Durante doce años fue su pareja, pero cuando la familia necesitó “guardar las apariencias”, empezó a tratarla como si nunca hubiera existido

La primera vez que noté que me estaban borrando fue por una foto.

No una foto antigua ni nada importante. Una que subió el hermano de Elena al grupo de WhatsApp familiar: todos sentados alrededor de la mesa de su madre, con una paella demasiado grande y una tarta de Mercadona que nadie había tocado aún.

Yo estaba fuera, en la terraza, fumando a escondidas porque Elena llevaba meses diciéndome que lo dejara. Se me veía perfectamente detrás del cristal, de pie, con el cenicero azul entre las manos.

En la foto que mandó Alberto al grupo, yo no salía.

No es que hubiera recortado sin querer. La imagen estaba claramente cortada justo antes de donde empezaba yo.

Pensé que era una tontería. De verdad. Hasta hice una captura y se la mandé a Elena con un emoji de esos de ojos en blanco.

Ella tardó una hora en contestar.

“Alberto es así. No le des vueltas.”

Llevábamos doce años juntas. No vivíamos oficialmente en la misma casa porque, al principio, cada una tenía su piso y nos parecía absurdo meternos en una hipoteca conjunta con más de cuarenta años. Después se nos quedó esa costumbre. Yo tenía mi pequeño piso en Carabanchel, ella el suyo en Alcorcón, y casi todas las noches dormíamos en uno u otro. Los domingos hacíamos compra como una pareja casada de toda la vida. Discutíamos por el lavavajillas, por si el tomate se guarda o no en la nevera, por la manía que tenía ella de dejar los zapatos en medio del pasillo.

No necesitaba que nadie nos llamara “matrimonio”. Ni siquiera me hacía especial ilusión casarme. Pero tampoco quería ser “Rosa, una amiga de Elena” cada vez que aparecía su familia.

Su madre, Pilar, nunca fue cariñosa conmigo. Tampoco cruel. Era de esas mujeres que te ofrecen croquetas, te preguntan si quieres otra manta y luego hablan de su hija como si viviera sola.

“¿Elena sigue saliendo mucho contigo?”

Eso decía al principio.

Con el tiempo pasó a decir “vosotras”, que para mí ya fue casi un avance. Me daba vergüenza admitir lo agradecida que me sentí la primera vez.

Cuando Pilar empezó a estar peor, todo se aceleró. Primero fueron pequeños despistes: dejar el gas encendido, repetir tres veces la misma historia, llamar a Elena porque no encontraba las gafas y tenerlas puestas. Luego llegó una caída en el baño y una semana de hospital.

Elena se instaló prácticamente en casa de su madre. Yo iba cuando podía. Llevaba ropa limpia, tuppers, cargadores, lo típico. Una tarde me quedé con Pilar mientras Elena hacía unas gestiones en el banco. Pilar me miró un rato largo, como intentando colocarme en algún sitio de su cabeza.

—Tú eres la compañera del trabajo, ¿no?

Yo trabajaba en una gestoría. Elena era profesora de infantil. No teníamos nada que ver con el trabajo.

—Sí, Pilar —le dije—. Soy Rosa.

No me salió corregirla. Me sentí cobarde después, pero en ese momento vi que estaba cansada, asustada, con una vía en el brazo. ¿Para qué iba a obligarla a recordar algo que probablemente no podía?

El problema fue que los demás sí podían recordarlo.

Una noche, al volver del hospital, Elena vino a mi casa. Se quitó el abrigo, dejó el bolso en el suelo y se quedó parada en el recibidor. Tenía esa cara suya que pone cuando lleva demasiado tiempo aguantando.

—Mi hermano dice que en el hospital no hace falta que vayas tanto.

Yo pensé que no había oído bien.

—¿Cómo que no hace falta?

—Dice que mamá se pone nerviosa con gente entrando y saliendo.

—Yo no soy gente entrando y saliendo, Elena.

Se sentó en el borde del sofá sin mirarme.

—Ya lo sé.

—Pues díselo.

—Rosa, ahora no puedo pelearme con Alberto por esto.

Esa frase se me quedó dentro como una piedra. No porque fuera especialmente grave. He escuchado frases peores. Pero yo no le estaba pidiendo que montara una guerra. Le estaba pidiendo que dijera quién era yo.

