Su hermana dejó de responderle después de años de hablar cada día, y él aún no sabe si insistir o aceptar ese silencio

Hace ocho meses que mi hermana no me contesta. Ni una llamada, ni un «vale», ni siquiera un pulgar hacia arriba de esos que antes me parecían tan secos.

Me llamo Javier, tengo 54 años y, hasta hace poco, si alguien me hubiera preguntado quién era la persona que mejor me conocía, habría dicho Elena sin pensarlo. Mi hermana es tres años menor que yo. Vive en Alcalá de Henares, yo en un pueblo cerca de Guadalajara. No estamos lejos. En coche, cuarenta minutos si no pillas atasco en la A-2. Pero ahora la distancia no se mide así.

Nuestra madre murió hace un año y medio. No de repente, aunque al final todo fue rápido. Llevaba tiempo con problemas de corazón, ingresos, pastillas encima de la mesa, el pastillero semanal que siempre acababa organizando Elena porque yo lo hacía mal, según ella. La verdad es que lo hacía mal. Ponía las cosas con buena intención, pero no tenía paciencia.

Los últimos meses fueron un desorden. Mi hermana iba más que yo al hospital porque trabajaba desde casa algunos días y porque, seamos sinceros, siempre ha sido la que resuelve. Yo tengo una ferretería pequeña, de las de barrio, y cerrar una mañana significa perder clientes que luego se van al Leroy Merlin y no vuelven. Eso no me justifica, pero explica una parte.

Cuando mi madre murió, nos quedamos muy solos. Nuestro padre llevaba fallecido desde 2012 y no tenemos más hermanos. Elena y yo nos peleamos mucho de pequeños, como todos, supongo. Ella decía que yo era el favorito y yo decía que ella era una dramática. Luego crecimos, tuvimos hijos, hipotecas, divorcios incluso. Yo me separé de Marta hace seis años. Elena sigue con Óscar, aunque llevan una temporada rara desde hace tiempo. No me meto, porque ya aprendí que en los matrimonios ajenos uno siempre llega tarde y entiende la mitad.

Después del entierro hablamos todos los días durante semanas. A veces de cosas importantes y otras de una tontería, como que mi madre tenía congeladas unas croquetas desde quién sabe cuándo o que había que dar de baja el teléfono fijo. Llorábamos a ratos. O nos reíamos. Era incómodo, pero estábamos ahí.

El problema empezó con el piso de mi madre.

No era gran cosa. Un tercero sin ascensor en San Blas, viejo, con la cocina de cuando yo iba al instituto. Mi madre nos lo dejó a partes iguales. Elena quería venderlo pronto. Decía que no podía soportar entrar y encontrarse sus gafas en el cajón, las zapatillas debajo de la cama, los imanes de la nevera. Yo quería esperar.

No por dinero. Ojalá hubiera sido tan simple. Yo quería vaciarlo despacio, arreglar un par de cosas y alquilarlo. Pensaba que sería una ayuda para los dos, una renta pequeña pero estable. Además, me costaba aceptar que su casa pudiera convertirse de un día para otro en un anuncio con fotos luminosas y frases como «ideal inversores».

Discutimos por teléfono. No a gritos al principio. Ella insistía en que llevaba meses ocupándose de papeles, del banco, de la gestoría, del hospital antes, de todo. Yo le dije que no le había pedido que cargara con todo. Fue una frase horrible. De esas que salen porque uno se siente culpable y prefiere defenderse antes que reconocerlo.

Elena estuvo callada. Luego dijo:

—No, Javi. No me lo pediste. Ese es el problema.

No colgó. Colgué yo, que es peor.

Al día siguiente le mandé un mensaje intentando arreglarlo. No una disculpa de verdad, ahora lo veo. Le puse que estaba nervioso, que los dos estábamos sensibles, que ya hablaríamos con calma. Como si el enfado fuera una nube pasajera y no algo que ella llevara años acumulando.

Contestó dos días después. Dijo que necesitaba distancia.

