Dejó que su hermana se instalara “solo unas semanas”, pero acabó sintiéndose un extraño en su propia casa
Nunca pensé que echaría de menos cosas tan tontas como dejar una taza en el fregadero hasta la mañana siguiente.
Vivo en un piso de dos habitaciones en Carabanchel desde hace casi doce años. No es mío del todo, todavía me quedan años de hipoteca, pero es mi casa. Lo compré después de divorciarme, cuando mi hija, Alba, tenía diez años y venía fines de semana alternos. Ahora tiene veintitrés, comparte piso por Argüelles y aparece de vez en cuando a comer, a que le lave una lavadora o a pedirme que le adelante algo de dinero. Lo normal.
Yo trabajo de mantenimiento en un instituto. Tengo horarios bastante estables, soy más bien de rutina. Llego, me cambio, bajo a por pan si hace falta, pongo la radio bajita y ceno viendo cualquier cosa. Nunca he sido una persona de mucha vida social. Por eso mi casa era importante para mí. No porque fuese bonita, que tampoco es que lo sea tanto, sino porque era el único sitio donde no tenía que dar explicaciones.
Mi hermana Elena es tres años menor que yo. Siempre hemos tenido buena relación, aunque muy distinta manera de vivir. Ella es más de gente, de planes, de hablar por teléfono a voces. Se separó hace unos años, enlazó trabajos precarios y alquileres imposibles. Tiene un hijo, Dani, de diecisiete, que vive con su padre en Getafe desde que empezó bachillerato porque le pillaba mejor el instituto.
En febrero me llamó una noche. Su casera vendía el piso y le había dado un plazo corto para irse. Elena estaba llorando. No podía pagar otra fianza, había tenido que dejar un trabajo en una clínica dental porque le reducían horas y no le salían las cuentas.
Me preguntó si podía quedarse conmigo unas semanas, hasta que encontrara algo.
Dije que sí antes de que terminara la frase. Ni me lo pensé. Me habría sentido una basura diciendo otra cosa.
Llegó con seis cajas, dos maletas y una planta enorme que dejó en la entrada porque no sabía dónde ponerla. Me dio hasta ternura verla tan perdida. Le preparé la habitación que antes usaba Alba. Cambié las sábanas, vacié un cajón y le dejé una toalla limpia encima de la cama.
Las primeras semanas fueron fáciles. Elena cocinaba algunos días, compraba fruta, me contaba entrevistas. Yo le decía que no se agobiara. Incluso me venía bien tener a alguien en casa, o eso pensaba.
El problema fue que no hubo un día concreto en el que todo cambiara. No puedo señalar una discusión enorme ni una cosa imperdonable. Fue más bien una suma de pequeñas invasiones que, por separado, parecían ridículas.
Empezó a teletrabajar para una empresa de atención al cliente. Se instaló en el salón porque, según ella, en la habitación no entraba bien la cobertura. A las nueve de la mañana ya tenía el portátil abierto en mi mesa, papeles, una taza, su cargador cruzando el suelo. Yo llegaba del instituto algunos días a las tres y media y no podía poner la tele porque estaba atendiendo llamadas.
Luego vino su novio, Marcos. Al principio se quedaba a cenar algún sábado. Después empezó a dormir allí. No todas las semanas, decía Elena, aunque yo perdí la cuenta. Me lo cruzaba en el pasillo en calzoncillos, buscando café como si llevara viviendo allí media vida.
Una tarde llegué y estaban los dos sentados en mi sofá viendo una serie. Habían pedido comida a domicilio. Había bolsas, latas y una manta mía tirada por el suelo. Marcos levantó la vista y me dijo: “¿Qué pasa, cuñado?”. Como si aquello fuese gracioso.
No dije nada. Entré en mi habitación, cerré la puerta y me quedé sentado al borde de la cama con la mochila todavía puesta.
