Acogí a la hija de una conocida como si fuera mía, hasta que vació nuestra cuenta para buscar al padre que la abandonó
—¿Dónde están los ocho mil cuatrocientos euros, Elena?
La voz de Julián no fue alta. Ojalá hubiera gritado. Habría sido más fácil. Estaba sentado en la mesa de la cocina, con el extracto bancario impreso entre las manos y la cafetera aún goteando detrás de él. Yo miré las cifras sin entenderlas al principio. Luego vi la fecha. El día anterior.
Inés no había bajado todavía a desayunar.
Sentí un frío raro en el estómago. De esos que no vienen de fuera.
—Tiene que haber un error —dije.
Julián levantó los ojos. Llevábamos diecinueve años juntos y pocas veces le había visto esa expresión: no era solo rabia. Era decepción.
—No hay ningún error. Entró con tu clave. La clave que le diste para que pudiera comprar los libros del instituto.
Yo le había dado esa clave dos semanas antes. Confiaba en ella. Inés llevaba casi un año viviendo con nosotros. Casi un año ocupando el cuarto que había sido despacho, dejando sus zapatillas tiradas junto al sofá y diciendo «ya voy» cada vez que le pedía que pusiera la mesa. Cosas normales. Cosas de una chica de dieciséis años.
Y, para mí, cosas de una hija que nunca tuve.
Conocí a su madre, Marisa, en el supermercado del barrio. Coincidíamos muchas tardes al salir del trabajo. Ella trabajaba limpiando oficinas y yo en una gestoría. No éramos amigas íntimas, pero hablábamos. De las facturas, del precio de la fruta, de lo difícil que era llegar a fin de mes.
Marisa tenía una risa escandalosa y una forma de defender a Inés que me enternecía.
—Mi niña parece dura, pero por dentro es mantequilla —me dijo una vez.
Luego Marisa enfermó. Fue rápido, demasiado rápido. Un cáncer de páncreas que le detectaron tarde. Inés pasó de hacer deberes en el salón a dormir en una silla de hospital, sin querer separarse de su madre. Cuando Marisa murió, la chica se quedó prácticamente sola.
Su padre, Esteban, se había marchado cuando ella tenía seis años. No llamaba. No pagaba pensión. No aparecía ni por Navidad. Marisa decía que era un hombre incapaz de mirar de frente el daño que hacía.
Los abuelos de Inés habían fallecido y una tía de Almería dijo que no podía hacerse cargo. «Tengo tres hijos, Elena, no me da la vida», me explicó por teléfono, como si eso cerrara el asunto.
Julián y yo hablamos durante noches enteras.
—Podemos ayudarla unos meses —le dije—. Hasta que se aclare todo.
Él se quedó callado mucho rato.
—Unos meses se convierten en años muy deprisa.
—Lo sé.
Y aun así la trajimos a casa.
Al principio fue difícil. Inés no lloraba. Eso era lo peor. Comía poco, se encerraba con los cascos puestos y respondía con monosílabos. Una noche encontré un plato de lentejas intacto en su cuarto y me senté en el borde de la cama.
—No tienes que fingir que estás bien conmigo —le dije.
—No estoy fingiendo.
—Entonces dime qué necesitas.
Tardó tanto en contestar que pensé que no lo haría.
—A mi madre.
No supe qué decir. Le acaricié el pelo y ella apartó la cara al principio. Después, muy despacio, apoyó la frente en mi hombro. Lloró sin hacer ruido. Yo también.
Con el tiempo empezó a volver a la vida. Suspendió matemáticas, discutió con Julián por la hora de llegada y se empeñó en pintarse el pelo de rojo. Julián refunfuñaba, pero le compró una estantería para sus libros cuando vio que los tenía apilados en el suelo.
—No te acostumbres —le dijo mientras montaba los tornillos.
—Ya estoy acostumbrada —contestó ella.
Él sonrió. Solo un poco.
