Cuando mi abuelo llegó a mi piso, ninguno de los dos sabía cómo volver a sentirse en casa

Lo primero que hizo mi abuelo al llegar a mi casa fue abrir la puerta de la terraza y quedarse allí plantado, con las manos detrás de la espalda, mirando los edificios de enfrente.

No dijo nada durante un buen rato. Yo estaba en la cocina, fingiendo que ordenaba unos vasos para no mirarle demasiado. Había venido con una maleta pequeña, una bolsa de Mercadona llena de medicamentos y una caja de galletas María que insistió en traer “por si acaso”. Era septiembre y todavía hacía calor en Madrid, de ese que se queda atrapado entre los bloques.

—Aquí no se ve ni por dónde sale el sol —dijo al final.

Yo le contesté que sí se veía, solo que no desde la terraza. Tenía que salir al descansillo de la escalera o asomarse por la ventana del salón, si el edificio de enfrente no tapaba demasiado. En cuanto lo dije me pareció absurdo. Como si eso pudiera compensar algo.

Mi abuelo, Julián, había vivido casi toda su vida en un pueblo de Cuenca. En una casa con corral, aunque ya no tenía gallinas desde hacía años. Mi abuela murió seis inviernos antes y, desde entonces, él se fue apagando poco a poco. No de una manera dramática. Simplemente dejó de ir al bar por las tardes, empezó a comer cualquier cosa y se le olvidaba poner la calefacción aunque estuviera helando.

Mi hermano Miguel fue quien se hizo cargo al principio. Vivía relativamente cerca, en Tarancón, y trabajaba desde casa algunos días. Le hacía la compra, le llevaba al médico y se quedaba a dormir cuando veía que estaba más torpe. Pero le salió una oportunidad de trabajo en Valencia. Mejor sueldo, contrato indefinido y, además, acababa de separarse. Tenía la cabeza hecha un lío y un hijo de ocho años al que veía fines de semana alternos.

Una noche me llamó llorando. Miguel no llora nunca. Me dijo que ya no podía con todo y que se sentía una mierda por decirlo.

Yo le dije que el abuelo podía venirse conmigo una temporada.

Lo dije rápido, antes de pensarlo mucho. Vivo sola en un piso de dos habitaciones en Carabanchel. Trabajo como administrativa en una clínica dental y tampoco es que me sobre el dinero, pero la segunda habitación la usaba de despacho, para guardar cajas y tender cuando llovía. Me parecía lo normal. Era mi abuelo.

Los primeros días fueron bastante malos, aunque me da vergüenza reconocerlo.

Él se levantaba a las seis y media, hacía ruido con la cafetera, abría las ventanas de par en par y luego se quejaba de que entraba olor a humo. Yo llegaba cansada del trabajo y me encontraba la televisión puesta a un volumen altísimo, un plato con migas encima de la encimera y a él sentado sin hacer nada, mirando un concurso.

No era solo eso. Era sentir que mi casa ya no era mi casa.

Un jueves llegué y había movido el sofá. Dijo que así se veía mejor la tele. Le respondí mal. Le dije que no podía cambiar las cosas sin preguntarme. Él se quedó de pie en medio del salón, con una mano en el respaldo, y me soltó:

—Pues no lo muevas, hija. Si al final esto no es más que tu casa.

Se fue a su habitación y cerró la puerta.

A mí me dio rabia porque pensé que estaba haciendo chantaje emocional. Luego, mientras calentaba unas lentejas, oí que tosía al otro lado. Bajé el fuego y me quedé mirando la puerta. No entré. No sé por qué. Supongo que porque pedir perdón me cuesta más de lo que me gusta admitir.

Tampoco ayudaba que él preguntara continuamente por Miguel. Que si había llamado, que si ya había encontrado piso, que si estaba comiendo bien. A mí casi no me preguntaba por mi trabajo. Durante un tiempo lo interpreté como que prefería a mi hermano. Quizá era una tontería, pero siempre había tenido esa sensación. Miguel era el nieto que iba al pueblo todos los veranos, el que sabía arreglar una persiana y conducir el tractor del vecino. Yo dejé de ir cuando empecé la universidad y luego cada vez encontraba una excusa.

Fue él quien habló de plantar cosas.

Estábamos en la terraza un domingo. Yo había bajado con un café y él estaba sentado en una silla de plástico, mirando tres macetas secas que habían sobrevivido de milagro a mis horarios. Señaló una y dijo que esa tierra no servía ni para tapar un agujero.

