Cuando tuve que echar a mi hermana de casa por lo que estaba pasando con mi sobrina
—O te llevas hoy a la niña con tu suegra, o llamo a Servicios Sociales.
Eso le solté a mi hermana en la cocina de mi piso, con mi hijo Dani agarrado a mi pierna y ella mirándome como si yo fuera una desconocida. Lo digo y todavía me da vergüenza, pero en ese momento estaba fuera de mí.
Mi hermana Laura lleva seis meses viviendo conmigo en Móstoles. Se separó de Iván, se quedó sin curro en la clínica dental donde estaba de recepcionista y no podía seguir pagando la habitación donde estaba. Yo vivo en un piso de protección oficial con mi hijo de ocho años. Justos, pero bueno, nos apañábamos. Le dije que viniera unas semanas. Unas semanas se convirtieron en meses.
Al principio era llevadero. Laura llevaba a mi sobrina Vega al cole, recogía a Dani algunos días, hacía cenas, buscaba trabajo. O eso pensaba yo. Luego empecé a notar cosas. Recibos del comedor sin pagar. Un aviso del cole en la mochila de Vega porque había faltado varios días. La niña con tos, mucha tos, y Laura diciendo: “Es una racha, ya se le pasa”.
Yo trabajo en una gestoría en Alcorcón y no estoy en casa. Salgo a las ocho. Un martes me llamó la tutora de Vega.
—Marta, perdona que te llame a ti, pero eres el contacto de emergencia. Vega se ha quedado dormida en clase y lleva varios días viniendo sin desayunar.
Sin desayunar. Se me heló todo.
Llamé a Laura y no me cogió. A la tercera, sí.
—¿Pero qué está pasando?
—Nada, tía, no empieces.
—¿Que la niña va sin desayunar es nada?
—Le di un batido.
—Pues la profesora dice otra cosa.
—La profesora no vive con nosotras.
Ese día salí antes y llegué a casa a las cuatro. Laura estaba dormida en el sofá. Vega viendo dibujos sola. Había una bolsa de una casa de apuestas encima de la mesa, con tickets dentro. Ahí ya exploté.
—¿Tú estás apostando?
Laura se incorporó como pudo.
—No es mío.
—No me mientas, Laura.
—He ido un par de veces, vale, un par.
—¿Con qué dinero?
—Con el mío.
—¿Qué dinero, si no pagas ni el comedor?
Y entonces empezó a llorar, pero de rabia, no sé, de todo.
—No sabes lo que tengo encima.
—Pues dímelo.
—¡Que no puedo más!
Yo pensé lo peor: que se estaba enganchando, que pasaba de la niña, que me estaba usando. Y a la vez veía a Vega, allí callada, mirando la tele sin enterarse o enterándose de todo, que es peor.
Registré fatal la situación, ya lo sé, pero me puse a revisar cajones buscando los recibos del cole y encontré una carpeta del Hospital Universitario de Getafe. Informes. Pruebas. El nombre de Laura. Un diagnóstico de cáncer de mama.
Se me cayó todo al suelo.
Ella me vio con la carpeta en la mano y se puso blanca.
—No tenías derecho.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde marzo.
—¿Marzo? ¿Y no me has dicho nada?
—¿Para qué? ¿Para darte otro problema más?
Yo no sabía ni qué decir. En mi cabeza se mezcló todo: los mareos, las siestas raras, el mal humor, las faltas del cole, las mentiras. Y también lo de las apuestas, claro.
—¿Y esto qué tiene que ver con la bolsa esa?
—Mucho —me dijo—. Le debía dinero a Iván.
—¿Cómo que le debías dinero?
—Me dejó una tarjeta a mi nombre cuando estábamos juntos. Fue tirando de ella “para la casa”, “para arreglar el coche”, “ya lo devolvemos”… y al final me la comí yo. Si no pagaba, me embargaban.
—¿Y apostando lo ibas a arreglar?
—Fui una vez con Sonia y me tocó algo. Me creí lista. Ya está. Una mierda, sí.
Me senté porque me temblaban las piernas. De golpe ya no era tan sencillo decir “es una irresponsable” y ya. Pero tampoco se borraba lo otro: la niña sin desayunar seguía siendo real.
Aquella noche vino mi madre. Laura no quería, pero la llamé. Mi madre más o menos sabía lo del cáncer, pero no que estaba tan avanzado el tema de las deudas.
—Te lo tenías que haber tragado tú sola, claro —le dijo a Laura, enfadada y llorando a la vez—. Como siempre.
—No quería que Vega me viera así.
—Pues la estás viendo peor —salté yo.
Mi madre propuso llevarse a Vega una temporada a Fuenlabrada. Laura dijo que ni hablar.
—No me vais a quitar a mi hija.
—No se trata de quitártela —dije yo—. Se trata de que coma, vaya al cole y no esté sola cuando tú no puedes levantarte.
—Sí puedo.
—A veces no puedes.
—A veces, Marta. A veces.
La discusión fue horrible. Mi madre diciendo que pedía una baja, yo diciendo que ya estaba de baja. Laura diciendo que la empresa no le renovó justo cuando empezó con pruebas y que no tenía derecho a nada casi. Todo era medio verdad y medio desastre.
Lo peor vino al día siguiente, cuando apareció Iván. Yo no lo había visto desde la separación. Se presentó muy digno, con una bolsa de ropa para Vega y diciendo que venía a ayudar. Laura se puso histérica.
—Que no entres.
Al final me enteré de otra cosa que me dejó loca: Iván sí sabía lo de la enfermedad y llevaba meses insistiendo en que Vega se fuera con él algunos días, pero Laura no quería porque decía que su nueva pareja no le daba confianza. Yo pensé que igual exageraba por despecho. Hasta que mi sobrina, sin venir a cuento, dijo:
—A mí no me gusta dormir en casa de papá porque Bea entra sin llamar en el baño.
Se hizo un silencio… Buf. De esos que te atraviesan. No era una acusación clara, ya lo sé, pero a mí me bastó para decir que la niña con él tampoco se iba hasta aclarar ciertas cosas.
Total, que nadie servía. Ni Laura estaba bien para cuidar sola, ni yo podía con dos niños y mi trabajo, ni mi madre tiene ya edad para todo, ni el padre me daba tranquilidad.
Al final puse una condición muy dura: Laura podía seguir en casa solo si aceptaba que Vega se fuera entre semana con mi madre, que yo llevaría a la niña al pediatra por esa tos y que yo controlaría los papeles del cole y las citas médicas. Si no, se tenía que ir. Laura me llamó de todo. Controladora, traidora, mala hermana.
Dos días no me habló. Luego cedió.
Ahora Vega está con mi madre de lunes a viernes y los fines de semana viene con nosotras, aunque a veces Laura no se levanta de la cama en todo el sábado. Yo he tenido que adelantar dinero para cosas del cole y he hablado con una trabajadora social del centro de salud, sin decir toda la verdad porque me da miedo liarla más. Iván amenaza con pedir la custodia. Mi madre dice que yo he hecho lo que tocaba. Laura dice que le quité lo único que le hacía aguantar.
Y yo qué sé. Hay ratos en que la miro vomitar después de la quimio y me siento una mierda por haberle plantado ese ultimátum. Y luego veo a Vega devorar un vaso de leche con galletas como si llevara días esperando eso, y se me pasa la duda cinco minutos.
La quiero, claro que la quiero. Pero querer a alguien no da desayunos, ni lleva al cole, ni vigila una tos meses. Eso también es verdad, aunque duela decirlo. ¿Vosotros habríais hecho lo mismo o me he pasado poniendo ese límite a mi propia hermana?