Por eso, aquella mañana, cuando Inés bajó las escaleras y nos vio frente a frente, entendió enseguida que lo sabíamos.
Llevaba el pijama arrugado y el pelo recogido de cualquier manera. Se quedó inmóvil en el último escalón.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Julián deslizó el extracto hacia ella.
—Pregúntaselo a tu teléfono. O al hombre al que pagaste mil doscientos euros por «localizar» a tu padre.
Inés se puso blanca. No intentó negarlo.
—Yo lo iba a devolver.
—¿Con qué? —Julián golpeó la mesa con la palma—. ¿Con qué, Inés? Ese dinero era para arreglar la furgoneta y para la entrada del alquiler de verano. ¿Tú sabes lo que nos cuesta ahorrar?
—¡No quería haceros daño!
—Pues lo has hecho.
Ella me miró. Tenía los ojos llenos de miedo, pero también de una rabia antigua que no era contra nosotros.
—El hombre dijo que tenía una dirección. Dijo que mi padre podía estar en Valencia. Solo necesitaba pagar una búsqueda en registros y… y viajar allí si salía algo.
—¿Y no podías hablar con nosotros? —pregunté.
La pregunta me salió rota.
Inés bajó la mirada.
—Porque ibais a decir que no.
—Claro que habríamos dicho que no —soltó Julián—. Porque era una estafa. Porque no se roba a la gente que te abre su casa.
Ella se echó a llorar entonces. Con una desesperación que me dejó clavada a la silla.
—Necesitaba saber por qué se fue —dijo—. Si está vivo. Si alguna vez pensó en mí. Aunque fuera una vez.
Julián se levantó y se fue al salón. Escuché cómo cerraba la puerta de la terraza. No dio un portazo. Peor todavía.
Los días siguientes fueron insoportables. El supuesto investigador dejó de contestar los mensajes. Había usado una cuenta a nombre de una empresa inexistente. Inés entregó su móvil, buscó trabajo los fines de semana en una panadería y pidió que le descontáramos cada euro de lo que ganara.
—No quiero que penséis que soy una ladrona —me dijo una noche, sentada en la encimera mientras yo preparaba tortilla.
—Has hecho algo muy grave —le contesté—. Pero no eres solo lo peor que has hecho.
Ella asintió, llorando en silencio.
Julián no quería escuchar nada. Dormía de espaldas a mí. Evitaba coincidir con Inés. Una semana después me dijo lo que yo temía.
—Tiene que irse, Elena.
—¿Adónde?
—A un recurso de acogida. A casa de esa tía. Donde sea.
—No es un paquete que se devuelve cuando se complica.
—No, pero tampoco puede convertir nuestra vida en un campo de minas.
Me dolió porque tenía razón en algo. Yo había decidido querer a Inés con una fuerza casi ciega, como si amarla pudiera borrar la muerte de Marisa, el abandono de Esteban y la culpa que ella cargaba sin saber nombrarla. Pero Julián también tenía derecho a sentirse traicionado. Era su casa. Eran nuestros ahorros. Era nuestro proyecto de vida.
Y yo estaba en medio, intentando proteger a una chica rota sin romper al hombre que había estado a mi lado siempre.
Anoche, Inés dejó un sobre sobre la mesa. Dentro había ciento ochenta euros de la panadería y una nota escrita con letra temblorosa: «No os pido que olvidéis. Solo que no me dejéis otra vez».
Julián leyó la nota. Se quedó mucho rato callado. Después fue al cuarto de Inés. No escuché la conversación, solo el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose. Esta mañana, él ha dejado una taza de cacao en la encimera. Como el que ella toma desde que llegó.
No sé si eso significa perdón. No sé si el amor basta cuando la confianza se ha roto de esta manera.
Pero sé que abandonar a alguien cuando más miedo tiene quizá sea enseñarle que todos los adultos acabamos haciendo lo mismo. ¿Vosotros qué habríais hecho en nuestro lugar?