Durante meses creyó que el problema era él: hasta que descubrió que sus amigos habían sostenido una mentira a su costa

Me enteré por una foto mal borrada de WhatsApp. Ni siquiera era una captura completa: se veía media conversación, la esquina de una mesa y una botella de Estrella Galicia. La foto la había subido Marta al grupo de antiguos compañeros de la universidad y la eliminó enseguida.

Pero yo la había visto.

En la esquina superior aparecía el nombre de un grupo: “Cuidar a Iván”. Debajo se leían dos mensajes a medias. Uno de Marta decía: “No le digáis nada todavía, que está muy susceptible”. El otro era de Dani: “Es mejor que piense que estamos liados. Si sabe lo otro, se va a hundir”.

No entendí qué significaba. Lo primero que sentí no fue rabia, fue calor en la cara. Ese calor de cuando crees que has hecho el ridículo sin saber exactamente cómo.

Llevábamos siendo amigos desde primero de carrera. Ahora tenemos treinta y seis años, hipotecas algunos, alquileres imposibles otros, hijos pequeños dos de ellos y trabajos que ya no se parecen en nada a lo que imaginábamos con veinte. Yo trabajo por mi cuenta haciendo diseño para comercios pequeños. O trabajaba, más bien. El último año había ido bastante justo. Dos clientes dejaron de pagarme, otro cerró y yo empecé a aceptar encargos por cuatro duros porque me daba vergüenza reconocer que no me salían las cuentas.

Marta, Dani, Lucía, Sergio y yo seguíamos quedando bastante. Cenas en casas, cumpleaños, escapadas de fin de semana cuando se podía. No éramos una pandilla de verse todos los días, pero sí de esas personas a las que llamas si se te muere un familiar o si te dejan. O eso pensaba.

Hacía meses que notaba cosas raras. Quedadas que aparecían de repente en Instagram, como si se hubieran organizado esa misma tarde. Respuestas más cortas. Marta diciéndome “a ver si te animas” con ese tono que no sabía si me estaba cuidando o si me estaba llamando triste sin atreverse.

Una vez le pregunté directamente a Dani si pasaba algo.

—¿Con nosotros? Nada, tío. Estás un poco en tu cabeza últimamente, ya está.

Lo dijo mientras buscaba las llaves del coche. Ni siquiera me miró mucho. Y yo le creí, porque en parte era verdad. Estaba en mi cabeza. Dormía mal, aplazaba facturas, había dejado de ir a nadar y algunas mañanas me costaba hasta abrir el correo.

Después de ver aquella foto, escribí a Marta por privado. No le mandé capturas ni le pregunté de golpe. Puse: “¿Qué es el grupo Cuidar a Iván?”.

Tardó cuarenta y siete minutos en contestar. Los conté, que es algo bastante patético, pero los conté.

“¿Dónde has visto eso?”

Le dije que daba igual dónde. Que quería saber qué era “lo otro”. Me llamó. Estaba llorando ya cuando descolgué, y eso me puso todavía más nervioso. Era como si yo tuviera que tranquilizarla a ella.

Me explicó, a trompicones, que no había un único secreto. Había una historia que se había ido deformando porque nadie quería hacer daño a nadie. Esa frase la repitió varias veces: “nadie quería hacer daño a nadie”.

Según Marta, todo empezó casi un año antes. Yo había hecho la identidad visual de una cafetería nueva en el barrio de Malasaña. El dueño era primo de Lucía. Me pagaron una señal, hice varias propuestas y después dejaron de contestarme. Yo insistí bastante. Demasiado, seguramente. Mandé correos, llamé y acabé escribiendo a Lucía para preguntarle si sabía algo.

Ella me contestó fría. Me dijo que su primo estaba pasando por un mal momento y que no la metiera en medio. Yo le respondí que no pretendía meterla, pero que a mí me debían dinero. No fue una conversación bonita, eso lo reconozco.

Lo que yo no sabía era que el primo de Lucía les había contado que yo le había amenazado con “hundirle el negocio” y que estaba obsesionado con él. Según Marta, Lucía no se lo creyó del todo, pero se asustó. Luego Sergio dijo que yo le había mandado un audio raro una noche. Dani recordó que últimamente estaba “muy intenso”. Y, de pronto, entre todos, montaron la idea de que yo estaba atravesando una especie de crisis y que había que ir con cuidado.