Yo respeté esa distancia una semana. Luego diez días. Después le envié una foto de mi nieta, Vega, que había hecho un dibujo para «la tía Elena». Nada. Le escribí por su cumpleaños. Nada. En Navidad dejé una caja de mantecados y una bufanda en el rellano de su piso porque no quiso abrir, aunque sé que estaba dentro: se oía la televisión.

Eso fue seguramente un error. Me lo dijo mi hija, Lucía.

—Papá, si te ha pedido distancia, no vayas a su casa con cosas. Aunque sean mantecados.

Me sentó fatal que me lo dijera. Le respondí que no sabía de qué lado estaba. Lucía se quedó mirándome, con esa cara que tienen los hijos cuando de repente te ven como a un señor mayor que no se entera de nada.

—No es ponerse de parte de nadie —me dijo—. Es que a lo mejor la quieres tanto que no estás escuchando lo que te está diciendo.

No le contesté. Estábamos en mi cocina, con el lavavajillas abierto y un táper de lentejas encima de la encimera. Me acuerdo de eso porque era una escena tan normal que me dio más rabia todavía. Uno espera que las cosas importantes ocurran en sitios importantes. No entre vasos sin colocar.

Pasaron los meses. Finalmente acepté vender el piso. Firmé lo que había que firmar sin poner pegas. Mi cuñado fue quien me mandó los documentos por correo electrónico. Óscar, que nunca ha sido precisamente cariñoso conmigo, añadió: «Elena prefiere que todo se gestione así». Eso fue todo.

Quise responderle muchas cosas. Que yo también había perdido a mi madre. Que no era un desentendido. Que quizá no estuve como ella esperaba, pero que fui cuando pude, que pagué arreglos, que hice gestiones. Luego me di cuenta de que estaba otra vez preparando una defensa, no una disculpa.

Hace un mes escribí una carta. A mano. Me costó una barbaridad porque mi letra parece la de un médico, pero la escribí despacio. No le pregunté por qué me había apartado. No le pedí que me perdonara. Le dije que entendía que pudiera estar cansada de mí y que me dolía haber contribuido a eso sin verlo a tiempo. Le conté que guardaba todavía un audio suyo de la semana antes de que muriera mamá, riéndose porque yo había comprado yogures caducados. Le dije que no iba a volver a presentarme en su portal ni a llamar desde números desconocidos, porque tampoco quiero convertirme en alguien de quien tenga que protegerse.

La dejé en su buzón. Ni siquiera sé si la ha leído.

A veces abro WhatsApp y miro su última conexión. Ya no lo hago todos los días, pero lo hago. Veo que ha cambiado la foto de perfil o que está en línea a las once de la noche, y noto una cosa absurda en el pecho: alivio porque está bien y pena porque puede estar bien sin mí.

Lucía dice que tengo que dejar pasar el tiempo. Mi amigo Nacho opina lo contrario: que una hermana es una hermana y que hay que insistir hasta que se canse de ignorarte. Pero Nacho lleva veinte años sin hablar con el suyo, así que no sé qué clase de autoridad tiene.

No sé si Elena espera que haga algo más o si precisamente espera que, por una vez, no haga nada. Esa es la parte que más me cuesta. Siempre he creído que querer a alguien era estar, llamar, aparecer, empujar un poco cuando la puerta se cierra. Ahora empiezo a pensar que quizá también sea saber quedarse al otro lado.

Esta mañana he encontrado en el móvil una oferta de vuelos a Lisboa. Elena solía decir que quería ir conmigo allí, porque nuestro padre estuvo destinado unos meses de joven y hablaba de la ciudad como si fuera otro planeta. No he borrado la oferta. Tampoco la he enviado.

He cerrado el teléfono y he abierto la ferretería. A las nueve y cuarto ha entrado un hombre a por una llave inglesa. Le he atendido como siempre. Después he colocado unas bombillas en el expositor, una por una, sin tener muy claro si estaba ordenando algo o simplemente intentando no pensar.