“Yo pagaba todo en casa mientras él decía que su negocio estaba en una mala racha”
La primera vez que me dio miedo mirar la aplicación del banco fue un martes, a finales de noviembre. Estaba en la sala de profesores, entre un café de máquina y un montón de exámenes de 2.º de ESO sin corregir. Me saltó el aviso de que habían pasado el recibo de la luz.
No era una cifra desorbitada. Bueno, para cómo están las cosas, tampoco era pequeña. Pero yo ya sabía que dos días después venía el seguro del coche, y el viernes la hipoteca. Me quedaban 143 euros hasta cobrar.
Me acuerdo de que me quedé mirando la pantalla como una tonta, con el café enfriándose al lado. Luego guardé el móvil cuando entró una compañera y le dije que estaba cansada. Era verdad, aunque no era exactamente eso.
Soy profesora de Lengua en un instituto público de un pueblo cerca de Valencia. Tengo 42 años, dos hijos, Marcos de diez y Lucía de siete, y llevo casada con Dani catorce años. No somos de grandes lujos. Vivimos en un piso que compramos antes de que nacieran los niños, tenemos un coche viejo y en verano solemos ir unos días al apartamento de mis padres en Gandía, si se puede.
Hasta hace tres años, Dani trabajaba como comercial en una empresa de suministros. No le iba mal, aunque se quejaba muchísimo. Decía que vivía para vender cosas que ni entendía y que su jefe era un impresentable. Cuando lo despidieron, yo le apoyé para montar su propio negocio de reparación e instalación de persianas y mosquiteras.
La idea no era mala. Dani es bastante manitas. Todo el mundo le llama cuando se atasca una persiana o hay que montar algo. Usamos parte de nuestros ahorros para comprar herramientas, hacer una web sencilla y pagar una furgoneta de segunda mano.
Los primeros meses tuvo algunos trabajos. No para tirar cohetes, pero sí para pensar que podía salir. Luego empezó a decir que la gente pedía presupuestos y desaparecía, que había demasiada competencia, que los materiales habían subido una barbaridad. Yo lo entendía. De verdad que lo entendía.
El problema fue que, poco a poco, dejó de aportar prácticamente nada.
Al principio pagaba la gasolina de la furgoneta o hacía alguna compra grande cuando cobraba una instalación. Después empezó a pedirme que adelantara yo ciertas cosas “hasta que entrara una factura”. Luego ya no hablábamos ni de adelantar. Yo pagaba el súper, los recibos, el comedor de los niños, las extraescolares, la hipoteca, la ropa cuando se les quedaba pequeña y las medicinas.
Y él decía que estaba en una mala racha.
Yo también tenía mala racha, pensaba a veces. Solo que la mía tenía que dar clase a primera hora, preparar reuniones, responder mensajes de familias y llegar a casa a poner una lavadora porque a Marcos se le había olvidado decirme que necesitaba la equipación limpia para educación física.
Dani no se quedaba tumbado en el sofá todo el día, y creo que eso es lo que me confundía. Salía por las mañanas con la furgoneta. Hacía llamadas. A veces volvía con las manos llenas de polvo y me enseñaba fotos de una persiana destrozada que había arreglado. Pero cuando yo preguntaba cuánto había cobrado, siempre había una explicación.
—Es que este me paga por transferencia la semana que viene.
—Es que con este he tenido que comprar material.
—Es que no podía pedirle más, Marta, si no, se iba con otro.
Empecé a sentir vergüenza de preguntar. Como si fuera una inspectora y no su mujer.
En febrero, la caldera empezó a perder presión. Vino un técnico y nos dijo que había que cambiar una pieza. Fueron 286 euros. Ese mismo mes Lucía necesitó gafas. Yo hice cuentas en una libreta azul que guardaba en el cajón de los manteles, porque me daba ansiedad tenerlo todo en el móvil.
