“No sé quién eres”: mi marido se fue después de 30 años y tuve que aprender a vivir sin pedir permiso
—No sé quién eres, Carmen. Y tampoco sé ya quién soy yo contigo.
Julián dijo aquello de pie en el pasillo, con una maleta pequeña a sus pies y el abrigo todavía puesto. Eran casi las diez de la noche. Yo acababa de sacar las lentejas del fuego y tenía las manos húmedas, porque estaba aclarando dos platos aunque solo íbamos a cenar nosotros.
Le miré esperando que se riera, que dijera que estaba enfadado por alguna tontería. Llevábamos treinta años casados. Treinta. Habíamos sobrevivido a hipotecas, a la enfermedad de mi madre, a los suspensos de nuestros hijos, a meses enteros contando monedas antes de hacer la compra.
Pero no sonrió.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté.
Julián se frotó la cara. Ni siquiera parecía furioso. Parecía cansado. Eso fue lo peor.
—Que me siento asfixiado. Todo en esta casa gira alrededor de lo que hay que hacer, de lo que falta, de los niños, de tus padres, de mis turnos… Ya no hablamos. Solo funcionamos.
—¿Y te vas por eso?
—Me voy porque no puedo más.
Quise preguntarle si había otra mujer. Creo que una parte de mí necesitaba que la explicación fuera sencilla, algo concreto contra lo que poder enfadarme. Pero él negó con la cabeza antes de que yo abriera la boca.
—No hay nadie, Carmen.
—Pues peor me lo pones.
No lloré mientras cerraba la puerta detrás de él. Me quedé quieta en el pasillo, escuchando cómo bajaba las escaleras del bloque. En el tercero alguien tenía la televisión muy alta. En la calle pasó un autobús. La vida de los demás seguía como si nada.
Yo miraba la maldita olla de lentejas y solo podía pensar: ¿para quién las he hecho?
Los primeros días fueron borrosos. Julián se instaló en un piso compartido cerca de su trabajo, en otro barrio. Dijo que necesitaba espacio. Luego empezó a venir algunos domingos a recoger ropa o papeles. Siempre avisaba con un mensaje frío: “Paso a las seis”. Como si fuera un técnico del gas.
Yo seguía poniendo dos tazas de café por la mañana. Seguía comprando su yogur natural, aunque él llevaba años quejándose de que no había de limón. Son cosas pequeñas, ya lo sé. Pero cuando has organizado tu vida alrededor de alguien, hasta el carro de la compra te acusa.
Mis hijos, Laura y David, vinieron el primer fin de semana. Laura apareció con bolsas de comida preparada y una cara que me rompió el alma.
—Mamá, no tienes que hacer de fuerte conmigo.
—No estoy haciendo de fuerte.
—Pues entonces deja de limpiar la encimera por cuarta vez.
Me senté. Así, de golpe. Y lloré como no lloraba desde que murió mi padre. David se quedó de pie junto a la ventana, apretando la mandíbula. Él siempre ha sido más callado.
—Voy a hablar con él —dijo.
—No —contesté enseguida—. No quiero que nadie le obligue a quedarse.
No quería admitirlo, pero era verdad. Si Julián volvía porque nuestros hijos lo presionaban, ¿qué clase de vida sería esa? Una casa llena de silencios y de rencor. Ya habíamos tenido bastante de eso sin darnos cuenta.
La separación sacó a la luz cosas que yo había ido dejando para “más adelante”. Nunca tuve una cuenta solo a mi nombre. Trabajé algunos años en una mercería antes de tener a Laura, y después hice arreglos de costura en casa cuando el dinero apretaba. Pero los recibos, la hipoteca, los seguros, todo estaba a nombre de Julián o en una cuenta conjunta que él llevaba casi siempre.