—¿Y nadie pensó en preguntarme? —le dije.

Hubo un silencio larguísimo.

—Sí. Lo pensamos.

Eso fue casi peor.

Me mandó después algunas capturas. No todas, dijo. Había cosas privadas de otras personas. Le contesté que ya no necesitaba ver más, pero la verdad es que sí quería. Quería leer cada frase, saber quién había usado qué palabra, desde cuándo decidieron hablar de mí como si no estuviera.

En el grupo decían que era mejor no contarme ciertos planes porque “se podía tomar mal” si no iban sus parejas o si había gente nueva. También hablaron de prestarme dinero sin que pareciera que me lo prestaban. Dani propuso invitarme a comer más a menudo, pero luego alguien escribió que quizá eso me haría sentir “un caso perdido”.

Había frases cariñosas, incluso. Eso es lo que más me desconcertó. “Iván es buena persona”. “Yo le quiero muchísimo”. “No sabemos lo que estará pasando de verdad”.

Y luego seguían organizando cenas sin mí.

Durante dos días no contesté a nadie. Apagué el móvil, trabajé desde casa en chándal y apenas bajé a comprar pan. Mi madre me llamó tres veces porque Marta, sin mi permiso, le había escrito preocupada. Cuando por fin hablé con mi madre, me soltó:

—Hijo, a lo mejor han intentado ayudarte como han podido.

Me enfadé con ella. Le dije que no tenía ni idea. Luego me sentí culpable, porque mi madre siempre intenta apagar los incendios y yo le estaba colocando uno que no le correspondía.

El sábado quedé con Dani en un bar cerca de Atocha. Fue él quien insistió. Llegó antes que yo y había pedido dos cañas. Me molestó ese detalle absurdo, porque parecía que todo podía arreglarse con una caña bien tirada.

Me pidió perdón. No se defendió mucho al principio. Dijo que le daba vergüenza haber participado. Después, cuando se puso incómodo, empezó a explicar que habían visto cómo yo me aislaba, que estaban preocupados por mis mensajes a deshoras, por el dinero, por aquella discusión con Lucía. Que nadie sabía qué hacer.

—Podíais haberme dicho: “Iván, nos preocupa que estés mal” —le contesté.

—Ya.

—No teníais que diagnosticarme entre vosotros.

—Ya.

No levantó la voz ni intentó quedar bien. Eso, de una forma rara, hizo que me doliera más. Si hubiera sido un capullo, habría sido sencillo cortar. Pero Dani era mi amigo. Me había ayudado a mudarme tres veces. Sabía que no tomo café después de las seis porque luego no duermo. También fue una de las personas que dejó que yo creyera que me estaba inventando las distancias.

La semana siguiente hablé con Lucía. Su primo sí tenía problemas con la cafetería, pero también me debía parte del trabajo. Ella admitió que exageró al contar lo nuestro porque se sintió atrapada entre él y yo. Me devolvió el dinero ella, por Bizum, aunque le dije que no tenía por qué hacerlo. Al ver el ingreso me dio una vergüenza horrible. No por recibirlo, sino porque de repente parecía que todo tenía un precio y que yo era exactamente ese amigo del que hay que hablar con delicadeza porque no llega a fin de mes.

Han pasado cuatro meses. El grupo, oficialmente, ya no existe. Marta lo borró delante de mí un día, sentados en su cocina, como si eso significara algo. Hemos vuelto a coincidir varias veces. Se nota el esfuerzo. Me preguntan más directamente cómo estoy. A veces demasiado directamente. Otras, nadie menciona nada y hablamos del alquiler de Sergio, de la guardería de la niña de Marta, de cualquier tontería.

Yo también he empezado terapia en el centro de salud. Me costó pedir cita, pero la pedí. No porque ellos tuvieran razón sobre mí, sino porque descubrí que llevaba meses sintiéndome pequeño y callándomelo hasta que cualquier gesto me parecía una prueba de que sobraba.

No sé si vuelvo a confiar igual. Creo que no. Cuando el móvil vibra y veo que han quedado sin avisarme, todavía noto un vacío en el estómago, aunque luego resulte que era una cena familiar de alguien o un plan improvisado sin mala intención.

Ayer Dani me escribió para tomar algo el jueves. Le contesté que sí. Luego dejé el móvil boca abajo encima de la mesa y tardé un rato en decidir si de verdad quería ir.