“Para que no haya líos”: cuando su hermana empezó a decidir por él hasta en su propia casa
Mi hermana tiene la costumbre de hablar como si las cosas ya estuvieran decididas. No lo hace gritando. A veces eso es peor. Dice: “Bueno, entonces hacemos esto”, y ya está. Si alguien no contesta enseguida, lo toma como un sí.
Yo nunca fui así. Tengo 46 años, trabajo de administrativo en una empresa de transportes de Getafe y llevo toda la vida evitando discusiones absurdas. Vivo solo desde que me separé hace cinco años. No tengo hijos. Mi vida no era espectacular, pero era mía: ir a correr algunos domingos, ver al Rayo con dos amigos, cocinarme algo decente entre semana y visitar a mi madre los jueves.
Cuando murió mi padre, hace poco más de un año, todo se desordenó.
Mi madre se quedó bastante tocada. No solo por la tristeza, que era lógico. También empezó a despistarse con las medicinas, dejó de comer bien y le daba miedo dormir sola. Mi hermana, Nuria, propuso que nos organizáramos. Ella vive en Alcalá con su marido y dos hijos adolescentes, tiene una gestoría pequeña y va siempre acelerada. Yo estaba más cerca, así que empecé a pasar por casa de mi madre casi todos los días.
Al principio no me importaba. De verdad. Mi padre había sido de esos hombres que arreglaban cualquier cosa con cinta aislante, una llave inglesa y mucha paciencia. Cuando faltó, la casa se quedó llena de cosas que ninguno sabía tocar: papeles, facturas, una caldera que hacía un ruido raro, una plaza de garaje con una gotera encima.
Yo fui haciendo lo que podía. Pedí citas, hablé con el banco, llamé al seguro, llevé a mi madre al centro de salud. Nuria se encargaba de revisar todo por WhatsApp.
“¿Has preguntado por la pensión de viudedad?”
“Sí, Nuria. Ya está solicitado.”
“Pues mándame foto del resguardo, por si acaso.”
No sé en qué momento empecé a mandarle fotos de todo. De los recibos, de los informes, incluso de la compra. Si un día no contestaba porque estaba trabajando, me llamaba tres veces seguidas.
—Es que contigo hay que insistir —me dijo una tarde.
No respondí. Estábamos en la cocina de mi madre, con ella sentada junto a la ventana pelando judías verdes muy despacio. Mi madre no levantó la vista. Y yo pensé que no merecía la pena montar una escena por una frase.
Ese fue el problema durante meses: que para mí nunca merecía la pena.
En Navidad, Nuria dijo que lo mejor era que mamá se viniera a vivir conmigo “una temporada”. Lo presentó como algo provisional, hasta que estuviera más animada. Mi piso tiene dos habitaciones porque la segunda era despacho cuando teletrabajaba más. Mi madre tiene un piso suyo, a diez minutos andando, pero a Nuria le preocupaba que estuviera sola por las noches.
A mí también me preocupaba. Así que acepté.
La primera semana fue complicada, pero llevadera. Mi madre se levantaba pronto, ponía la radio muy alta y se empeñaba en hacerme la cama aunque yo le decía que no hacía falta. Luego empezó a preguntarme a qué hora iba a volver, si iba a cenar fuera, por qué tenía la nevera tan vacía. Cosas de madre. Hasta ahí, bien.
Lo que no llevaba bien era que Nuria viniera cada sábado y reorganizara mi casa.
Un día tiró una caja con facturas antiguas que tenía en el armario. Otro cambió los botes de sitio en la cocina porque, según ella, mi madre no podía agacharse. Me pareció razonable, aunque luego yo no encontraba ni el café. También quitó una foto que tenía con mi ex de una estantería. No porque fuese importante, ni porque siguiera enganchado a mi ex, sino porque me dio rabia que ni siquiera preguntara.
—Pensé que no querías verla —me dijo.
—No se trata de eso. Es mi casa.
Se quedó mirándome como si hubiera dicho una tontería.
—Mario, no empecemos. Bastante tiene mamá.
Esa frase se me quedó clavada. “No empecemos.” Como si expresar algo fuera empezar una guerra.
El asunto explotó por una cosa bastante ridícula, si la cuento así. Mi hermano pequeño no tenemos; somos solo Nuria y yo. Y ella decidió que había que alquilar el piso de mamá cuanto antes para pagar una persona que la acompañara unas horas cuando yo estuviera trabajando. No me parecía mala idea. Lo que me molestó fue que ya había hablado con una inmobiliaria, que había pedido una tasación y que le había dado una copia de las llaves a un agente.
Todo sin sentarse conmigo. Sin preguntarle de verdad a mi madre, tampoco.
Me enteré porque llegué un martes y había un señor en el salón haciendo fotos.
Mi madre estaba sentada en su sillón, con el abrigo puesto dentro de casa. Parecía incómoda, pequeña. Le pregunté qué pasaba y me dijo:
—Tu hermana dice que es lo mejor.
No dijo “hemos decidido”. Dijo “tu hermana dice”.
Llamé a Nuria desde el rellano. No grité, aunque me temblaban las manos.
—¿Por qué hay un tío haciendo fotos en casa de mamá?
—Porque hay que mover esto, Mario. No podemos seguir eternamente igual.
—Podías haberme llamado.
—¿Para qué? Si al final dices que sí a todo, pero te tiras tres semanas dándole vueltas.
Y tenía parte de razón. Yo daba vueltas. Yo callaba. Yo esperaba que alguien adivinara que me estaba pasando por encima.
Pero aquella tarde le dije que no iba a firmar nada, que mamá no se mudaba definitivamente a mi casa y que, antes de tomar decisiones, íbamos a hablar los tres. Me contestó que estaba siendo egoísta, que ella también tenía familia y trabajo, que no podía cargar con todo.
No le dije que nadie se lo había pedido. No en ese momento.
Mi madre volvió a su piso dos semanas después. Contratamos a una mujer del barrio para que fuera tres tardes, y yo sigo yendo cuando puedo. Nuria dejó de hablarme casi un mes, salvo para mandarme mensajes secos sobre médicos o recibos. Ahora hablamos algo más, pero con cuidado, como si cualquier frase pudiera romperse.
A veces me siento culpable. Mi madre está más sola que antes y sé que Nuria está agotada, aunque no lo reconozca. Pero también he vuelto a sentarme en mi sofá sin pensar que tengo que justificar por qué he puesto una película o por qué no he contestado un mensaje en veinte minutos.
El otro día mi madre me llamó para preguntarme si podía ir a cambiarle una bombilla. Fui después del trabajo. Me preparó una tortilla francesa demasiado hecha y me la comí entera. Antes de irme, me dijo que Nuria había pasado por la mañana.
—¿Y qué tal?
Mi madre se encogió de hombros.
—Está nerviosa. Como siempre.
No añadí nada. Cambié la bombilla del pasillo, recogí mis herramientas y le dije que el jueves volvía a verla.