Me daba vergüenza pedir cita en el banco. A mis cincuenta y ocho años, con el bolso apretado contra el pecho, tuve que preguntar qué significaba una transferencia periódica. La chica que me atendió, que debía tener la edad de mi hija, fue amable. Aun así, yo sentía que había suspendido un examen básico de adulta.
Cuando salí, llamé a Laura desde la acera.
—No sé hacer nada —le dije.
—Mamá, sabes hacer muchísimas cosas. Lo que pasa es que papá llevaba la parte de los bancos y tú llevabas todo lo demás. Y ahora estás aprendiendo otra cosa.
Quise creerla.
Una tarde, mientras esperaba mi turno en el centro de salud para renovar una receta, vi un cartel pegado en un tablón: “Taller de pintura para adultos. Centro cultural del barrio. Martes y jueves”. Arranqué uno de los papelitos con el teléfono, sin pensar demasiado.
De niña dibujaba casas con tejados rojos y árboles enormes. Mi padre decía que tenía buena mano. Julián decía que yo pintaba muy bien, al principio. Luego llegaron los niños, los horarios, las cenas, las lavadoras. Los colores se quedaron guardados en alguna parte de mí, como tantas otras cosas.
El primer día del curso estuve a punto de dar media vuelta. Había doce personas sentadas frente a los caballetes. Una mujer llamada Pilar discutía con un hombre, Tomás, porque él decía que el azul ultramar era demasiado oscuro. Me pareció absurdo y, por primera vez en semanas, me reí.
La profesora, Rosario, me dio un pincel y me preguntó qué quería pintar.
—No lo sé —respondí.
—Pues pinta eso. El no saber.
Empecé con manchas grises. Después añadí un azul casi negro. Sin darme cuenta, salió una ventana abierta, una cortina moviéndose y una mesa con dos platos. Me quedé mirando el cuadro con la garganta cerrada.
—Tiene aire —dijo Rosario, detrás de mí.
No le conté nada, pero entendí lo que quería decir.
Julián pidió el divorcio cinco meses después. Nos sentamos delante de la abogada y hablamos de números. Él se mostró correcto, incluso amable. Eso me irritaba más de lo que debería.
—No quiero hacerte daño —me dijo al salir.
Le miré. Tenía más canas. Yo también, seguramente.
—Ya me lo has hecho. Pero no voy a seguir haciéndome daño yo por ti.
No sé de dónde saqué esa frase. Me temblaban las piernas, pero la dije.
Con el dinero de la venta del coche y una parte de los ahorros, arreglé la cocina. No una reforma de revista, nada de eso. Cambié los armarios que se caían, puse una lámpara sobre la mesa y compré dos sillas amarillas que a Julián le habrían parecido demasiado llamativas.
También empecé a hacer pequeños encargos de pintura. Primero retraté a la perra de Pilar. Luego una vecina me pidió un cuadro de la plaza del barrio para regalárselo a su hermana. No ganaba gran cosa, pero cada billete que entraba en mi cuenta me hacía respirar de otra manera.
Un domingo, David vino a comer con su novia, Nuria. Preparé arroz al horno y, cuando puse la mesa, solo saqué cuatro platos. Ni uno más.
Miré el sitio donde Julián se sentaba siempre. Ya no dolía igual. Quedaba una tristeza rara, claro. A veces todavía me sorprendía buscando su voz al escuchar una llave en el rellano. Pero también había espacio. Espacio de verdad.
Laura me abrazó al despedirse y vio el cuadro nuevo del salón: un campo de amapolas torcidas, muy rojas, bajo un cielo lleno de nubes.
—Este es distinto, mamá.
—Yo también.
Aún no sé exactamente quién soy sin ser la mujer de Julián, la madre de Laura y David, la que tenía que llegar a todo. Pero ya no me da tanto miedo no saberlo.
¿Se puede perder una vida entera y, aun así, encontrar algo que era tuyo? Yo creo que sí. ¿Vosotros habríais sido capaces de empezar de nuevo a mi edad?