porque le he fastidiado la vida a mi hija. Y por lo menos quería dejarle eso.
Se hizo un silencio muy incómodo. Teresa se sentó de golpe en la silla de la cocina.
—¿Tú te crees que yo quiero este piso? —me soltó—. ¿Tú te crees que me compensa? Rubén me llama ladrona, mi padre depende de mí para todo, no trabajo, no salgo, no dormimos juntos desde hace meses y encima tú me miras como si yo hubiera montado un plan.
Yo dije una cosa horrible.
—Pues un piso en Madrid no está mal como compensación.
Nada más decirlo me arrepentí, pero ya estaba hecho. Teresa se quedó blanca.
—Eres un cabrón.
Y seguramente en ese momento lo fui.
Luego me enteré de más. Porque me fui igual a casa de mi hermana, pero al día siguiente llamé a la abogada, una tal Marta que llevaba lo de Julián. Yo no sé si hice bien, pero necesitaba saber si me habían engañado de verdad. La mujer no me contó detalles, claro, pero sí me dijo una cosa: que el piso estaba a nombre de Teresa con una cláusula para que Julián pudiera vivir allí hasta su muerte, y que además tenía un préstamo personal encima porque Teresa había pedido dinero para pagar una deuda antigua de su padre con Hacienda. Deuda que yo tampoco sabía.
O sea, que no solo no estaba “ganando” un piso limpio. También se había comido un marrón que te mueres. Y entiendo que no me lo contara por miedo, por vergüenza o por no oírme decir que se estaba hundiendo sola. Porque seguramente lo habría dicho.
Estuvimos cuatro días sin vernos. Yo dormía fatal, ella me escribía solo cosas prácticas: “tu nómina ha llegado”, “mañana rehabilitación a las 11”, “he llevado tu chaqueta a la tintorería”. Cosas así, como si fuéramos compañeros de piso enfadados.
El domingo fui a hablar. Julián estaba echando la siesta. Nos bajamos al portal, al lado de los buzones, porque en casa no había manera.
—No quería mentirte —me dijo—. Quería aguantar hasta que mi padre estuviera mejor o… yo qué sé.
—No va a estar mejor, Teresa.
—Ya lo sé.
Lo dijo tan seco que me callé.
—Y tú tampoco querías irte solo por el trabajo —me soltó ella—. Querías salir corriendo de esto.
—Sí —dije—. Pues sí. Porque me estaba ahogando.
Nos quedamos un rato sin hablar. Luego me dijo:
—Si te vas a Valencia, vete. No te voy a odiar por irte. Pero no me pidas que te acompañe ni que meta a mi padre en cualquier sitio para salvar lo nuestro. Porque yo con eso no puedo.
Y ahí estaba lo peor. Que yo tampoco podía pedirle eso sin sentirme una basura. Pero quedarme me estaba dejando seco.
Al final no me fui a Valencia esa semana. Tampoco volví como si nada. He cogido una habitación cerca del trabajo, en Leganés, para estar entre semana y ayudar algunos días con Julián. Suena fatal, lo sé, como si hubiera partido la diferencia por la mitad para no mojarme. Igual es eso.
Teresa y yo no sabemos ni qué somos ahora. Nos vemos, hablamos, a veces cenamos juntos, a veces discutimos por tonterías. El otro día me dijo: “lo peor no es que quieras irte, es que ya te habías ido hace tiempo”. Y me dolió porque algo de razón tenía.
Pero también pienso que si me quedaba por pura culpa, al final iba a acabar odiándola a ella, a su padre y a mí mismo. Y eso tampoco habría sido amor, creo.
No sé. Sigo hecho un lío. ¿Vosotros qué habríais hecho en mi sitio: aguantar por la persona a la que quieres o salir antes de romperte del todo?