“No le pegues”: el día que detuvieron al joven del barrio por la muerte de mi hijo y entendí que ya no quedaba nada de mi familia
—¡No le pegues, Julián! ¡Por favor, no le pegues!
La voz de Marta me llegó como si viniera desde el fondo de un pozo. Yo solo veía a Sergio sentado en el bordillo, esposado, con la cabeza baja y una manta gris sobre los hombros. Tenía diecinueve años. Había jugado al fútbol en la plaza con mi hijo Álvaro cuando aún eran críos, aunque Álvaro era mucho más pequeño.
Uno de los guardias civiles me sujetaba por el pecho. Otro hablaba por teléfono junto al portal de los padres de Sergio. Había vecinos detrás de las persianas, gente en bata, móviles levantados. Y yo temblaba entero.
—¿Por qué? —le grité—. ¿Por qué le hiciste eso a mi niño?
Sergio levantó la cara. Tenía los ojos hinchados, no sé si de llorar o de no haber dormido.
—Yo no quería… Don Julián, yo no…
No pudo terminar. Se le quebró la voz y, por un segundo, odié que pareciera tan joven. Quería que fuera un monstruo. Lo necesitaba. Era más fácil así.
Mi hijo Álvaro tenía seis años cuando desapareció. Seis. Esa edad en la que todavía te pide que le cortes la corteza del pan de molde y cree que todos los perros de la calle quieren ser sus amigos.
Aquella tarde de octubre yo estaba trabajando en la nave de materiales, a las afueras de Aranjuez. Había aceptado unas horas extra porque nos faltaba dinero. Marta llevaba meses enlazando sustituciones en una residencia y la hipoteca no perdona a nadie. Nos habían subido la luz, el coche daba problemas y Álvaro necesitaba unas gafas nuevas para el colegio.
A las siete y doce me llamó Marta.
—Julián, Álvaro no ha vuelto.
Al principio ni entendí lo que me decía. Estaba descargando sacos de cemento. Tenía las manos blancas de polvo.
—¿Cómo que no ha vuelto? Estará con Bruno, en la plaza.
—He llamado a la madre de Bruno. Bruno llegó hace una hora.
Noté un frío raro en la nuca.
Álvaro había salido de casa a comprar pan. La panadería estaba a tres calles. Marta le había dado una moneda de dos euros y le dijo que no cruzara la avenida, que fuera por la acera de los soportales. Era un recorrido que hacía conmigo algunos domingos, agarrado a mi mano.
—No tardes, cariño —le había dicho ella.
Esa frase la persiguió durante meses. Y a mí también, aunque no la hubiera pronunciado yo.
Buscamos hasta que se hizo de noche. Primero los vecinos. Luego la Policía Local. Después la Guardia Civil. La plaza se llenó de coches con luces azules, de preguntas, de hombres revisando solares y contenedores. Marta caminaba de un lado a otro con la foto de Álvaro en el móvil, preguntando a cualquiera.
—¿Lo has visto? Lleva una sudadera verde. Es bajito, tiene un lunar aquí…
Se tocaba la mejilla con dos dedos y ya no podía seguir hablando.
Yo quería ser fuerte. Eso dicen que tiene que hacer un padre, ¿no? Pero a las tres de la mañana estaba sentado en el suelo de nuestra cocina, mirando las zapatillas de Álvaro junto al radiador. Las había dejado porque esa tarde quiso ponerse las nuevas, las que tenían una franja azul.
Marta se quedó de pie delante de mí.
—Si no hubieras cogido esas horas extra…
No levanté la mirada.
—No empieces.
—No, claro. Tú nunca quieres hablar de nada.
—¿Qué quieres que haga, Marta? ¿Que vuelva atrás? ¿Que dejemos de deber dinero?
Ella se tapó la boca. Enseguida se arrepintió, lo vi. Pero las palabras ya estaban allí, entre los dos, como un mueble enorme que nadie podía mover.
