Le dije a mi hermana que no iba a volver a cuidar de nuestra madre y ahora media familia me llama egoísta
—No me la dejes aquí otra vez, Laura. Te lo juro, no puedo.
Se lo dije en la puerta de Urgencias del Hospital Clínico de Valladolid, con mi madre sentada en una silla de ruedas, agarrando el bolso como si alguien se lo fuera a quitar. Mi hermana me miró con una cara de odio… bueno, de agotamiento también. Llevaba la chaqueta del Mercadona todavía puesta porque había salido corriendo del turno.
—¿Y qué hago, Marta? ¿Me la llevo a caja conmigo?
—No me hables así.
—¿Cómo te hablo entonces? Llevo tres noches sin dormir.
Mi madre no decía nada. Solo repetía bajito:
—Yo a esa casa no vuelvo, yo ahí no vuelvo.
«Esa casa» era la mía.
Hace siete meses mi madre se vino a vivir conmigo en Parquesol «una temporada» porque le dio un bajón después de que la echaran del alquiler en el barrio de Delicias. En teoría iba a ser hasta que Laura encontrara algo más grande o hasta que le saliera una plaza de ayuda a domicilio más estable por Servicios Sociales. En teoría. En la práctica, mi madre entró en mi piso y yo empecé a desaparecer.
Tengo 39 años, trabajo en una asesoría, separada, un hijo de 11 años fines de semana alternos. No soy ninguna heroína. Ya me costaba dormir desde hace años, desde lo de mi ex, desde otras cosas… pero con mi madre en casa fue otra vez el mismo infierno de cuando era pequeña. La puerta de mi cuarto cerrada con pestillo. Los pasos por el pasillo de madrugada. El «¿estás dormida?» a las tres. El llorar. El decir que nadie la quiere. El amenazar con tomarse todas las pastillas y luego decir que era broma, que qué exagerada.
Laura decía que yo dramatizaba.
—Mamá está mal, no lo hace por fastidiarte.
—Ya, pues a mí me revienta igual.
—Siempre ha tirado más de ti porque contigo tiene confianza.
—Pues qué suerte la mía.
El sábado pasado encontré a mi hijo, Dani, encerrado en el baño. No lloraba fuerte, de eso que se callan para que no les oigas. Mi madre le había dicho que si yo la mandaba a una residencia era porque «en esta familia sobraban los viejos y los niños molestaban». Mi hijo tiene 11 años. Once.
Salí y le dije a mi madre:
—Con mi hijo no.
—Yo no he dicho eso.
—Te ha oído él, te he oído yo.
—Me sacáis las cosas de contexto.
Siempre igual. Siempre el contexto. Siempre que una acaba dudando de si lo ha oído o no.
Llamé a Laura y le dije que se la llevara. Me dijo que imposible, que en su piso de Laguna de Duero ya estaban ella, su marido, dos niñas y encima el suegro malo. Que me aguantara un poco más, que bastante hacía ella pagando medicinas, acompañándola al ambulatorio y moviendo papeles. Y eso es verdad. Lo hacía ella. Yo ponía la casa y me comía el resto.
El domingo por la noche mi madre montó otra. Que si le escondíamos el dinero, que si queríamos su pensión, que si mi ex me dejó porque yo era fría igual que mi padre. Ahí ya me fui de la cocina porque noté que me temblaban las manos. Me encerré en el baño y llamé al 112 porque empezó a golpearse la cabeza contra la pared. Vino una ambulancia, la valoraron y nos mandaron a Urgencias.
Y allí, en la puerta, dije que no volvía conmigo.
Laura me soltó:
—Claro, como tú tienes psicóloga, te crees que ya has descubierto la vida.
—No metas a mi psicóloga en esto.
—Lo que pasa es que no quieres cargar.
—Lo que pasa es que no puedo más.
—Yo tampoco puedo más, Marta. La diferencia es que yo no me borro.
Eso me dolió porque una parte de mí pensó que igual tenía razón.
Mi tía Begoña me llamó a la media hora.
—Hija, tu madre te tuvo a ti sola un montón de años, hizo lo que pudo.
—¿Y yo qué hago ahora, me rompo y ya está?
—A veces hay que arrimar el hombro.
Lo de «hizo lo que pudo» lo he oído toda la vida. Y sí, supongo que sí. Mi padre bebía, desaparecía días, y mi madre se quedaba hecha polvo. Pero una cosa no quita la otra. Yo con 12 años ya llamaba al colegio diciendo que mi madre tenía migrañas para que no preguntaran por qué no se levantaba de la cama. A Laura eso casi no le tocó porque es ocho años menor y cuando nació yo ya hacía de medio madre. Por eso también me da rabia cuando habla como si supiera.
Pero luego pasó una cosa que me dejó fatal.
Mientras esperábamos al psiquiatra de guardia, Laura me dijo:
—Hay algo que no sabes.
—Pues suéltalo.
—Mamá no perdió el alquiler por la subida, del todo.
—¿Cómo que del todo?
—Debía tres meses.
—Eso ya lo sé.
—Y pidió un préstamo rápido. Y otro.
—¿Para qué?
Laura tardó un montón en contestar.
—Para ayudarte a ti.
Me reí. De verdad, me salió una risa de rabia.
—No digas tonterías.
—Cuando lo de Iván. Cuando te quedaste sin dinero con el juicio y el abogado y no llegabas. Ella me pidió que no te lo contara.
—Mi madre no tenía dinero.
—Por eso pidió los préstamos.
Me enseñó transferencias en el móvil. Bizums, ingresos, movimientos raros de hace dos años. Importes pequeños, 300, 500, 200. Mi madre me iba diciendo que eran ahorros suyos, una devolución, una ayuda de una amiga. Yo ni lo pensé. Bastante tenía con salir del lío con mi ex y pelear por el convenio de Dani.
—¿Y por qué coño no me lo dijisteis?
—Porque te hundías. Y porque ella quería que una vez en la vida no la vieras como una carga.
Ahí me quedé callada. Porque, claro, eso lo cambiaba todo y no cambiaba nada. Mi madre me había ayudado, sí, pero sin decirme la verdad y metiéndose en un agujero. Luego ese agujero acabó en mi casa. Y en mi hijo escuchando barbaridades. Y en mí otra vez sin dormir y con esa sensación de volver a tener 13 años.
El psiquiatra dijo que no la ingresaban, que no veía riesgo suficiente, que seguimiento por salud mental y coordinación con trabajadora social. O sea, lo de siempre: paños calientes y a casa. Pero ¿a qué casa?
Al final esa noche se fue con Laura. Su marido montó un pollo tremendo, normal también, y ahora están todos reventados. Mi tía dice que yo tendría que turnarme. Laura dice que al menos fines de semana sí o sí. Yo he dicho que, de momento, no. Que puedo ayudar con dinero, con gestiones, con citas, con lo que sea, pero dormir bajo el mismo techo, no.
Y desde entonces no paro de darle vueltas porque me siento una hija horrible, pero también noto que desde que no está en casa he vuelto a respirar. Mi hijo duerme del tirón. Yo también, más o menos. Y a la vez pienso en mi madre sola en una habitación, diciendo que nadie la quiere, y se me queda una cosa aquí que no sé.
No sé si estoy poniendo un límite normal o si me estoy escaqueando después de todo lo que ella hizo por mí, aunque lo hiciera mal y a escondidas. ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?