Daniel pensó que su coche era intocable… hasta que una discusión con Marta lo cambió todo
Nunca pensé que iba a echar de menos el ruido que hacía Marta al abrir la puerta de casa.
No era especialmente cuidadosa. Dejaba las llaves en cualquier sitio, a veces se olvidaba el bolso en el coche y tenía la costumbre de dejar las zapatillas en mitad del pasillo. Yo me quejaba por tonterías de esas. Ahora entro en el piso y está todo demasiado colocado. Demasiado quieto.
Tengo treinta y seis años y trabajo como comercial para una empresa de material eléctrico. No gano una fortuna, aunque durante un tiempo me esforcé en que pareciera lo contrario. Hace un año me compré un BMW de segunda mano, de esos que tienen pocos kilómetros pero siguen costando lo suficiente como para que te pases meses mirando la cuenta bancaria.
No fue una decisión sensata. Teníamos una hipoteca pequeña en Parla, Marta trabajaba a media jornada en una clínica dental y llevábamos tiempo hablando de tener un hijo. Pero yo lo veía como una recompensa. Había cerrado un par de ventas buenas, venía de años con coches normales y me dije que me lo había ganado.
Marta no montó una escena cuando se lo conté. Eso habría sido casi mejor.
—Es bonito —me dijo, mirándolo desde la acera—. Pero Dani, no sé si ahora era el momento.
Yo me puse a la defensiva enseguida. Le dije que no íbamos a dejar de vivir por si algún día teníamos un hijo, que también trabajaba mucho, que el coche no nos iba a arruinar. Ella no insistió. Solo dijo: “Vale”.
Con el tiempo entendí que aquel “vale” no era que estuviera de acuerdo. Era que empezaba a cansarse de discutir conmigo.
Cuando se quedó embarazada, al principio estuve feliz. De verdad. Llamé a mi hermano, a mis padres, a dos amigos. Guardé la primera ecografía en el móvil y se la enseñaba a quien me preguntara. Pero la ilusión convivía con una preocupación que no reconocía ni ante mí mismo: el dinero.
Marta quería que miráramos una habitación más grande, aunque fuera solo para pintar y arreglarla. Quería comparar carritos, hablar de baja, de quién podría ayudarnos al principio. Yo siempre estaba ocupado o contestaba con números.
—Ya veremos más adelante.
—Todavía queda.
—No compres nada sin hablarlo.
Ella me miraba de una forma que me molestaba. Como si yo estuviera fallando antes de que el niño hubiera nacido. Y tal vez era eso.
La discusión más fuerte fue un jueves de noviembre. Marta estaba de casi seis meses. Había salido tarde de la clínica y me pidió que la recogiera porque le dolía la espalda y llovía bastante. Fui a buscarla, pero llevaba el coche recién lavado. Me da vergüenza decirlo ahora, pero lo primero que pensé cuando la vi empapada bajo el paraguas fue que no quería que subiera con los zapatos llenos de barro.
No le dije nada en ese momento. Le puse una toalla en el asiento y arrancamos.
Ella venía callada. A mitad de camino me enseñó en el móvil una oferta de una cuna que había encontrado. No era cara, pero yo acababa de pagar el seguro del coche y una revisión que se me había ido de presupuesto.
Le dije que no.
—No te estoy pidiendo que la compremos hoy —contestó—. Te la estoy enseñando.
—Pues parece que todo lo que me enseñas viene con una factura detrás.
Marta se giró hacia la ventanilla. Luego dijo, muy bajito, que a ella le daba la sensación de que la factura que más me preocupaba era cualquier cosa que no tuviera cuatro ruedas y mi nombre.
Me calenté. Le recordé que el coche lo pagaba yo, como si aquello solucionara algo. Ella me contestó que la hipoteca también la pagábamos los dos, que el bebé era de los dos y que estaba harta de pedir permiso para cada gasto mientras yo hablaba del BMW como si fuera una persona más de la familia.
Paramos en un semáforo cerca de una rotonda. Llovía fuerte. Yo tenía las manos agarradas al volante y recuerdo que vi una gota bajar por el cristal, solo una, mientras ella seguía hablando. No gritaba. Creo que eso me puso más nervioso.
—No quiero criar a un hijo con alguien que piensa que llegar a casa con el coche limpio es más importante que llegar a casa conmigo bien —dijo.
Le respondí algo horrible. Le dije que si estaba tan mal conmigo, que se bajara.
Esperaba que me dijera que era un idiota. Que se quedara sentada. Que llorara, incluso. No sé qué esperaba exactamente. Pero abrió la puerta.
—Marta, no hagas el numerito —le solté.
Y esa frase es la que más veces he escuchado después en mi cabeza.
Se bajó y cerró de un portazo. Arranqué. Avancé unos metros. Ni siquiera había llegado a coger velocidad cuando miré por el retrovisor y la vi cruzando hacia la acera, con una mano sobre la barriga y el paraguas vuelto por el viento.
Frené.
Vi luces. Escuché un golpe seco que no sabría describir sin volver a aquel momento. Un coche que entraba en la rotonda patinó al intentar esquivarla. No la atropelló de lleno, pero el impacto la tiró al suelo.
Después todo fue confuso: gente bajo la lluvia, alguien llamando al 112, mi chaqueta empapada sobre ella aunque no servía para nada, Marta mirándome sin decir mi nombre. En urgencias me dijeron que estaba estable. A nuestro hijo no pudieron salvarlo.
No voy a contar cómo fueron esos días porque aún hay cosas que no consigo ordenar. Mi madre quiso quedarse en casa con nosotros. La madre de Marta no me miraba a la cara. Yo dormía en el sofá porque Marta no soportaba que me acercara a la cama. Y no la culpaba.
Le pedí perdón tantas veces que la palabra dejó de significar algo.
No fue solo por aquella frase ni solo por haberla dejado bajo la lluvia. Fue por todo lo anterior. Por cada vez que la hice sentir que exageraba. Por cada conversación que corté con un “ya veremos”. Por comportarme como si ser padre fuera una idea bonita para contar a otros, pero no una responsabilidad que empezaba mucho antes de que naciera un bebé.
Dos meses después, Marta se fue a vivir temporalmente con su hermana a Alcalá. Luego me pidió el divorcio. No discutimos la mayor parte de las cosas. Vendimos el piso. Yo me quedé con el coche porque era lo que tenía sentido en los papeles y porque ella no quería volver a verlo.
Al principio pensé en venderlo. Hubiera sido sencillo, incluso lógico. Pero no lo hice. No por apego. Creo que por cobardía. Como si venderlo fuera intentar fingir que no había pasado nada.
Sigue aparcado abajo. Lo uso poco. Hay una sillita de bebé sin estrenar guardada en el trastero, todavía en su caja. Marta me escribió hace unas semanas para decirme que había encontrado algunas cosas suyas y que, cuando pudiera, pasaría a recogerlas.
Le contesté que sí, que me avisara antes.
Eso es todo lo que hablamos ahora.