Me da vergüenza reconocerlo, pero empecé a llegar tarde a casa a propósito. Daba vueltas por el barrio, tomaba un café solo en un bar cerca del intercambiador de Plaza Elíptica, miraba el móvil sin tener mensajes. A mi edad, con cincuenta y ocho años, haciendo tiempo para no volver a mi propia casa.
Intenté hablarlo con Elena un par de veces, pero lo hacía mal. Soltaba indirectas.
—Oye, mañana madrugo, a ver si no os acostáis tan tarde.
O:
—Marcos podría avisar antes de venir, más que nada por organizarme.
Ella asentía, decía “sí, claro”, y luego se le olvidaba o lo interpretaba como que yo estaba de mal humor ese día. Y quizá lo estaba. Había noches en que escuchaba su risa desde el salón y me entraba una rabia desproporcionada. No contra ella exactamente. Contra mí por no ser capaz de decir algo claro.
Mi hija vino a comer un domingo y fue quien me lo puso delante. Elena había salido con Marcos y Alba me preguntó por qué estaba tan serio.
Le conté por encima. Ella dejó el tenedor y me dijo:
—Papá, la tía lleva aquí casi cinco meses.
Yo respondí que estaba buscando piso, que las cosas estaban fatal y que no iba a echar a mi hermana a la calle.
—No te está pidiendo que la eches a la calle. Pero tampoco puedes seguir escondiéndote en tu habitación.
Me molestó que me hablara así. Le dije que era muy fácil opinar desde fuera. Ella se quedó callada un momento y luego me recordó que, cuando era pequeña y venía de pasar el fin de semana conmigo, yo siempre le decía que esa casa también era suya.
—Pero ahora parece que no es tuya ni para ti —dijo.
Eso me dejó tocado.
La conversación de verdad llegó por una tontería. Un jueves fui a sacar una camisa azul para una reunión y no estaba. Elena la había cogido “para plancharla bien” porque pensaba que era de Marcos. La encontró en una bolsa de ropa para lavar junto con otras cosas suyas. No era grave. No era nada. Pero me salió todo de golpe.
Le dije que no podía seguir así, que necesitaba que buscara una fecha real para irse, que Marcos no podía dormir allí cuando le diera la gana y que el salón no era su oficina permanente.
Elena se quedó blanca. Luego se enfadó muchísimo.
Me dijo que sabía perfectamente que me estaba molestando desde hacía tiempo, que si no lo había dicho claramente era cosa mía. También dijo que yo no entendía lo que era vivir con el agua al cuello, mirar anuncios de habitaciones por 650 euros y saber que ni siquiera te van a contestar.
Y tenía razón en parte. Yo tenía mi nómina, mi piso, aunque fuera pequeño, y una vida bastante montada. Ella estaba asustada. Pero también era verdad que yo llevaba meses viviendo encogido.
No se fue esa noche. Ni la siguiente.
Acordamos que pediría ayuda a una amiga para entrar en un piso compartido en Alcorcón. No le gustaba la idea. A mí tampoco me gustaba sentir que la estaba empujando hacia algo peor. Durante dos semanas apenas hablamos. Ella cenaba en su habitación. Yo dejaba la cocina recogida de una forma casi obsesiva, como si el orden pudiera arreglar lo que había roto.
El sábado pasado vino con su hermano, el novio de su amiga, a llevarse las cajas. La planta enorme fue la última. Me dio un abrazo rápido en la puerta. Me dijo: “Ya te llamaré cuando esté colocada”. Yo le contesté que sí, que claro.
Desde entonces, el piso vuelve a estar silencioso. Demasiado, algunos días. Ayer encontré una horquilla suya debajo del sofá y la dejé sobre el aparador. No sé para qué. No creo que vuelva a por ella.
Esta mañana Elena me ha mandado una foto de Dani ayudándola a montar una estantería en su habitación nueva. Le he puesto un corazón y nada más. Luego he preparado café, he dejado la taza en el fregadero y me he ido a trabajar sin lavarla.