Una noche, después de acostar a los niños, le dije a Dani que teníamos que sentarnos a ver los gastos. No se lo dije gritando. Ni siquiera estaba enfadada al empezar. Estaba agotada.
Él siguió mirando el móvil.
—Ya lo veremos, Marta.
—No, es que no podemos seguir así. Este mes he tenido que tirar de la tarjeta para la compra.
—Pues no compres tantas marcas.
Me quedé callada. Creo que esperaba que se riera o que rectificara. Pero no.
—¿Qué marcas, Dani? Compro en Mercadona y en Lidl, lo que pillo. Los niños comen, no están pidiendo langostinos.
Él soltó el móvil encima de la mesa, molesto.
—Siempre me haces sentir como un inútil.
Eso me dolió porque, en parte, era cierto que yo estaba empezando a mirarlo así. Y me daba muchísima culpa. No quería ser esa mujer que desprecia a su marido porque gana menos o porque le ha ido mal. Mi padre tuvo una época muy mala cuando yo era adolescente y mi madre jamás hablaba de dinero delante de él. Lo protegía tanto que nosotros ni sabíamos qué pasaba.
Pero yo no podía proteger a Dani de unas facturas que estaban a mi nombre.
La discusión acabó como acababan casi todas. Él dijo que yo solo veía lo negativo, que no valoraba lo que hacía en casa, que llevaba meses intentando levantar el negocio. Yo lloré de rabia, más que de pena. Él se fue a dormir al sofá. A la mañana siguiente preparó los desayunos de los niños como si no hubiera pasado nada.
Y yo le seguí el juego porque Lucía tenía una excursión y no quería que notara el ambiente raro.
Lo peor no era pagar. He trabajado desde los veinticuatro años y me gusta mi trabajo. Nunca he pensado que el dinero de uno sea más importante que el del otro. Lo peor era estar sola en la preocupación. Ver una carta del banco y esconderla hasta que los niños se acostaran. Hacer cálculos en el coche antes de subir a casa. Pensar si debía cancelar las clases de natación de Marcos y luego sentirme miserable por planteármelo.
Hace dos semanas le pedí a Dani que me enseñara las cuentas del negocio. No para controlarle cada céntimo, sino para saber dónde estábamos. Se puso blanco. Me dijo que no las tenía ordenadas, que le daba vergüenza, que había aceptado trabajos baratos y que había usado parte de lo que cobraba para pagar deudas que yo no conocía: una reparación de la furgoneta, cuotas atrasadas de autónomos, material que había comprado fiado.
No era una fortuna. Quizá eso fue casi peor. Eran varias cosas pequeñas acumuladas, como todo lo nuestro.
Esa noche no discutimos. Dani lloró, y yo hacía años que no le veía llorar. Me dijo que cada vez que un cliente le regateaba se sentía un fracasado, y que por eso evitaba hablar conmigo. Yo le dije que evitarlo no hacía desaparecer nada. También le dije cosas feas. Le dije que estaba cansada de ser la adulta de los dos. En cuanto lo dije quise retirarlo, pero ya estaba dicho.
Ahora hemos pedido cita con una gestoría para que le pongan un poco en orden el negocio y hemos quitado a los niños una extraescolar, de momento. Dani ha empezado a echar currículums para trabajos por cuenta ajena, aunque insiste en que no quiere cerrar del todo lo suyo.
No sé si esto nos va a arreglar como pareja. Hay días en que le veo preparar las mochilas por la mañana y pienso que todavía somos un equipo. Otros días me llega una notificación del banco y se me cierra el estómago antes incluso de abrirla.
Esta tarde he comprado pollo, fruta, detergente y el regalo para un cumpleaños de Lucía. He pagado con mi tarjeta, como siempre. Al llegar a casa, Dani estaba apuntando algo en una libreta nueva. No me ha dicho qué era. Yo tampoco le he preguntado.
Pero la libreta se ha quedado abierta encima de la mesa durante toda la cena.