—Pues haz tú algo con ella —le dije, medio en broma.

Y lo hizo.

El martes siguiente salí antes del trabajo y fuimos a un vivero de Usera. Él quería tomates, pimientos, cebollas y habas. Yo le expliqué que la terraza tenía poco más de cuatro metros y que no estábamos montando una finca. Al final compramos plantones de tomate cherry, albahaca, perejil, dos sacos de sustrato y unas jardineras largas. También compró fresas porque le hizo ilusión, aunque luego repetía que las fresas “son muy delicadas y muy señoritas”.

Durante unas semanas, la terraza se convirtió en su sitio. Se levantaba y lo primero que hacía era salir a mirar si había brotado algo. Aprendió a usar el riego por goteo que compré por internet, aunque al principio lo dejó puesto demasiado tiempo y una mañana encontré agua bajando hacia el desagüe como si hubiéramos tenido una tormenta dentro del piso.

Yo me reí. Él también, aunque intentó disimularlo.

Empezamos a cenar más veces allí fuera, cuando aún no hacía frío. No hablábamos de grandes cosas. Me contaba que mi abuela guardaba las semillas en sobres de papel con el nombre escrito a boli. Me explicó que una vez perdió media cosecha por una helada tardía y que se pasó dos días sin hablar con nadie, enfadado con el tiempo como si el tiempo pudiera darle explicaciones.

Una noche me preguntó por qué llevaba tanto sin ir al pueblo.

Le dije que no sabía. La verdad era que, después de que muriera mi padre, me costaba entrar en aquella casa. Todo estaba demasiado igual: su chaqueta colgada detrás de una puerta, el bote de herramientas, el olor del cuarto de estar. Y también me daba culpa. Durante la enfermedad de mi padre yo estaba viviendo en Barcelona y volvía cuando podía, que fue menos de lo que ahora me parece aceptable.

Mi abuelo tardó en responder.

—Tu padre estaba orgulloso de ti —dijo—. Pero era muy torpe para decir esas cosas.

Me molestó que lo redujera a eso. No quería que nadie me arreglara el recuerdo de mi padre con una frase. Pero luego vi que mi abuelo tenía los ojos clavados en las tomateras, no en mí. Quizá tampoco sabía hacerlo mejor.

En noviembre, Miguel vino un fin de semana con mi sobrino. Trajo juguetes, bollos y esa alegría nerviosa de quien se siente culpable y quiere compensarlo deprisa. Al ver la terraza, se quedó sorprendido.

—Pero bueno, abuelo, si tienes aquí más verde que en el pueblo.

Mi abuelo se hinchó un poco, como le pasaba cuando alguien alababa algo suyo. Después le enseñó a mi sobrino una fresa diminuta que todavía no estaba madura.

Miguel me dio las gracias varias veces. La tercera le pedí que parara. No porque no me gustara oírlo, sino porque me hacía sentir que aquello era una carga que yo estaba soportando sola. Y no era exactamente eso. Había días en que lo era, claro. Días en que llegaba agotada y él me preguntaba por quinta vez dónde estaba el colador. Días en que pensaba en recuperar mi habitación de despacho y mi silencio.

Pero también había noches en que volvía a casa y veía la luz de la terraza encendida, a mi abuelo sentado con una manta sobre las rodillas, vigilando unas plantas que no necesitaban vigilancia ninguna. Y me tranquilizaba saber que estaba ahí.

Ahora hace frío y hemos metido algunas macetas dentro porque él dice que por la noche “las castigan”. Los tomates ya dieron lo que tenían que dar. Las fresas fueron pocas y bastante ácidas.

Mi hermano sigue en Valencia. No sabemos todavía si el abuelo volverá al pueblo en primavera, si se quedará conmigo o si tendremos que buscar otra solución. Él dice que echaría de menos su casa, pero luego se preocupa por quién va a regar la albahaca si un día se tiene que ir.

Esta mañana, antes de salir, me ha dejado una lista en la mesa: tierra nueva, semillas de judías y una regadera pequeña, “que la otra pesa demasiado”.

La he guardado en el bolso para comprarlo esta tarde. No sé si eso significa que ya hemos decidido algo. Solo sé que, por primera vez desde que llegó, no me ha parecido que la terraza fuera demasiado pequeña.