Álvaro apareció cuatro días después, en una zona de huertos cerca del río. No quiero contar cómo fue. Hay cosas que no se van aunque no las nombres. Solo diré que cuando me dejaron verlo, tenía la cara demasiado quieta y las pestañas llenas de tierra.
Le besé la frente y le pedí perdón tantas veces que perdí la cuenta.
El funeral fue un borrón de abrazos y café frío. Mi hermana Pilar se encargó de todo porque Marta y yo no éramos capaces ni de elegir flores. Ella quería margaritas, porque eran las que Álvaro dibujaba siempre. Yo dije que sí a todo. Me daba igual todo.
Después llegó lo peor: volver a casa.
La mochila seguía colgada detrás de la puerta. Había una ficha de sumas encima de la mesa del salón, con un siete mal escrito y una pegatina de estrella. Marta cerró la habitación de Álvaro y guardó la llave en el cajón de las facturas.
Yo no podía soportarlo. A las dos semanas, mientras ella dormía, entré con un destornillador y forcé la cerradura. Me senté en su cama. Olía a champú infantil y a armario cerrado. Lloré sin hacer ruido, como un cobarde.
Cuando Marta me encontró allí, no me gritó. Eso fue peor.
—No vuelvas a entrar —dijo.
—Es mi hijo.
—Era nuestro hijo.
La miré. Tenía la cara consumida, el pelo sin teñir, los hombros caídos. Pero en sus ojos había algo duro, algo que antes no existía.
—¿Y qué haces tú? —le solté—. ¿Encerrarlo para que no te duela?
—Yo intento sobrevivir, Julián. Tú solo buscas a quién culpar.
Tenía razón, pero no pude reconocerlo. Culpar a alguien era respirar. Primero culpe a Marta por dejarlo ir solo. Luego a mí por no estar. Luego al barrio, a los coches que pasaban deprisa, a cada hombre que miraba demasiado tiempo a los niños en el parque.
Nos separamos seis meses después. Marta se fue a vivir con su hermana a Valdemoro. Me dejó una nota encima de la lavadora: “No te odio. Pero contigo no puedo llorar. Contigo todo acaba siendo una guerra”.
Yo me quedé en el piso, rodeado de cosas que ya no eran una vida. Trabajaba, bebía alguna noche más de la cuenta y volvía a una casa en silencio. Los domingos eran insoportables.
Entonces llamaron de la Guardia Civil.
Habían detenido a Sergio. Había confesado que aquella tarde vio a Álvaro solo, que lo llevó hacia los huertos con la excusa de enseñarle unos cachorros que, según dijo, no existían. Su declaración era confusa, llena de lagunas. Los agentes hablaron de una mezcla de pánico, consumo de alcohol y una brutalidad que Sergio ni siquiera supo explicar.
Su madre, Rosario, se desplomó en el portal cuando se lo llevaron. Era la mujer que me había prestado una escalera el verano anterior. La que le regalaba chuches a Álvaro en Navidad.
Por eso, cuando lo vi esposado, sentí que algo dentro de mí se rompía otra vez.
Quise golpearlo. Quise que notara aunque fuera una parte mínima de lo que yo notaba cada mañana al despertar y recordar. Pero Marta se puso delante de mí. No sé quién le avisó. Quizá Pilar.
Me agarró las manos con fuerza.
—No le des más de ti —me dijo llorando—. Ya nos lo han quitado todo.
Miré a Sergio. No vi perdón. No vi justicia. Vi a un chico destruido y a dos familias condenadas a vivir alrededor del mismo agujero.
Aún no he perdonado a Sergio. Ni sé si eso se puede perdonar. Algunos días tampoco me perdono a mí, ni a Marta, aunque sé que ella hizo lo que haría cualquier madre cansada en un barrio donde los niños todavía bajan a por pan.
Pero aprendí que el odio no devuelve a nadie. Solo se sienta a tu lado, en la mesa, y ocupa el sitio de los que amas.
¿Se puede seguir viviendo sin perdonar? ¿O perdonar no es olvidar, sino dejar de morir un poco cada día?