Firmamos el piso de nuestros sueños en Madrid y casi perdimos a nuestros hijos por pagar la hipoteca
—No me quiero quedar aquí, mamá. No me obligues.
Alba tenía la mochila colgada de un hombro, el pelo pegado a la cara por el llanto y esa forma de mirarme que todavía me persigue. Estábamos en el portal de casa de mi madre, en Astorga. Mi marido, Javier, tenía el maletero abierto. Dentro iban dos maletas, una bolsa con juguetes y la sensación horrible de que estábamos abandonando a nuestros hijos aunque nadie quisiera llamarlo así.
Mateo, que tenía seis años, no lloraba. Eso era peor. Estaba sentado en el bordillo abrazando su dinosaurio de tela y preguntaba cada poco:
—¿El domingo venís?
—Claro que sí, cariño —le dije.
Pero ni siquiera sabía si podríamos ir aquel domingo. Javier tenía que cubrir un turno extra en la empresa de reformas y yo acababa de aceptar más horas en la gestoría. Todo para pagar el piso. Nuestro piso. El que tanto habíamos querido.
Mi madre, Carmen, salió al portal secándose las manos en el delantal.
—Lucía, esto no está bien —me dijo bajito—. Los niños están muy nerviosos.
—Mamá, es solo hasta que nos organicemos.
—Eso decís todos cuando no podéis más.
Javier cerró el maletero de golpe. No lo hizo con mala intención, pero el ruido hizo que Mateo se encogiera.
—Carmen, no tenemos otra salida —dijo él, cansado—. La cuota son mil seiscientos ochenta euros. Solo de hipoteca. Y este mes nos han cargado el seguro, el IBI prorrateado y la comunidad. No es que queramos dejarlos aquí.
Mi madre nos miró como si ya supiera que estábamos mintiendo un poco. No queríamos dejarles allí, no. Pero sí queríamos algo imposible: trabajar más, gastar menos, dormir cinco horas sin discutir, demostrar que no nos habíamos equivocado al firmar aquella hipoteca.
Dos años antes, todo parecía distinto.
Vivíamos de alquiler en un piso pequeño de Carabanchel. Estábamos apretados, pero cenábamos juntos. Los sábados bajábamos al parque y comprábamos churros en una cafetería de barrio. Alba se quejaba de compartir habitación con Mateo, aunque luego se quedaba dormida contándole historias.
Cuando vimos el piso en una zona demandada cerca de Chamartín, me enamoré antes de cruzar el pasillo. Tenía luz, dos baños y un colegio concertado a diez minutos andando. Desde la ventana del salón se veían árboles. Yo imaginé tardes tranquilas, cumpleaños, una vida estable.
El director del banco nos habló con una seguridad que ahora me da rabia recordar.
—Con vuestros sueldos podéis asumirlo. Vais ajustados al principio, pero el piso es una inversión. Madrid no baja.
Javier me apretó la mano bajo la mesa. Yo asentí. Teníamos algunos ahorros, ayuda de mi padre y la idea, tan metida en la cabeza, de que alquilar era tirar el dinero.
Firmamos por un importe que nos dejó temblando. Salimos de la notaría con una carpeta azul, las llaves y una alegría casi infantil. Esa noche pedimos pizza sentados en el suelo porque aún no habían llegado los muebles. Alba bailaba por el salón vacío. Mateo daba vueltas con una caja de cartón en la cabeza.
—Ya nadie nos echa de aquí —dije.
Qué frase tan peligrosa.
Al principio recortamos en tonterías: vacaciones, cenas fuera, ropa nueva. Luego dejamos de llamar “tonterías” a cosas que sí importaban. El campamento de verano de los niños. Las clases de natación de Alba. El abono transporte de Javier, que empezó a ir algunos días en moto pese a que era más caro de mantener. Hasta el dentista lo fuimos aplazando.
Cada recibo era una amenaza. La hipoteca no entendía de fiebre, de lavadoras rotas ni de que te reduzcan las horas. El banco cobraba puntual, como un reloj sin corazón.
Javier empezó a llegar tarde. Yo también. Él decía que yo no miraba las cuentas. Yo le acusaba de aceptar trabajos mal pagados solo por quedar bien con su encargado. Discutíamos bajito al principio, cuando los niños estaban cerca. Después, ya ni eso.
—¿Por qué has comprado esto? —me soltó una noche al ver unas zapatillas nuevas de Mateo.
—Porque las otras tenían un agujero, Javier.
