Su madre bajó las cosas de sus hijos al sótano para dejar sitio a un bebé que todavía no había nacido

Cuando me separé de Dani, lo último que quería era volver a casa de mis padres. Tenía treinta y ocho años, dos hijos, un trabajo a media jornada en una clínica dental y la sensación de que todo el mundo iba a mirarme con esa cara de pena que tanto me molestaba.

Pero el alquiler del piso de Móstoles se me quedó imposible. Dani pasó de ingresar lo que habíamos acordado a mandarme cantidades sueltas, cuando le venía bien y siempre con una excusa distinta. Que si ese mes había tenido menos trabajo, que si había pagado una avería del coche, que si ya me lo compensaría. Yo tampoco tenía dinero para meterme en abogados durante meses. Bastante tenía con llegar al día veinte sin contar monedas.

Mis padres me dijeron que fuéramos a su casa “hasta que te organices”. Viven en un chalet adosado en Fuenlabrada que compraron hace muchos años. No es una mansión, pero tiene tres habitaciones arriba, una abajo que usan de despacho y un sótano medio acondicionado donde mi padre guarda herramientas, cajas y una bici estática que nadie utiliza.

Mi hermano Álvaro ya no vivía allí. Se había ido a vivir con su novia, Paula, a un piso de alquiler por la zona de Leganés. Venían algunos domingos a comer. Al principio, mis padres nos dejaron a los tres en la habitación que había sido de Álvaro. Era pequeña, pero nos apañamos. Mi hija, Lucía, dormía en una cama nido y Mateo, que entonces tenía seis años, en un colchón plegable al lado de mi cama.

Yo repetía constantemente que era temporal. A mis padres y a mí misma.

Intentaba que los niños no hicieran ruido. Que recogieran enseguida. Que no dejaran los abrigos en una silla, que no usaran demasiada agua, que no cogieran yogures sin preguntar aunque mi madre llenara la nevera. Es horrible vivir en casa de tus padres de adulta y sentir que tienes que dar explicaciones por poner una lavadora.

Aun así, hubo momentos buenos. Mi padre llevaba a Mateo al fútbol los sábados cuando yo trabajaba. Mi madre peinaba a Lucía antes del colegio porque a mí siempre se me daban fatal las trenzas. Los niños se acostumbraron a tenerlos cerca. Yo también me relajé un poco, lo reconozco.

Todo empezó a cambiar cuando Paula se quedó embarazada.

Me alegré por ellos. De verdad. Álvaro llevaba tiempo queriendo ser padre y, aunque mi relación con Paula nunca fue de grandes confidencias, me parecía buena chica. El problema fue que mis padres empezaron a hablar del bebé como si ya estuviera allí y como si todo lo demás tuviera que recolocarse a su alrededor.

Mi madre compró un moisés de segunda mano casi al día siguiente de enterarse. Mi padre empezó a decir que había que vaciar el despacho “por si acaso”. Nadie sabía muy bien por si acaso qué, porque Álvaro y Paula seguían pagando su alquiler y no habían dicho que fueran a mudarse.

Un miércoles llegué tarde de la clínica. Había tenido una paciente que se había puesto nerviosísima antes de una extracción y se me hizo eterno. Recogí a los niños del comedor escolar y del extraescolar, compré pan y llegamos a casa casi a las ocho.

Lo primero que noté fue que la puerta de nuestra habitación estaba abierta.

Mateo entró corriendo y volvió a salir.

—Mamá, ¿dónde está mi caja de dinosaurios?

Pensé que mi madre habría recogido. Pero no estaba la caja, ni el escritorio pequeño de Lucía, ni la balda donde tenían los cuentos. Habían dejado las camas y poco más. Hasta los dibujos que Lucía tenía pegados con celo en la pared estaban dentro de una carpeta encima de mi almohada.

Mi madre salió de la cocina secándose las manos en un paño.

—No te asustes, hija. He bajado las cosas al sótano. Aquí había demasiada trastería.

Le pregunté por qué. Así, sin gritar. Creo que porque los niños estaban delante y porque tardé unos segundos en entenderlo.

Me dijo que había que preparar la habitación. Que Álvaro y Paula necesitarían espacio con el niño cuando fueran a comer, que quizá algunos fines de semana se quedarían a dormir, que un bebé necesita muchas cosas. Hablaba deprisa, como si tuviera una lista preparada.

—Pero si el bebé ni ha nacido —le dije.

Mi padre apareció entonces desde el salón. Dijo que no montáramos un drama, que el sótano estaba bien, que él pondría un radiador si hacía falta.