Durante las semanas siguientes intenté hacerlo fácil. Llamaba menos. No iba al hospital si no me lo pedía. Le dejaba bolsas con comida en el portal. Algunas noches Elena subía cinco minutos, me abrazaba y se echaba a llorar sin decir nada. Otras ni eso. Mandaba un “llego tarde, duerme” y ya está.

Yo sabía que estaba agotada. Sabía que cuidar a una madre enferma te convierte en otra persona durante un tiempo. No quería añadirle más peso. Pero empecé a sentirme como un trastero emocional: el sitio al que iba cuando necesitaba dejar algo y que luego cerraba con llave.

Pilar murió en noviembre, un jueves de lluvia. Elena me llamó a las seis y media de la mañana. No dijo “se ha muerto mamá” de primeras. Dijo:

—Rosa, ven.

Fui al hospital sin pensar. Llegué con un jersey encima del pijama y el pelo recogido de cualquier manera. En la planta estaba Alberto, su mujer, dos primos y una vecina de Pilar a la que yo ni conocía. Elena salió al pasillo y me abrazó tan fuerte que me faltó el aire.

Entonces Alberto se acercó y dijo, muy bajo:

—Ahora mejor que te vayas. Ya hablaremos luego.

Le miré esperando que Elena dijera algo. Cualquier cosa. “Se queda.” “Es mi pareja.” “No te corresponde decidirlo.” Lo que fuera.

Ella no dijo nada.

No sé cuánto tardé en volver a casa. Recuerdo comprar tabaco, aunque llevaba tres meses sin fumar. Recuerdo sentarme en el coche con la calefacción puesta y no arrancar. Llovía contra el parabrisas y tenía siete llamadas perdidas de Elena cuando por fin entré en el piso.

No contesté hasta por la tarde.

Me dijo que no había sabido cómo reaccionar, que Alberto estaba fuera de sí, que su madre acababa de morir y que yo tendría que entenderlo. Esa última parte me dolió más de lo que debería. Porque sí, entendía el duelo. Lo que no entendía era por qué el duelo de los demás convertía mi sitio en algo negociable.

No fui al tanatorio. No fui al entierro. Elena me mandó una foto de las flores que llevaban de parte de “la familia”. Luego la borró, quizá se dio cuenta de lo absurdo que era.

Pasaron tres semanas sin que nos viéramos. Seguíamos hablando, pero como hablan dos personas que tienen miedo de decir la palabra equivocada. Yo estaba enfadada y, al mismo tiempo, me sentía miserable por estar enfadada con alguien que acababa de perder a su madre.

Cuando por fin vino a casa, traía una bolsa con algunas cosas suyas. No todas. Un pijama, un cepillo de dientes, un libro que estaba leyendo. Me dio un vuelco el estómago al verlo.

—No he venido a dejarte —me dijo—. Necesito quedarme unos días con mi hermano. Está todo muy raro.

—¿Y yo qué soy, Elena? ¿Lo que se queda en pausa hasta que a tu familia le parezca bien?

Ella lloró. Yo también, aunque me dio rabia hacerlo. Me dijo que me quería, que no había dejado de quererme ni un segundo, que había sido cobarde. No intentó justificar a Alberto, pero tampoco fue capaz de enfrentarse a él delante de mí.

Han pasado cuatro meses. Alberto no me habla. Elena ha vuelto a dormir algunas noches en mi casa, pero mantiene muchas de sus cosas en el piso de su madre porque aún no sabe qué hacer con él. Hay días buenos. Cocinamos, vemos una serie, nos reímos de cualquier tontería y parece que recuperamos algo.

Luego le suena el teléfono, ve el nombre de su hermano y se le cambia la cara.

El sábado me preguntó si quería acompañarla a firmar unos papeles del piso. Le dije que sí demasiado rápido. Después añadió que quizá era mejor que esperase fuera, “para evitar movidas”.

No discutimos. Le dije que tenía una cita en la gestoría y que no podía.

Era mentira. Me quedé en casa ordenando un cajón que no necesitaba ordenar. Encontré una horquilla suya, un recibo viejo de una cena y una entrada de cine de hace años. Lo tiré todo menos la horquilla.

No sé si esto se arregla. A veces la miro dormir y sigo pensando que es la persona con la que quiero estar. Otras veces me pregunto cuánto de nuestra vida cabe realmente en ella cuando alguien le exige escoger entre quererme y no incomodar a los suyos.

Mañana ha dicho que viene a cenar. He comprado merluza, que no le gusta mucho, pero estaba de oferta. No sé por qué he hecho eso.