—Podías haber esperado a las rebajas.
—¿Y tú podías haber esperado para pagar una cerveza después del trabajo?
Se quedó callado. Luego dijo algo cruel:
—No me compares una cerveza con lo que gastas tú.
Alba estaba en el pasillo. La vi antes que él. Tendría nueve años y llevaba el pijama puesto. No dijo nada. Se encerró en su cuarto.
Esa noche lloré en el baño sin hacer ruido. No por las zapatillas. Por darme cuenta de que nuestra hija ya sabía cuándo estábamos a punto de explotar.
La idea de llevarlos con mi madre la propuse yo. Ella vivía en Astorga, en una casa baja con patio. Pensé que respirarían, que comerían mejor, que no nos oirían discutir. Durante el verano yo podría hacer jornada partida y Javier aceptar obras los fines de semana. Ahorraríamos para el colchón que nunca llegaba.
Mi madre aceptó, pero no con entusiasmo.
—Yo los quiero conmigo, hija, pero ya no tengo la energía de antes.
—Te ayudaremos en todo.
Otra mentira involuntaria. ¿Con qué tiempo íbamos a ayudarla?
Los primeros días Alba no hablaba conmigo por teléfono. Mateo se despertaba por la noche llamándome. Mi madre intentaba animarlos con excursiones, tortitas y paseos por la plaza, pero el cansancio se le notaba en la voz. Mateo tenía rabietas por cualquier cosa. Alba decía que no quería salir porque sus amigas estaban en Madrid y allí no conocía a nadie.
A la segunda semana, mi madre me llamó a las once de la noche.
—Venid a por ellos.
Me incorporé en la cama. Javier dormía a mi lado, vestido todavía con la ropa de trabajo.
—Mamá, ¿qué ha pasado?
—No puedo más, Lucía. Mateo ha vomitado del disgusto. Alba se ha encerrado en el baño y dice que no queréis volver a verla. Y yo… yo no sé hacer esto sola.
Se le quebró la voz. Mi madre, la mujer que nos había criado a mi hermano y a mí mientras mi padre trabajaba fuera, estaba llorando.
Fuimos de madrugada. Llegamos casi a las tres. Mateo dormía en el sofá, con la cara caliente y el dinosaurio apretado contra el pecho. Alba estaba despierta, sentada junto a él.
Cuando me vio, no corrió a abrazarme.
—¿Ya habéis terminado de trabajar? —preguntó.
No supe qué responder.
Javier se agachó delante de ella.
—Perdóname, Alba.
Ella tragó saliva.
—No queríais que estuviéramos aquí. Queríais que no molestáramos.
Aquello nos partió por dentro. Porque no era verdad, pero desde sus ojos tenía todo el sentido del mundo.
De regreso a Madrid, nadie habló. Al amanecer, Javier aparcó frente al edificio. No subimos enseguida. Nos quedamos dentro del coche, con los niños dormidos atrás.
—No podemos seguir así —dijo él mirando al volante—. Estoy enfadado todo el día. Contigo, conmigo, con el banco… y ellos lo están pagando.
Yo asentí. Tenía la cara hinchada de llorar.
—Me da miedo vender —confesé—. Siento que sería reconocer que fracasamos.
Javier me miró por fin.
—Fracasar sería perder esto —dijo, señalando a los niños— por unas paredes.
No vendimos al día siguiente ni fue fácil. Hablamos con el banco, renegociamos algunas condiciones y pusimos el piso a la venta sin engañarnos con el precio. Tardamos meses. Mientras tanto, dejamos de fingir que podíamos con todo. Yo rechacé horas que me estaban destrozando. Javier pidió un cambio de turno. Volvimos a sentarnos los domingos con una libreta, no para reprocharnos cada euro, sino para decidir juntos.
Al final nos mudamos a un alquiler más modesto, de vuelta a una zona que no impresionaba a nadie. Alba y Mateo compartieron habitación otra vez. Protestaron, claro. Pero también volvimos a cenar sin tener el móvil encima de la mesa calculando gastos.
Mi madre no volvió a pedir perdón por aquella llamada. Yo tampoco dejé de darle las gracias.
A veces todavía siento vergüenza al pensar en el piso que perdimos. Pero entonces oigo a mis hijos reírse detrás de una puerta, y se me pasa un poco.
¿De qué sirve tener una casa en propiedad si dentro todos sienten que no tienen un hogar? ¿Vosotros habríais tomado la misma decisión?