Bajé a verlo. Hacía frío de verdad. No era humedad que yo me estuviera inventando por enfado: olía a cerrado, había una ventana pequeña a ras de calle y las cajas de mis hijos estaban apiladas al lado de botes de pintura y una escalera. La caja de dinosaurios estaba abierta y uno de los muñecos había quedado debajo de una bolsa de ropa vieja.

Lucía no dijo nada. Eso fue lo que más me dolió. Tiene diez años, pero ya se da cuenta de todo. Se quedó en la puerta, agarrando la mochila, mirando cómo sacaba sus cosas de una caja.

Mateo preguntó si ahora iba a dormir el bebé en su cama.

Mi madre le contestó: “No, cariño, es para cuando venga el primo”. Como si con eso se arreglara.

Aquella noche cenamos en silencio. Mis padres decían alguna cosa sobre el colegio o sobre la cena del domingo, pero nadie seguía la conversación. Lucía apenas probó la tortilla. Luego, cuando por fin cerramos la puerta de la habitación, me preguntó si nosotros estábamos allí “porque molestábamos”.

Le dije que no. Le dije que los abuelos nos querían muchísimo y que solo estaban pensando en organizar la casa. Y mientras lo decía, notaba que se me cerraba la garganta porque ni yo me lo creía del todo.

A la mañana siguiente hablé con mi madre a solas. Le dije que comprendía que Álvaro fuera a tener un hijo, que me parecía normal que estuvieran ilusionados, pero que no podía hacer sentir a mis hijos que sus cosas eran lo primero que se podía apartar. Ella se echó a llorar y me dijo que yo siempre interpretaba todo como un ataque desde que me separé.

Eso me hizo daño porque quizá tenía una parte de razón. Estaba sensible, cansada y con miedo. Pero también había visto la cara de Lucía.

Mi padre fue más tajante. Dijo que aquella era su casa y que yo no podía pretender que se paralizara la vida familiar hasta que yo resolviera la mía. No le respondí. Porque era su casa. Porque me estaban haciendo un favor. Porque dependía de ellos para casi todo en ese momento.

Durante una semana busqué pisos por las noches, sentada en la cama con el móvil cargando en el suelo. Lo que encontraba era carísimo, minúsculo o estaba lejísimos de los colegios. Llamé a un par y ni me devolvieron la llamada cuando dije que tenía contrato parcial. Una compañera me habló de una agencia de alquiler que trabajaba con seguros de impago y me dio vergüenza hasta pedir información.

Al final encontré un bajo interior de dos habitaciones en Parla. Cuarenta y tantos metros, cocina vieja, un patio que daba a un tendedero comunitario y un salón donde apenas cabía un sofá pequeño. El casero quería dos meses de fianza. Lloré al salir de verlo, no por el piso, sino porque las cuentas no salían por ningún lado.

Mi prima me dejó parte del dinero sin hacer preguntas. Vendí una cámara de fotos que casi no usaba y acepté que Dani adelantara una mensualidad de la pensión a cambio de que no le reclamara ese mes unos gastos del colegio que, en realidad, le correspondían también a él. No fue una victoria. Fue ir poniendo parches.

Nos mudamos un sábado de noviembre. Mi padre me ayudó con la furgoneta de un amigo. Mi madre vino detrás con bolsas de comida, un edredón y una planta que se quedó olvidada en el asiento del copiloto. Estuvo todo el rato diciendo que no hacía falta irse así, que podíamos haber hablado mejor.

Tal vez tenía razón. Tal vez yo me fui demasiado deprisa. Pero cuando Lucía colocó sus libros en una estantería de segunda mano y Mateo puso los dinosaurios debajo de su cama, los dos parecían respirar de otra manera.

El piso sigue siendo pequeño. Hay meses en los que no sé de dónde voy a sacar para una excursión, unas gafas nuevas o una factura que se dispara. Mis padres vienen a vernos y yo voy a comer algunos domingos, aunque ya no igual. Con Álvaro hablo poco; no porque le culpe de todo, pero tampoco sé cómo explicarle que su bebé no hizo nada y, sin embargo, cambió algo dentro de mí.

Hace unos días mi madre me preguntó si quería que guardaran una habitación para nosotros por si algún día necesitábamos volver. Le dije que no sabía.

Mateo estaba en el salón haciendo los deberes, con los pies helados porque todavía no hemos comprado una alfombra. Lucía escuchaba música con los cascos. Miré alrededor y pensé que, por primera vez en mucho tiempo, al menos nadie tenía que pedir permiso para dejar sus cosas donde estaban.